Crítica de la Argentina, 17 de agosto de 2008

Carl Lewis era el hijo del viento. Usain Bolt es el viento. Es cierto que ayer, en una Pekín electrificada, también se convirtió en el campeón olímpico de los 100 metros. Y también es verdad que ayer, en una Pekín excitada, ratificó que es el hombre más veloz de la historia, el único que recorre 100 metros en 9,69 segundos. Todo eso es verdad, pero son números, rótulos, medallas, tinta, libros, hojarasca, sarasa. Bolt es el viento.
En Pekín son las 22.22 de un sábado para marcar con rojo y Bolt, el viento, entra al Nido de Pájaro como una fiera enjaulada. De los ocho hombres más rápidos del mundo, es el único que hace morisquetas. Saluda a la cámara de tele que lo sigue a dos metros, repiquetea, va, viene, tira besitos y con sus brazos hace el gesto de tensar el arco y disparar la flecha. Es un cazador, eso quiere decir: que sale a la caza del récord del mundo, su récord, de 9,72. El viento sale a la caza del viento. El jamaiquino no está nervioso: le sobra paño para armar un show antes del show. El hombre que desafía las leyes de la locomocidad sigue en la suya. Pega saltitos, le saca la lengua a la cámara, lo ve el mundo. La voz del estadio lo presenta por el carril 4 y el Nido de Pájaro revienta. Algo maravilloso está por pasar.
El atletismo es reivindicatorio. El viernes, los 10.000 metros femeninos fueron para una mujer de Etiopía, Tirunesh Dibaba. Ahora, en la largada de los 100 metros, hay tres hombres de Jamaica, dos de Trinidad y Tobago y uno de Antillas Holandesas, todos países a los que el primer mundo les soltó la mano. Como la grilla se completa con dos atletas de Estados Unidos, queda claro también que el biotipo de velocista es genéticamente americano, del Ecuador hacia arriba. Los fondistas son de África.
Pum. Comienzan los 100 metros y, por el andanivel 7, Asafa Powell arranca mejor. Es compatriota de Bolt, jamaiquino, y lo persigue un mote: dicen que gallinea, que en las grandes finales se borra. Tampoco es una sorpresa que Bolt haya arrancado atrás: es su punto débil, la venganza de los dioses. Falta el tercer favorito, Tyson Gay, el hombre que había volado en 9.68 antes de los Juegos, en una marca no homologada por exceso de viento. Pero Gay no estará: fracasó en las semifinales.
Bolt, el viento, inicia la recuperación. En 10 segundos no hay tiempo de nada, sólo de gritos. El Nido de Pájaro hierve. Es todo tan rápido y furioso como contar del uno al diez. Ocho corren, 90 mil miran. Eso es todo. La aceleración de Bolt es brutal y se impone una corrección: siete corren, uno da zancadas. A los 35 metros ya alcanzó a Powell, a los 40 ya pasó a todos, a los 50 ya les sacó varios centrímetros al resto, a los 70 ya les sacó un metro. Bolt, el viento, es lo nunca visto.
E intuye que va a ganar, y que va a ser récord, y que el mundo lo está mirando, y otea a la derecha a ver qué pasa con Powell, y lo ve tan lejos que entonces sí, entonces se da cuenta que sí, y entonces deja de dar zancadas y empieza a galopar, da saltitos, de alegría, de canchero, de rey, de todo y antes de cruzar la meta, lo nunca imaginado: se golpea el pecho, el hombre se aprieta el puño y se golpea el pecho y dice soy el mejor, el más rápido, el campeón, el primer hombre que hace 9,69 y recién entonces cruza la meta y gana. Bolt, 21 años, 195 centímetros, el viento, gana.
Atrás llegan Richard Thompson, de Trinidad y Tobago, con 9,89; y Walter Dix, de Estados Unidos, con 9,91. Powell, para quien no se inventaron las finales, es quinto. Podría haber ganado cualquiera de ellos, pero ninguno de ellos jamás será el viento. Ese es Bolt.