El relato de todos los tiempos

Extractos de “El partido, Argentina-Inglaterra 1986”

PRIMER TIEMPO

«Maradona con el país en el botín izquierdo», dibuja Víctor Hugo Morales su primera metáfora en la transmisión de radio Argentina. El relator uruguayo avanza hacia su consagración profesional, como si condujera un sidecar junto a Maradona, pero sin embargo, en su fuero íntimo, hubiera preferido que Argentina-Inglaterra no se jugara.

—El partido previo de Argentina, contra Uruguay, era difí-cil para mí, pero yo hinchaba por Uruguay —dice Morales una tarde de octubre de 2014 en un hotel del microcentro de Buenos Aires, cercano a los estudios de Continental, la radio en la que trabaja desde finales de la década de 1980— . Yo quería que ganara Uruguay, y eso que era una batalla interna porque yo era bilardista. Yo sabía que en Argentina-Uruguay tendría que hacer gritos elegantemente austeros para cualquiera de los dos equipos.

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PRIMER GOL

«Goool arrrgentino, Diegol, Diego Armado Maradona —relata Víctor Hugo, el 22 de junio de 1986— . Saltó con la mano para mí, para convertir el gol, mandando la pelota por arriba de Shilton, el línea no lo advirtió, el árbitro lo pispeó, mientras los ingleses entregaban todo tipo de justificadas protestas para mí, el gol fue con la mano, lo grito con el alma pero tengo que decirles lo que pienso, Argentina está ganando 1 a 0, y que Dios me perdone lo que voy a decir: Contra Inglaterra, hoy, aun así, con un gol con la mano. ¿Qué quiere que le diga?»

—Yo la mano la veo, clarita, y en el relato digo que el gol fue con la mano —recuerda Víctor Hugo Morales— . Me doy cuenta por el gesto técnico de cómo salta Maradona, pero además veo la mano. Estaba en un lugar muy alto del estadio, pero juraba que era mano. Si hasta lo dije antes de que la pelota entrara. Los colegas son poco originales a veces: no hay nota que me hagan que no comience con el relato del segundo gol. Poneme el gol con la mano, que tiene un valor periodístico enorme.

A los 5 minutos del segundo tiempo, el gol con la mano avanza como una naturaleza enfurecida: rompe el partido y también el equilibrio en la transmisión de Víctor Hugo. Desde los estudios de la radio, en Buenos Aires, un compañero corrige al relator uruguayo: «Fue con la cabeza, Víctor Hugo, con la cabeza. No hay ninguna duda», grita Ricardo Scioscia.

—Cuando me dicen que había sido con la cabeza, yo me quedé helado —recuerda Víctor Hugo— . No te puedo decir. Fueron largos minutos. Después pesqué una repetición en el monitor que tenía al lado y otra vez me pareció mano, pero como me habían dicho que no había sido mano, el asunto era un poco enloquecedor. Fue un rato desolador para mí. Inventar una mano, de Diego, contra Inglaterra, algo que había sido un brillante cabezazo, era devasta-dor para un relator. No salís nunca más de eso.

—Del equipo de Víctor Hugo quedamos muy pocos cronistas en Buenos Aires —dice Oscar Barnade, ahora periodista de Clarín— . Mirábamos los partidos en el estudio de la radio, y el encargado de salir al aire era Scioscia, que se sentaba enfrente del televisor. En el primer gol a Inglaterra, Víctor Hugo advierte que había sido mano pero pregunta cómo se había visto en Buenos Aires. Hubo discusiones, no nos poníamos de acuerdo, y Ricardo, que era un periodista de convicciones, no dudó: «Fue con la cabeza, Víctor Hugo». Intuyo que no tomó conciencia de la dimensión que ese partido tendría para la historia del fútbol y del relato deportivo.

—Quedó como una anécdota divertida —evoca Víctor Hugo a Scioscia, que murió en 2006— . Si yo miraba la jugada por televisión, seguro que habría dicho lo mismo. Cuantas más veces la veo, de la única manera que me doy cuenta de la mano es con las fotos. En la televisión no se la puede apreciar, así que siempre entendí a Ricardo.

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SEGUNDO GOL

Sin embargo, si hay un Homero para la Ilíada y la Odisea de Maradona, ese es Víctor Hugo Morales. Su relato debería ser el prólogo de la Constitución futbolera argentina:

—Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga. ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta ta ta ta. Goolll, goolll, ¡quiero llorar! Dios san-to, viva el fútbol. Golaaazo, Diegoool, Maradona. Es para llorar, perdónenme. Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Barrilete Cósmico, ¿de qué planeta viniste?, para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2, Inglaterra 0. Diegol, Diegol. Diego Armando Maradona. Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas. Por este Argentina 2-Inglaterra 0.

—Las transmisiones eran al aire libre, en pupitres —recuerda Morales— . Nos conocíamos todos los periodistas extranjeros y la narración del gol tiene un componente algo desafiante contra un periodista mexicano al que había visto hablar por televisión. Un tipo muy prestigioso, pero que tenía mala onda (con Argentina). Y cuando grito el gol, también estaba destinándoselo.

Sin ese relato, el gol no sería menos bello, pero sí una película muda de Chaplin. Las gambetas de Maradona y la narración de Morales se harían indisolubles.

—Yo escuché el relato del gol varios años después del Mundial —dice Enrique— . Estaba en mi auto, conseguí un casete, lo puse y entré a llorar, solo. No podía creer lo que consiguió Víctor Hugo. Consiguió hacer más lindo el gol más lindo.

«Barrilete cósmico» no fue un éxito inmediato: proviene de una época en la que el fútbol solo era cuestión de los domingos, no un reality show de siete días a la semana. En 1986, no había diarios especializados, escuelas de periodismo deportivo ni cana-les de cable. Las grandes corporaciones, los jeques árabes y los petrodólares rusos no vislumbraban el negocio. Maradona volvía de Italia y salía por la puerta principal del aeropuerto de Ezeiza. La selección viajaba en clase turista. Los técnicos eran marginales: la transmisión de Argentina-Inglaterra solo mostró dos veces a Bilardo y ninguna a Robson. El espectador no reclamaba protagonismo: las banderas que colgaban en las tribunas hacían referencia a las ciudades o pueblos de quienes las llevaban y las exhibían, no a los nombres de los hinchas ni a mensajes con sobredosis de pasión. El fútbol siempre exageró la vida y el Mundial siempre exageró el fútbol, pero entonces mucho menos que ahora. La inocencia y la pelota se despedían. La narración de Víctor Hugo pasó de largo, o mejor dicho quedó a la espera de ser rescatada por el futuro. «Barrilete cósmico» se masificaría a partir de los años noventa, con las nuevas tecnologías, y mientras Maradona cumplía otro de sus requisitos para convertirse en héroe: su pulseada contra la tragedia. Sus proezas del 22 de junio de 1986 lo acompañaron cuando eludía a la muerte. «Dios, dale otra mano» titularon los diarios en el verano de 2000, mientras estaba en coma en Punta del Este por sobredosis de cocaína. «No dejes de volar, barrilete cósmico», escribieron sus fanáticos en la puerta de una clínica de Buenos Aires en 2004, con Maradona otra vez internado en terapia inten-siva. En el Mundial 2006, en Alemania, el relato de Víctor Hugo ya era un salmo incorporado a la misa maradoniana. Recuerdo a hinchas estacionar su auto frente al estadio de Gelsenkirchen, para el partido contra Serbia y Montenegro. En el estéreo no sonaban canciones, sino la voz del uruguayo gritando barrilete cósmico. «Música sacra», la definió el periodista Diego Torres, de El País.

—Yo tenía reservas —dice Víctor Hugo— . Desde el gol hasta que terminó el partido, en el resto del relato pedí perdón dos veces, y era porque creía que había hecho un macanazo. El grado de locura, la emoción violenta, era muy fuerte. Yo estaba muy salido, en blanco total, tipo violencia criminal. Después me hice más clásico, pero en aquella época, en mis relatos había más barroquismo, sobre todo antes de que dejara los auriculares. Vivía en una burbuja, en la locura del ruido, como si fuera droga. Los auriculares eran una fuente de inspiración formidable. Y entonces, durante el partido, repasaba mentalmente el gol, y le veía un costado amarillo, que había cruzado los límites naturales de la emoción, que no era yo. Hace algunos años, un chico que vive en Holanda, Marcelo Costa, me mandó el audio completo. Sus padres habían grabado todo el partido con el sonido de la radio, y lo subimos a mi web. Es increíble: la única vez que volví a ver el partido, y cuando mi hijo me escucha por segunda vez pedir disculpas, su comentario fue: «Tarado, ¿por qué pedías disculpas?». Pasaron algunos años, y no pocos, y me fui amigando. Me dije que ese gol me estaba dando tanto que yo no tenía derecho a ser crítico. Pero había llegado al punto que, cuando me llamaban de otras radios para entrevistarme y me ponían ese audio de bienvenida, yo me tapaba el auricular: no podía escucharlo.

El relato de Víctor Hugo —no solo los goles, todo el partido— puede escucharse en su web, www.victorhugomorales.com.ar. También un libro lo transcribe, Barrilete cósmico, el relato completo (Interzona, 2013). Escucharlo, o leerlo, permite comprobar cómo el uruguayo queda mortificado: pide perdón dos veces y sigue relatando con la duda de quien cree haber cometido un error insalvable. Además, y no es un detalle, Víctor Hugo venía de surfear otra situación enloquecedora. El relato del barrilete cósmico es el de un hombre sin red de protección: cuatro minutos atrás, después de haber sostenido que el primer gol había sido con la mano, desde estudios centrales lo habían corregido: «Fue con la cabeza».

—Lloré tres veces en una cancha —dice Víctor Hugo— . En ese mismo Mundial había relatado con lágrimas rodando por las mejillas cuando Uruguay perdió 6 a 1 con Dinamarca. Me pasó también con la derrota de Brasil con Italia en España 82. Y en el gol de Diego.

El gol es historia, el partido se reanuda y Víctor Hugo, después de agradecerle a Dios por esas lágrimas y por ese Argentina 2-Inglaterra 0, desaparece del relato durante 40 segundos. El aire es cubierto por sus compañeros.

—Quiero pedirles disculpas por haber abandonado cualquier tipo de tono profesional —reaparece Víctor Hugo, con la voz herida— . No sé si ustedes pueden comprenderlo.

—¡Cómo no! —lo anima el locutor comercial, Ricardo Jurado.

—Lo que pasa, Ricardo —le responde Víctor Hugo— , es que me quedé sinceramente amargado por este desborde emocional en el segundo gol.

—Nooo — lo reconforta Jurado.

—Ojalá la gente lo pueda comprender. Me cuesta meterme otra vez en el relato porque estoy repasando palabras, llantos, actitudes y me cuesta aceptarme. Trece minutos, Argentina gana 2-0. A ver Julio, ayudame un poquito — y le da el pase a Julio Ricardo.

—La repercusión internacional es muy rara, no sé qué le encuentran — dice Víctor Hugo— . Me han llamado alemanes, ingleses, italianos, españoles, de Serbia también. El escritor italiano Alessandro Baricco escuchó ese relato, vino a Buenos Aires, y lo llevé a la cancha de Boca un día que tenía que transmitir. La gente se acuerda del barrilete cósmico, pero a mí me parece más hallazgo haber dicho «en la jugada de todos los tiempos». Efectivamente fue la jugada de todos los tiempos. «En una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos» es redondito.

Aunque Víctor Hugo prefiera otro segmento —uno más periodístico— , lo que hizo universal a su relato es la mención al «barrilete cósmico», esa unión entre lo terrenal y lo galáctico, entre lo infantil y lo planetario, que permite imaginar a Maradona como a un barrilete de papel surcando el espacio.

—Barrilete es una palabra que ya había usado algunas veces en México, pero cósmico no —explica Víctor Hugo— . En los Mundiales todo es universal, estrellas, cometas. Cualquier cosa que pongas con galáctico, vía láctea, tiene un componente de poesía. En esa jugada, veo que Maradona viaja en una aureola dorada. Veo una esfera, como el sol, y Diego corre adentro.

Millones de personas saben qué significa «barrilete cósmico». Muy pocos, sin embargo, conocen la prehistoria de la metáfora. El relato más bello tiene un origen agrio: es un resabio de la vieja pelea bilardistas-menottistas. Comparar a Maradona con un barri-lete no fue una ocurrencia de Víctor Hugo sino de Menotti, y no justamente como elogio: el ex técnico de la selección estaba peleado contra todo lo que fuera cercano a Bilardo y en ese resquemor también entró Maradona, el capitán del equipo dirigido por su enemigo. Una semana antes de México 86, Menotti dijo que Maradona era un barrilete, una expresión con la que pretendía referirse a su (presunta) volatilidad emocional. Apenas empezó el torneo, algunos periodistas afines a Bilardo, entre ellos Víctor Hugo, contragolpearon a Menotti y empezaron a utilizar «barrilete» como un sinónimo feliz del 10. Con Maradona en plena reverberación y Argentina pasando etapas, esa palabra adquirió una carga de sarcasmo que se volvió contra Menotti. «Maradona, un barrilete que vuela alto», tituló Crónica el 3 de junio, el día siguiente al debut ante Corea. «Ya estamos entre los ocho mejores y el barrilete de nuestra ilusión vuela cada vez más alto», repitió ese diario el martes 17, después del triunfo ante Uruguay. También Víctor Hugo, en los primeros partidos del Mundial, llamó un par de veces «barrilete» a Maradona, mitad para elogiar a Diego y mitad para devolverle a Menotti —de manera elíptica, sin mencionarlo— su propio veneno. El adjetivo «cósmico», y la pregunta «de qué planeta viniste», son invenciones instantáneas en el segundo gol.

Sin embargo, cuando le preguntan por el origen de su inspiración, el uruguayo mira para otro lado. En 2005, el diario deportivo Marca de España lo entrevistó por el «barrilete cósmico» y Víctor Hugo se hizo el distraído.

«Yo estaba copado con ideas de los planetas, con los aspectos espaciales —respondió— . Barrilete era una expresión que había usa-do tres veces para describir que Diego es un barrilete incontrolable que va por donde uno menos se lo espera.»

Cuando le pregunté por qué había bajado el perfil de aquella vieja pelea, Morales esperó unos segundos para responder. Y cuando lo hizo, tampoco mencionó a Menotti:

—Me pareció que desmerecía la inclinación poética de esa frase. Vos decís «la luz oblicua del sol», y no es lo mismo que decir «el sol viene de costado», y es nada, porque sabés que es nada la diferencia, pero tiene un valor poético. Es misterioso lo que sucede con las palabras juntas. Si analizás «Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?», esa impronta un poco mágica de las palabras, se habría desmerecido en la búsqueda de darle la explicación terrenal de lo que vos y yo estamos hablando. Y después, con los años, creí que quedé prisionero de una polémica, por supuesto con todas mis responsabilidades a cuestas. Pero esa lucha —habla de la pelea con Menotti— en un momento se fue diluyendo, no hubo más agresiones y no quiero ser el que vuelva a eso, y por eso doy vueltas y no nombro a nadie respecto de lo había sucedido. Pero la prehistoria es que yo había dicho un par de veces una patadita contra una declaración de ese momento.

Menotti había declarado que Maradona era un barrilete durante un reportaje concedido mientras viajaba en avión hacia México para ver el Mundial. El enviado que lo entrevistó, para la agencia de noticias Télam, fue Eduardo Castiglione. Casi treinta años después, en marzo de 2015, el periodista reconstruye aquella charla en la redacción de Clarín, su actual trabajo.

—Le hice la nota en el vuelo a Lima, donde teníamos que hacer escala —dice Castiglione, y muestra el cable original, ya un papel amarillento que guarda como un tesoro— . Menotti estaba en la zona del avión donde se puede tomar algo, en los carritos de bebida. Pidió un whisky y me acerqué a pedirle una entrevista. Al principio me la negó, pero seguimos hablando y me dijo: «Bueno, qué querés». Ahí comenzamos. Charlamos 40 minutos, los dos de pie: yo anoté todo, no usé grabador. La primera pregunta fue si podría ser el Mundial de Diego y respondió que habría que esperar, que le parecía difícil. Al llegar a México escribí el cable.

Los dos primeros párrafos de ese cable decían:

—México DF, 25 may (Télam, por Eduardo Castiglione, enviado especial). Que Maradona-jugador no evolucionó en los dos últimos años, y como persona es un «barrilete», que Inglaterra «ganará la 13ª Copa Mundial» y que Emilio Butragueño «tiene cosas de Pelé» fueron algunas de las sentencias emitidas por César Luis Menotti en el diálogo con Télam durante la escala que el vuelo 384 de Aerolíneas Argentinas hizo en el aeropuerto limeño Jorge Chávez. Consultado sobre si este sería el Mundial consagratorio para Maradona, el ex DT de la selección aseguró que «no sé, hay que esperar, pero me parece difícil». «Si vamos al punto de vista técnico, Diego está estancado desde 1984, desde que se lesionó en Barcelona. Y como tipo, bueno, ahora se hace los rulitos, se puso un arito. En fin, es un barrilete, ¿no?»

Menotti y Maradona estaban en una guerra de guerrillas: se tiraban con todo. Pocos meses antes, el jugador había opinado que, para hablar sobre fútbol, el entrenador primero tenía que trabajar —Menotti llevaba dos años sin dirigir a ningún equipo— , y el técnico lo trató de «irrespetuoso». Cuando el Mundial era inminente —y como suele pasar en el fútbol— , Menotti trasladó esa disputa personal a sus análisis deportivos y no le dio especial crédito a Maradona: «El trono de Johan Cruyff (el holandés que dominó el fútbol en los años setenta) está vacante. Hay muchos candidatos a ocuparlo: Diego es uno de ellos» (incluso en la previa de Argentina-Inglaterra, Menotti afirmaría —según publicó Tiempo Argentino el jueves 19— que el favorito era Inglaterra). Ya en Méxi-co, el despacho que Castiglione escribió con la palabra «barrilete» para Télam tuvo repercusión. Y Maradona contraatacó.

«A Menotti no lo conozco, no sé de quién me hablan —dijo Maradona a Crónica, una semana antes de su debut en el Mundial— . Yo conozco a la gente que habla de frente. No es valiente decir cosas mediante los diarios. Yo a esas situaciones las resuelvo como hombre. Menotti fue un mediocre jugador y parece que quiere lograr el mismo concepto como persona.»

—Menotti trabajaba como periodista en el Mundial, así que cada tanto estaba en la sala de prensa —recuerda Castiglione— . Después de la respuesta de Maradona, viene y me dice: «Pibe, qué quilombo que hiciste». Le ofrecí la desmentida, pero no desmintió nada.

Las crónicas de la época señalan a Menotti «con cara compungida». «Sí, yo dije que, desde el punto de vista técnico, Diego está estancado desde 1984 y que como tipo, bueno, ahora se hace los rulitos, se puso un arito, en fin —explicó— . Pero cuando aseguré que es un barrilete me referí única y exclusivamente a la indefinición de Maradona respecto del fútbol que debe practicar el equipo argentino. El comentario que hice es que Maradona está confundido tras su paso por el fútbol español e italiano.»

Como ocurre con muchos de los protagonistas directos e in-directos del 22 de junio de 1986, Menotti también entrega una versión diferente —casi contraria— a la de hace treinta años. En su departamento de Retiro, consultado por Tomás Rudich —de DPA— para este libro, recuerda: «Yo dije que Diego iba a ser el mejor del Mundial. Que en los otros Mundiales había andado como un barrilete, sin saber adónde iba a jugar. En cambio, en 1986 estaba en el Napoli y fue recibido como Dios. Ya había dejado de ser el barrilete que daba vueltas sin encontrar un club que le diga “te quedás acá”. Y dije eso, que vivió toda su vida como un barrilete, en el sentido de una vida agitada. Lo dije por su vida, era un barrilete que no sabía dónde vive, dónde va a jugar. No tenía nada que ver con el jugador».

—¿Te arrepentís de esa frase?

—No, no me arrepiento. Al contrario, si le sirvió para hacerse famoso a ese — responde Menotti, sin mencionar a Víctor Hugo.

Barrilete cósmico se desparramó por el mundo como nombre de libro, restaurante, programa de radio y obra de teatro. Víctor Hugo nunca patentó la frase. En 2015, sin embargo, recibió un correo electrónico de la BBC de Londres en el que se le pedía una cotización para utilizar el relato. Sorprendido, repreguntó cuánto estaban dispuestos a pagar. Ocho mil dólares, le respondieron. Cerraron en diez mil.