La primera vez con tu hijo en la cancha (extracto de River para Félix)

Llevé a Félix a la cancha por primera vez cuando tenía dos años y siete meses, el sábado 27 de octubre de 2018, en un partido de segundas marcas contra Aldosivi, una hendija de calma en la Superliga en medio de los cruces incandescentes contra Gremio por la Copa Libertadores —y con el desafío de colosos ante Boca ya prendiéndose fuego en el horizonte—. Aunque entonces no advertí que dos semanas más tarde cumpliría 40 años de mi debut en el Monumental, aquella noche de noviembre de 1978 contra San Martín de Tucumán, es evidente que los dos encuentros —aunque separados por cuatro décadas— cumplían los requisitos que se estilan para estos casos. Sin contar los partidos de despedida a los ídolos, la ocasión ideal para estrenar a un chico en el fútbol es cuando el resultado no determina el ánimo del público, el rival no desprende ningún tipo de encono —a falta de hinchas visitantes en la actualidad, tampoco es lo mismo un equipo del interior que Boca o Independiente— y las tribunas están ocupadas por decenas de miles de espectadores, pero no a rebosar. También es necesario que acompañe la meteorología y esa mañana confirmé en el pronóstico que River- Aldosivi se jugaría durante una espléndida tarde de sol, el guiño primaveral que no se cumplió la primera vez que había pensado en llevar a Félix al Monumental, contra San Martín de San Juan el mes anterior, un sábado en que llovió desde temprano.

Cuando le conté de mi programa masculino para la tarde, Estefi —que solo me acompañó dos veces al Monumental, ambas en 2010, y no mostró interés en volver— reaccionó encantada. Del cabreo que había mostrado en los últimos tiempos contra River, o mejor dicho contra mi forma de vincularme a River, no hubo rastros. «¡Qué bien que la van a pasar!», me alentó con sincero entusiasmo. Es cierto que también me insistió para que nos ubicáramos en un sector de plateas y no en la popular, aunque la Centenario Alta a la que voy con amigos es la vieja cabecera visitante y no el lugar de la barra, y además me advirtió «Le llega a pasar algo a Félix y te estrangulo» —como si yo no me fuera a estrangular antes—, pero su energía positiva despejó algo de la intranquilidad que guardaba en secreto. Me desvivía por concretar mi propio plan, el que ansiaba desde hacía mucho, incluso desde antes de que supiéramos el sexo de Félix, pero a la vez sé muy bien que un estadio no es un jardín de infantes. Aunque hacía rato que no se desataban grandes altercados en el Monumental, la violencia está agazapada hasta su próxima reaparición en cualquiera de sus formas: interna entre barras, policías desbocados o los denominados hinchas «normales» que se enfurecen por efecto contagio. De hecho, el partido siguiente que debíamos jugar en nuestra cancha, la final de la Copa contra Boca —en un contexto infinitamente más caliente—, nunca comenzaría. Esa brutalidad latente a veces me sobresalta: espero no arrepentirme de mis intentos por inducir a Félix al fútbol.

De mis 40 años sobre el hormigón guardo recuerdos antojadizos. Cada tanto me pregunto qué habrá sido del espectador que sufrió un ataque de epilepsia en un momento muy inoportuno, justo cuando Roberto Trotta le convertía a Newell’s un gol de chilena que nos dejaba a un triunfo de ganar el Clausura97: en la tribuna, dividimos la atención entre las convulsiones de aquel muchacho al que no conocíamos y la carrera iracunda de Trotta hacia Ramón Díaz, el técnico que no le aseguraba la titularidad. Con mis amigos de la Centenario nos seguimos riendo de cuando uno de nosotros, Maxi, se enojó con su hijo Manu, que actuó como emisario equivocado del Juan Aurich 4-Tigres 5 que escuchaba por radio y del que dependíamos para avanzar en la Copa 2015 —gritó un gol peruano cuando necesitábamos uno mexicano, mientras nosotros le ganábamos a San José de Oruro—. Nunca olvidé tampoco una huida a tiempo de Avellaneda tras un Independiente-River de cowboys, en diciembre de 1996, una tarde en la que ambas barras mancharon el asfalto de sangre, cascotes y vidrios: siete u ocho amigos nos zambullimos en el auto de tres puertas de mi vieja —un Fiat Spazio— y salimos arando hacia la otra orilla del Riachuelo. Pero durante mucho tiempo, además, continuó resonándome la frase que un nene le dijo a su papá en otro de esos partidos que solo parecen servir para que llevemos a nuestros hijos a la cancha por primera vez, contra Mandiyú por la Liguilla Pre Libertadores de 1991.

A mis 16, yo estaba tan lejos de ser padre que uno de los goles de aquel triunfo bajas calorías lo hizo Fernando Pucho Castro, entonces un delantero prometedor de nuestras inferiores y ahora papá de Alexis, el mediocampista que entre 2015 y 2019 jugó en Tigre, San Lorenzo y Defensa y Justicia. Eso también somos los hinchas: un viaje entre tres estaciones, de ser más jóvenes que los jugadores a ser más grandes que los técnicos y, finalmente, a ser mayores que los presidentes. Los partisanos de mi generación hemos visto debutar en Primera a unos púberes Gallardo, Almeyda y Astrada antes de que se convirtieran en entrenadores —y a Passarella hay que sumarle su posterior desventura como presidente—. A Diego Simeone puedo recordarlo primero como rival, después como técnico y finalmente como padre de Giovanni, uno de nuestros jugadores. Y si me preguntan por el paso de Higuaín en River, primero pienso en el Pipa original, Jorge, recio defensor a finales de los 80 y comienzos de los 90 —a quien siempre creí capaz de cumplir la frase de un central uruguayo, la de «mi vieja se pone una camiseta adentro de la cancha y también le pego»—, y más tarde en sus hijos Gonzalo y Federico, delanteros en el cambio de siglo. Me ocurre lo mismo con algunos árbitros: «mi» Lamolina es Francisco, el del «siga siga». Para recordar el nombre de su hijo, y eso que ya nos dirigió varios partidos, debo entrar a Google: Nicolás.

La frase que nunca olvidé de aquel River 2-Mandiyú 0 caído en la papelera de reciclaje del fútbol fue el puchereo que un chico de siete u ocho años le hizo a su padre: «¿Falta mucho para irnos, papi?». Como por la edad debía saber que un partido duraba dos tiempos de 45 minutos, básicamente no se trataba de un nene desinformado de las reglas sino desinteresado del partido: el Monumental no era el lugar donde quería estar. Los hinchas que estábamos a su alrededor nos reímos en voz alta pero en las capas subterráneas del padre que algún día iba a ser quedó registrada esa inquietud: que mi futuro hijo también se aburriera el día y el año en que pisara Núñez.

Algo de eso empecé a jugarme casi tres décadas después, el sábado de 2018 en que le cambié los pañales a Félix, lo vestí con una camiseta de River que le había regalado su prima Ine y descargué en el teléfono un par de videos para chicos. Terminé de decidirme después de haberle preguntado varias veces si quería ir a River y que en todas esas ocasiones me respondiera «ne», su forma de decir «sí». Estefi nos acercó con el auto hasta Libertador y Monroe, donde nos esperaba un amigo gallina, Eduardo García Pizarro. A Félix debió parecerle un planeta de extraterrestres o dinosaurios: cientos de camisetas de River —muchas violetas recién estrenadas— se movían por la calle y los personajes más achispados, latas de cerveza en mano, ya entonaban las primeras canciones. El calor y la falta de pedigrí del partido menguaban el paso apresurado de los grandes eventos, pero la muchedumbre igual aseguraba un sobresalto de estímulos.

Subí a Félix a mis hombros, recorrimos 300 metros por Lidoro Quinteros y apenas divisó las hamacas de la plazoleta Fleming me reclamó «uegos, uegos», sin fuerza para pronunciar la primera consonante. También festejó «¡ileta, ileta!» a la fuente con agua. Me hice el desentendido y un par de cuadras más adelante volví a simular que no oía a una policía que me ordenaba que bajara a Félix y lo llevara caminando de la mano: la universidad de la cancha equivale a un máster en hacerse el boludo. Ya sobre Figueroa Alcorta me topé con el cartel «Estadio Monumental, Antonio V. Liberti» que cuelga sobre la entrada a la tribuna Centenario y le dije a Edu, a diferencia de mis cientos de partidos previos, que nos sacáramos una selfie. Nadie fotografía la rutina y quienes asistimos seguido al Monumental no nos detenemos en un letrero tan cotidiano como el humo que rodea a un puesto de choripán, pero si recurrí a una foto excepcional fue porque la presencia de Félix lo era. Al día siguiente la convertiría en la imagen de fondo de pantalla de mi celular: Eduardo viste la camiseta alternativa que usamos en un único partido oficial, contra Cipolletti en el Nacional 1985, Félix se entretiene con una calcomanía de Paw Patrol en la mano y yo estoy tan orondo que no debería caber en esa chomba negra, naranja y roja de River. Es una foto en la que hay mucho: sangre, amistad y River.

Entre bufidos de panzones y no tan panzones —«Esta cancha está cada vez más arriba», «cada partido le ponen más escaleras» o «vendamos a un suplente y pongamos ascensor»—, trepé con Félix en brazos los 115 escalones que nos llevaron hasta el pasillo interno de la Centenaria alta. Al fin habíamos quedado enfrente a la tribuna, ese momento que algunos padres filman y comparten en redes sociales, acaso el culmen de una tarde en la cresta de la paternidad. El de un chico que descubre la cancha del Sheffield Wednesday de Inglaterra se hizo viral: el papá le cubrió los ojos con sus manos, avanzó unos metros como si estuviesen jugando al gallito ciego y le destapó la mirada cuando ya estaban en el interior del estadio. El nene reaccionó con la espontaneidad de sus dos o tres años, esa edad sin pudores en la que abrimos la boca cuando nos emocionamos. A Félix no le oculté la visión ni lo grabé cuando, a sus dos años y siete meses, quedó en medio de una de sus primeras inmensidades. Allá abajo se desplegaba una enorme alfombra verde de césped, los jugadores que acababan de salir a la cancha se movían a la espera del comienzo del partido y los carteles de publicidad en el perímetro del campo de juego llamaban la atención con su bombardeo de luces. Acá arriba estábamos rodeados por un ambulatorio de fanáticos, la explosión de colores, las banderas colgadas, los ruidos multiplicados y algunos papelitos que se sostenían en el aire como si desafiaran la ley de gravedad. En esos cinco segundos en que descubrió y absorbió la barahúnda del Monumental, Félix fue abriendo sus ojos y separando sus dientes como aquel chico inglés del video, o mejor aún: se rió como si acabara de ingresar al set de filmación de sus dos grandes pasiones de entonces, la pista de carreras de Cars o la zona de juegos de Pocoyó. Faltaban pocos días para que Lucas Pratto le hiciera a Boca un gol sacando de mitad de cancha pero en ese momento conseguí lo que los relatores llaman «gol tempranero o madrugador ». Arrancaba ganando 1-0 mi partido, y no a Aldosivi precisamente.

A mi manera, me había preparado para ese momento en los últimos meses: les comentaba a amigos, conocidos y no tan cercanos que faltaba poco para el día en que llevara a Félix a la cancha por primera vez. En un salón de juegos me crucé después de varios meses con Diego Moranzoni, colega de Huracán y padre de Amaro, que había sido compañerito de Félix en sala maternal el año anterior, y enseguida me contó —y nos reímos juntos— de la tarde en que conoció el Palacio Ducó, en un 1-0 a Independiente a inicios de los 80, cuando a sus cinco años no sabía que debía gritar gol —justamente— en el momento del gol. Recién comenzó a festejarlo ya a destiempo, varios segundos después, y entonces aprendió que los goles se gritan cuando se convierten. Ese tipo de bautismo es un asunto más intrincado de lo que imaginaba: Hernán Lascano, periodista, escritor e hincha de River, me contó que en su debut en el Monumental, en medio de un trepidante 3-3 ante Gimnasia por el Metropolitano 1973, preguntó por qué los futbolistas no repetían la jugada de los goles. «Yo tenía cinco años y me acuerdo de que mi tío Roberto, que estaba al lado de mi papá, se reía mucho al escucharme», me dijo. Federico Kotlar, colega de Atlanta, relató un estupor similar en su libro Atlanta, una historia de valientes: «¿Y la repetición?», preguntó después de haberse perdido el único gol del partido porque estaba jugando con un primo en la tribuna, sin importarle que lo hubiera anotado el equipo rival, Quilmes. Ale Wall, amigo de Racing, me contó el extracto de realidad que le hizo a su hijo mayor, Camilo, entonces de cuatro años, en un clásico contra River de 2011: hacerle pasar por válido un gol de Teo Gutiérrez, todavía delantero de la Academia, que en verdad había sido anulado por posición adelantada: «Perdimos 1-0 pero conseguí hacerle creer que habíamos salido 1-1». Aunque no había sido en una tribuna sino en nuestra casa, a través de la televisión, ya era habitual que Félix repitiera el festejo que yo le había enseñado para que compartiéramos los goles de River, solo que todavía no discernía qué equipo los convertía: más de una vez, al oír el estrépito de los relatores, corrió para abrazarme en lo que había sido un gol de Boca. 

Las reacciones de los chicos que descubren el fútbol no solo son fabulosas en los goles. Otro amigo gallina, Mariano López, suele recordar el enojo de su hijo menor durante su primera vez en la cancha, un partido de Primera B entre San Telmo —el equipo de su barrio— contra Sarmiento: Marco, que tenía tres años, pensó que su papá lo había llevado para que jugara con otros nenes, no para mirar un partido de adultos. De la experiencia de otro colega gallina, Guido Glait, entendí que el repertorio de la tribuna dispara la curiosidad y el aprendizaje de vocabulario de los chicos: su hijo Manuel le preguntó a los cinco años cómo hacían los hinchas para acordar cantar las mismas canciones al mismo tiempo. A los siete Manuel pasaría a realizar preguntas más específicas, como qué significaba «Boca, te volvimos a coger». La concesión del padre sería muy pragmática: «Solo se pueden decir malas palabras cuando miramos fútbol en la cancha o en la tele». Pero tampoco así resulta fácil. «Papá, no entendí nada, ¿tenemos que alentar o no a los paraguayos?», le preguntó Andrea Vicenzo, de 11 años, a su papá Franco Bronzini, confundido porque le gritó «dale, paragua» a Néstor Ortigoza, el líder de su equipo, San Lorenzo, en la antesala del penal con el que el mediocampista argentino nacionalizado paraguayo definiría la Copa Libertadores 2014 contra Nacional de Asunción, tras largos minutos en los que mi amigo había insultado a los rivales paraguayos.

Con mi hijo no tendría ninguno de esos diálogos cuando volvimos a subir, esta vez por los escalones de la tribuna, hacia lo más alto del estadio, al rincón donde vemos los partidos con nuestro grupo de amigos, al lado del paraavalancha donde había pensado por primera vez en Félix dentro del Monumental, aquella noche de la definición de la Copa 2015 en que Maxi me preguntó por el Burguito. No pretendía que un chico que recién había cumplido dos años y medio entendiera el espectáculo que acababa de comenzar sino que registrara mi centro de gravedad, el lugar desde donde miro buena parte del mundo. Lo único que Félix decodificaba del fútbol era «pelota», «gol» y «Dive», «Ive», «Iver» o algo así, su balbuceo cada vez que en el televisor detectaba cualquier jugada de cualquier equipo —no solo de River— y en la calle nos cruzábamos con camisetas rojas y blancas. Es posible que un estadio también sea una guardería para adultos pero en este caso solo estuve atento a Félix y al resto de los chicos de su edad que, acompañados por sus padres, habían trepado hasta la parte superior del Monumental. Un papá le mostraba el estadio a su hijo, de cinco años, con frases como «mirá, allá informan el tiempo del partido», en referencia al cartel electrónico que asoma sobre la Sívori. Una nena ligeramente mayor no parecía tan entusiasmada: se acostó a lo largo de un escalón y pronto se quedó dormida, como había hecho yo en mi debut contra los tucumanos, a mis cuatro años. Otro chico parecía haberle manifestado a su papá el mismo aburrimiento que aquel del partido contra Mandiyú en 1991 porque, antes de los 20 minutos, padre e hijo comenzaron a descender las tribunas hacia la puerta de salida.

Las primeras veces no siempre son idílicas, sin embargo Félix aguantó durante el primer tiempo como el campeón de América que había nacido en marzo de 2016, cuando nuestra Copa 2015 estaba en vigencia, y que volvería a ser en los 43 días que faltaban para la final contra Boca en Madrid. El dron de un canal deportivo que no tiene los derechos de la Superliga volaba por encima de nosotros para grabar las tribunas durante su transmisión radial en tele y Félix comenzó a llamarlo «globo, globo». Cada 5 minutos detectaba los Boeing 737 o los Airbus 320 que llegaban del norte en dirección a Aeroparque y los señalaba festivamente: «Avión, avión». Enseguida decodificó a qué se dedicaba un vendedor de gaseosas que pasaba con su bandeja chorreante por las cabezas de los hinchas y me pidió «Agua, agua». Aunque nunca lo supo, porque tomó con pajita y no le saqué la tapa al vaso (y porque debía estar rebajada al 50%), fue la primera vez que probó gaseosa. «Ah, corte sano el pibe», festejó Yamila Maller, una amiga de la tribuna. El fútbol es una terapia en la que no cantamos sino que gritamos, exorcizamos, y de tanto oír palabras que se repetían como ráfagas de metralleta fue, también, la primera vez que balbuceó «boludo». 

Así como de mis inicios en el fútbol solo recuerdo el comportamiento de la gente, Félix tampoco le prestó atención a la lucha que libraban los jugadores allá abajo, lejísimos de nosotros. Algún día sabrá que en su estreno, a pesar de la formación alternativa que Gallardo dispuso para preservar figuras para la revancha contra Gremio, igual jugaron héroes modernos como Armani, Enzo Pérez, Nacho Fernández y Pratto. Félix tenía ganas de explorar, de moverse, y cuando amagó a corretear por nuestro escalón hacia el centro de la tribuna decidí entretenerlo con el video que le había guardado en el teléfono. Si allá abajo el pibe Cristian Ferreira entraba por el lesionado Nicolás De la Cruz y otro pibe, Julián Álvarez, esperaba su turno para ingresar en el segundo tiempo, acá arriba un chico —al lado nuestro— miraba El Hombre Araña en la pantalla de su papá y Félix pasó a divertirse con Pocoyó. Con mi cuerpo le proyecté una sombra que lo protegiera del sol que caía como piedrazos en diagonal y durante un puñado de minutos le presté atención al partido, hasta que ocurrió lo inevitable: ya cerca del entretiempo, totalmente ajeno al 0-0 parcial, Félix empezó a decirme «Vamo, vamo, papá». Daba por descontado que en algún momento perdería la pulseada contra la siesta que solía dormir cada tarde y bajamos al pasillo interno del estadio, donde yo intentaría ganar tiempo para volver a la tribuna más tarde.

Félix jugaba con piedritas en la explanada cuando, al terminar el primer tiempo, cientos de hinchas llegaron para refugiarse del primer calor fuerte de la primavera. A veces logramos detenernos unos segundos, mirar alrededor y sacarnos fotos simbólicas, como si congeláramos un cuadro de época: mientras unos pibes y pibas hablaban de su reviente de la noche anterior —como yo había hecho decenas de veces en el Monumental—, ahora me tocaba cuidar a mi hijo en el lugar al que siempre quiero volver. Habría inmovilizado esa imagen pero Félix, ajeno a mis abstracciones, insistió en su «Vamo, vamo, papá» y me resigné a bajar por las escaleras hasta el nivel de la calle. Fue entonces cuando el hincha que llevo dentro se plantó, detuvo la salida y forzó un último intento para otear aunque solo fueran unos pocos minutos del segundo tiempo que acababa de arrancar. Tendríamos recompensa inmediata porque, apenas volvimos a subir, ya estábamos a pocos metros de la boca de acceso cuando un rugido brotó desde el vientre del estadio: el pibe Ferreira había sacudido el arco de Aldosivi con el primero de los varios golazos que anotaría en los meses siguientes. Subí a Félix entre mis brazos y le dije «gol de River, gol de River» como tantas veces habíamos jugado en casa, solo que esta vez era real y estaba ocurriendo, en vivo, del otro lado del cemento. Apuré el tranco y, al chocarnos con los hinchas amuchados en la entrada a la tribuna, lo levanté sobre mi cabeza para que pudiera ver los festejos del 1-0. No era, claro, un gol de abrazos sostenidos, de esos que generan electricidad y te llevan a apretujarte con desconocidos, pero algunos se daban una palmada, otros extendían sus brazos al cielo y todos soltaban una mueca alegre, primaria, infantil, como cada vez que nuestro equipo convierte y volvemos a ser los niños que llevamos dentro y ya tienen sus años. ¿Félix? Un gol es contagio y Félix también se rió. Quiero que sea gallina aunque River gane: nuestro equipo sobrepasa cualquier resultado.

Consulté el reloj del tablero electrónico, vi que transcurrían 11 minutos del segundo capítulo y entendí que había sido suficiente. El último partido en que había dejado la cancha cerca del entretiempo había sido seis años atrás, aquella noche contra San Lorenzo en la que mi tía me llamó para que volviera al hospital para acompañar a mi viejo. Ser padre o hijo en el Monumental es un símbolo muy poderoso pero nuestro partido de verdad transcurre fuera del estadio. Entonces sí, bajamos las escaleras sin plan de retorno, enfilamos por Lidoro Quinteros, subí a Félix a upa y a los pocos metros apoyó su cabeza sobre mi hombro: estaba tan agotado que no reparó en los «uegos uegos» de la plazoleta y se quedó dormido antes de que llegáramos a Libertador. 

Un rato después, cuando continuaba su siesta en el sillón del living de casa, encendí la radio para escuchar el final del partido: faltaban 5 minutos y seguíamos ganando 1-0. Le mandé un par de fotos a Estefi, que había salido con amigas, y con lenguaje de crítico de cine le dije que nuestra primera experiencia en River había sido un sensacional éxito. «Hijo e’ tigre, tenés una gallinita feliz», me respondió al ver a Félix en el Monumental. Al fin apaciguada la doble amenaza (de ella, pero también mía) de «si le pasa algo te estrangulo», desactivé las alertas que había mantenido encendidas toda la tarde y me dejé ablandar en soledad y silencio, en contraste con el grito comunitario del fútbol, como si imitara a los jugadores que recién sueltan sus sentimientos genuinos en el vestuario, ya sin cámaras a su alrededor.

Con los años, acaso en continuación con la sobriedad afectiva de mi viejo, me transformé en una persona moderada. No exteriorizo mis emociones —ni en casamientos ni en velatorios— aunque las reconozco muy fácil: sé que mi gran porción de felicidad diaria es un plan tan discreto como llevar y traer del jardín de infantes a Félix. En esa recorrida de siete cuadras, caminando de la mano, pateando una pelota o a bordo de mi bicicleta con asiento para nenes, más de una vez disimulé lágrimas detrás de los anteojos de sol. Esa tarde, cuando miraba dormir a Félix después del partido, me entregué a un júbilo futbolero muy diferente al del 1-0 final y al de cualquier otro resultado, una alegría autónoma de victorias y derrotas, como de fútbol sin arcos.

En La final de nuestras vidas conté que nunca lloré por River salvo en dos excepciones. Una, por supuesto, sería muy poco después de aquel triunfo contra Aldosivi, cuando una

fuerza espasmódica me sacudiría en el Bernabéu tras el gol de Juanfer a Boca. La única vez hasta entonces había sido la tarde de 2014 en que salimos campeones del torneo Final —nuestro primer título tras el descenso— y terminamos de purgar nuestros pecados: durante el 5-0 consagratorio contra Quilmes miré al cielo para decirle a mi viejo que la mierda había pasado y éramos campeones otra vez, aunque entonces no había reparado en que se trataba, además, del primer campeonato de River sin él. Recién entendería esas lágrimas por un torneo importante en lo simbólico pero menor en lo deportivo cuando en 2019 leí un texto de un escritor hincha de Racing, Matías Bauso, en el que concluía —la Academia acababa de salir campeón y él había perdido a su padre siete meses antes— que el primer campeonato después de la muerte de nuestros viejos es muy difícil.

A esas dos veces debería sumarle una tercera, aunque no haya sido en el Monumental, en el Bernabéu ni en ningún otro estadio. Porque aquel 27 de octubre de 2018, cuando ya estábamos en casa después de nuestro debut conjunto, me dieron ganas de decirle a Félix que, así como antes de cada partido recibimos al equipo cantando «River, mi buen amigo, esta campaña volveremo’ a estar contigo», todas las campañas que vinieran podríamos estar juntos. Él seguía durmiendo y a mí se me escapó una lágrima.