Anatomía del primer gol de los Mundiales

Nota publicada en El Enganche (Página 12), en 2018

Es curioso. De los Mundiales creemos saberlo todo, y en parte es cierto. Cada detalle de la final de Rusia 2018 que se jugará el domingo 15 en Moscú llegará a miles de millones de personas: videos, fotos, memes y datos duros en cuestión de segundos, y análisis, libros, películas y documentales en los próximos meses. Pero del origen de la fiesta más grande del fútbol, o sea del primer gol de los Mundiales, el que el francés Lucien Laurent le convirtió a México en un domingo de hace 88 años, el 13 de julio de 1930, nunca se supo gran cosa: fue como si hubiera caído en un agujero negro desde el momento en que los mexicanos, una vez que buscaron la pelota del fondo de su arco, volvieron a sacar desde mitad de cancha. Así, el gol se tornó invisible.

Casi que ni su autor tomó dimensión del mojón que había fijado. Laurent murió en 2005, a los 97 años, en Besanzón, al este de Francia, pero recién 15 años antes sus vecinos supieron de quien se trataba. Es cierto que Laurent nunca había sido una figura de la selección francesa, con 10 partidos y 2 goles como aporte total, pero cuando en 1990 un periodista lo contactó y lo presentó como el autor del primer gol en los Mundiales, pareció darle una segunda vida y lo convirtió en una celebridad.

Si el gol de Laurent continúa siendo un misterio es porque no hay imágenes fílmicas, sino una única foto, pero está guardada como si fuera un tesoro –lo que efectivamente es– por un par de coleccionistas en Uruguay, y no fue publicada por medios ni redes sociales en las últimas décadas. Quien muy posiblemente era el último sobreviviente en haber presenciado el gol, el uruguayo Raúl Barbero, que en 1930, con 14 años, había sido espectador del cruce en el que Francia superó por 4-1 a México que le dio origen a todo, murió en su casa de Montevideo en 2014, a los 98 años. La cancha en la que se jugó el partido, la de Peñarol, dejó de existir hace décadas: quedó debajo de una ciudad en crecimiento.

Pero al menos en los últimos años surgió una forma de imaginarse ese gol, hasta de sentirlo, no en el tiempo pero sí en el espacio: cualquier montevideano o turista de paseo por la capital uruguaya puede caminar por Coronel Alegre, una calle de 400 metros en el barrio de Pocitos, y encontrar el lugar en el que, hace 88 años, se produjo el Big Bang de la alegría en los Mundiales. Una estructura de hierro señala el punto en el que comenzó la historia que luego continuarían Pelé, Maradona, Ronaldo y, por qué no, un compatriota de Laurent, Kylian Mbappé.

Tal vez el fútbol se deba un gran libro del primer Mundial pero, mientras tanto, los detalles de 1930 se recuperan gracias a pequeños aportes individuales. Aunque muchos, en especial los orientales, podrían tentarse con la final que Uruguay le ganó 4 a 2 a la Argentina, un arquitecto ajeno al fútbol, el montevideano Enrique Benech, emprendió en 2005 la búsqueda opuesta: entendió que, si el Mundial de 1930 es especial porque fue el pionero, debía centrar su búsqueda en el primer partido y en el primer gol. Como ocurre en estos casos, lo movilizaba algo más que el simple interés histórico: como el fútbol es para muchos la reconstrucción de nuestras huellas infantiles junto a la de nuestros viejos, Benech nunca había olvidado que su padre le hablaba de la vieja cancha de Peñarol, allá donde Laurent se convirtió en efeméride. El estadio de Pocitos sería demolido muy pronto, en 1933, pero el campo de juego no fue ocupado por una manzana entera –con lo que su ubicación habría quedado clara–, sino que se perdió en el nuevo trazado de calles paralelas, perpendiculares, diagonales y hasta curvas. Dónde había estado la casa de Peñarol pasó a ser un misterio: “Detrás del colegio alemán”, decían unos. “A unos metros de la estación de tranvías de Pocitos”, corregían otros. El objetivo de Benech sería doble: relocalizar el círculo central en donde comenzaron los Mundiales y el arco en el que Laurent marcó el 1 a 0 parcial.

En realidad, el Mundial debía comenzar con dos partidos en simultáneo, o al menos programados para las 15 de aquel 13 de julio. A Estados Unidos y Bélgica les tocaba enfrentarse en el Parque Central, el estadio de Nacional, adonde acudió el presidente de la FIFA, el francés Jules Rimet, para realizar una especie de inauguración del torneo. En 1987 y en 2005, la FIFA instalaría dos placas en la entrada de la cancha que Nacional todavía utiliza para sus partidos del torneo uruguayo y la Copa Libertadores: “En este campo deportivo dieron comienzo los campeonatos Mundiales de fútbol” y “Partido inaugural de los campeonatos Mundiales de fútbol”, ambas con la referencia al 13 de julio de 1930. Es posible que la ceremonia haya retrasado algunos minutos el comienzo de Bélgica-Estados Unidos, pero el dato que despeja cualquier duda es que el primer gol de ese partido, convertido por el escocés nacionalizado estadounidense Bart McGhee, fue a los 23 minutos, mientras que Laurent ya había anotado a los 19 en el duelo Francia-México que se jugaba en simultáneo en la cancha de Peñarol (el Centenario se estrenaría cinco días después, el 18 julio, cuando justamente se cumplirían 100 años de la jura de la primera constitución uruguaya). Aunque durante varios años se señalaría a McGhee como el autor del primer gol en los Mundiales, el delantero de los New York Giants se había perdido entrar en la historia por un puñado de minutos.

Pero al primer héroe (que, por caso, tiene menos goles que Marcos Rojo en las Copas del Mundo) tampoco le esperaba un gran resto de Mundial: no volvió a convertir en Montevideo (el segundo y último gol que marcaría para su selección sería en un amistoso del año siguiente, contra Inglaterra, en París) y Francia quedó eliminada al perder los últimos dos partidos de la primera etapa, ante Argentina y Chile (en éste último, Laurent, lesionado, no jugó). En realidad, nunca fue una estrella, sino que convirtió el gol más oportuno en una época desfavorable para el deporte: el fútbol recién se haría profesional en Francia en 1932, por lo que Laurent había tenido que pedir permiso en su trabajo, la automotriz Peugeot, para subirse al barco que lo llevaría junto a las selecciones europeas hasta Uruguay. Lo autorizaron, pero sin goce de sueldo. Una lesión lo marginó del Mundial que su país organizaría en 1934 y, después de varios años en el Sochaux y el Rennes, en 1939 tendría que sumarse a las fuerzas armadas francesas para la Segunda Guerra Mundial. Permaneció dos años detenido por los alemanes y, al regresar a su casa de Estrasburgo, en 1943, comprobó que le habían robado todos sus recuerdos, incluida la camiseta con la que había convertido el primer gol de los Mundiales. Pero para entonces Laurent ya había desaparecido del radar.

Cuando un periodista lo encontró en 1990, épocas en que el fútbol se estaba por convertir en la mayor industria sin chimeneas del mundo, Laurent era un viejito adorable y vital de 83 años que se prestó a patear una pelota y a jugar con niños en un estadio de su ciudad. Como no había referencias fílmicas ni fotográficas de su gol a México, tuvo que describirlo, una y otra vez. Saque del arquero Alex Thepot hacia la derecha, pase en profundidad de Edmond Delfour, centro de Ernest Liberati y volea suya desde la puerta del área, sin que el arquero mexicano, Oscar Bonfiglio, pudiera interceptar la pelota: 1 a 0. El festejo, dijo Laurent, fue un apretón de manos: nadie había magnificado el impacto de lo que había ocurrido, ni los jugadores ni los hinchas.

En una entrevista que concedió un año antes de morir, en 2013, Barbero contó que llegar a la vieja cancha de Peñarol desde el centro de Montevideo era una aventura: había que tomar el tranvía 31, que solía estar lleno, y caminar varias cuadras. Según uno de los pocos espectadores que presenció aquel hito (algunas fuentes hablan de 600 hinchas, aunque la FIFA aduce exactamente 4.444), y posiblemente su último sobreviviente, “Laurent era un buen jugador, armador de juego”. Un puñado de fotos de época, rescatadas de un libro del Mundial que se publicó en Montevideo en 1930, ayuda a reconstruir aquel Francia-México. Hay imágenes de los equipos formados ante los fotógrafos: los jugadores de la selección mexicana con su habitual camiseta de entonces, granate, y una bandera de Uruguay para despertar la simpatía de los locales, y los de Francia con una bizarrísima muñeca de trapo, justamente en manos de Laurent. También hay fotos de acción de juego sin tribunas de fondo, con taludes y gente mirando desde afuera del estadio, como si fueran postales del ascenso uruguayo. Había granizado antes del partido y la mayoría de los hinchas se protegía debajo del único sector techado. ¿Pero cómo saltar en el tiempo y reubicar, en la actualidad, aquella geografía del pleistoceno del fútbol?

“Ninguna traza se borra y sentí que Montevideo debía recuperar ese lugar –contó Benech, que en 2005 se dispuso a reubicar el lugar del que su padre le hablaba, como si fuera un Shangri La del fútbol–. Busqué fotos aéreas de la ciudad de aquella época y las fui contrastando con las de Google Earth. Consulté con agrimensores e investigué en la Dirección de Meteorología cómo había sido el clima aquel día. Enterarme de que sopló fuerte el viento sur, en un día muy frío, fue otra buena pista. También debía saber para qué arco atacó Francia en el primer tiempo, y en un suplemento de un diario de Durazno (La Aurora) encontramos una foto del gol de Laurent. Quedaban elementos subjetivos, pero el círculo se iba cerrando”.  

Benech presentó su trabajo en el Museo del estadio Centenario y surgió una doble idea: levantar dos pequeñas esculturas en las calles de Montevideo, una en donde comenzó Francia-México y otra a la altura del arco en el que Laurent convirtió su gol. Según los estudios de Benech, el círculo central del viejo estadio de Peñarol quedaba en lo que hoy es la esquina de Coronel Alegre y Charrúa, donde en la actualidad funciona una lavandería pequeña, barrial, sin nombre. Allí, en una zona de casas bajas y estacionamiento sin parquímetros, en 2006 se agregó a la vereda una pequeña línea de hierro y la frase “0 a 0 y pelota al medio”, como símbolo del puntapié inicial en la maravillosa historia de los Mundiales. A 50 metros, por Coronel Alegre hacia Silvestre Blanco, en donde estaba el área en la que Francia se puso en ventaja, el ganador del concurso del Museo, el escultor Eduardo Di Mauro, realizó una estructura de hormigón parecida a un arco. También le agregó una leyenda: “En donde duerman las arañas, en búsqueda del arco perdido”.

Pero fue, sobre todo, el paraíso encontrado. El del primer gol. Aunque sigamos sin verlo.