Gol de Platense

(Extracto de River para Félix, editorial Planeta, 2020)

A principios de 2018, mientras Félix comenzaba el jardín de infantes y el River de Gallardo preparaba el asalto al año en que le ganaría dos finales a Boca, un texto viralizado en Twitter me llamó la atención. Anunciada como «la carta más linda que leí de un hincha de River», el colega @leamonachesi transcribió un relato ajeno, titulado «Ojalá seas de River», que en principio parecía abordar el asunto sobre el que gira este libro: el ejercicio de seducción para que nuestros hijos se afilien al equipo paterno o materno. El texto, sin embargo, daba un salto hacia adelante porque en realidad no se trataba de un padre que intentaba convencer a su hijo sino de la doble esperanza de un abuelo: primero, la de encontrar a su nieto secuestrado durante la dictadura y, segundo, la de que ese muchacho, que ya debía ser grande, le dijera —el día en que al fin se conocieran— que sí, que efectivamente era hincha de River como su padre desaparecido y el propio abuelo. «Amar y añorar tras la etapa más trágica del país», agregó @leamonachesi al tuit en el que reprodujo la carta.

«Querido nieto —comenzaba «Ojalá seas de River»—: la última vez que te vi estabas en la panza de tu mamá. (…) Ya debes ser un hombre y me angustia pensar que no sabés nada de mí y que yo no sé nada de vos. Por eso te escribo esta carta. De tu mamá te puedo contar que era un chica hermosa, de carácter fuerte, soñadora. Ojalá tuvieras la esperanza y la fuerza de tu abuela Clara todas las mañanas, todas las tardes y, sobre todo, los jueves a la tarde. Sueño con el día en que nos encontremos: te voy a abrazar con todas mis fuerzas, te voy a besar como besaría a tu padre y al ratito nomás te voy a preguntar de qué equipo sos. Ojalá seas de River, a tu viejo le hubiera gustado. Con el amor de siempre, tu abuelo Juan».

El texto disparó decenas de interacciones conmovidas, como «Piel de gallina, nunca mejor dicho» (@CarliVillalva), «Quiero ir a la cancha con el abuelo Juan» (@marianitaunica1) o «Desesperadamente emocionante, por más nietos recuperados» (@GABICIPO), y sumó la adhesión de muchos hinchas de Boca. «Traspasa los colores, ojalá ese abuelo pueda conocer a ese nieto, y ojalá sea de River», escribió @mipasionxeneize, seguido por @jmlq74: «Me hiciste llorar, y soy más bostero que Riquelme. Ojalá Juan abrace a su nieto y le diga que es hincha del mismo equipo que el padre». Según la escasa y difusa información desperdigada en la web, la carta era el único texto de no ficción del libro «El regreso y otros cuentos», obra de un escritor que hasta entonces desconocía, Jorge Mario Ramón. Cuando intenté contactarlo, una de las primeras referencias que encontré fue —pura casualidad— que asistía a un curso de escritura en el centro cultural Lino Spilimbergo, en Saavedra, en el mismo edificio educativo donde hacía pocos días, en marzo de 2018, Félix había comenzado a cursar el jardín de infantes en la sala de dos años. El 6 de abril, día del cumpleaños de mi viejo —otra coincidencia—, nos encontramos en un bar de la zona y lo primero que el autor me aclaró fue que, a diferencia de la interpretación que se había hecho en Internet, «Ojalá seas de River» no relataba una historia  real sino ficcionada, aunque en parte sí estaba inspirada y proyectada en su propia biografía: Jorge, me dijo, es un exdesaparecido de la dictadura que todavía agradece que su pareja de entonces, embarazada de seis meses, se salvara de ser también secuestrada por un desencuentro azaroso de minutos. Si el cuento emocionó a los lectores —que lo creyeron verdadero— fue porque resulta verosímil, o no menos inviable que la experiencia futbolera que el autor atravesó en sus 14 días de encierro en Campo de Mayo, el centro de exterminio con menor promedio de sobrevivientes —pasaron entre 4.000 y 5.000 personas y solo 43 salieron con vida—, y que pasó a relatarme en nuestra segunda ronda de café.

Como el entrañable abuelo Juan de su relato, Jorge fue siempre tan de River que, cuando me habló del día en que fue chupado por los militares, no lo hizo refiriéndose a una fecha del calendario sino a un partido que jugamos a mediados de 1976: «La noche anterior fui al Monumental para ver River-Chacarita», me dijo y al volver a casa chequearía, por deformación profesional, si realmente nos habíamos cruzado con el Funebrero en aquellos días: en efecto, comprobé que el 2 de junio perdimos 3-1 de local contra Chaca. Jorge, que era obrero en Nestlé y militante del PST, por supuesto no pensó en River mientras era torturado, pero sí fue testigo de cómo la afinidad de un hincha por sus colores, no importa cuáles, lo acompañaron a su llegada y salida por el centro del horror.

Ya jubilado, con 66 años, cinco hijos, cinco nietos y la escritura como uno de sus pasatiempos favoritos, el autor de «Ojalá seas de River» me contó que, después de la primera noche de picanas, descargas eléctricas y golpes en todo el cuerpo, fue arrojado a un colchón. Comenzó a entender que compartía celda cuando, en medio de su aturdimiento, ensangrentado en la cabeza, atado de pies y manos y con los ojos tapados por una venda y una capucha, oyó que otros tres muchachos le hablaban. Cuando le preguntaron de dónde era, Jorge apeló al instinto de conservación y no mencionó a la organización en la que militaba —no sabía si esos jóvenes eran agentes encubiertos— sino que respondió con su barrio de residencia: «Soy de Saavedra».

—Uh, ¿sos de Platense? ¡Qué grande, flaco! —le devolvieron dos de sus compañeros de calabozo y, aunque Jorge es de River, el Calamar nunca le resultó ajeno: siempre fue su segundo equipo, o al menos el club de su vecindario.

Continuaron los interrogatorios, las atrocidades físicas, los tormentos psicológicos, el disparatado esfuerzo por no quebrarse, las noches de frío extremo sin una frazada para protegerse, el hambre y la sed en tamaños inimaginables y la convivencia codo a codo con la muerte. Su único consuelo era que la cautela inicial con los dos vecinos de Saavedra e hinchas de Platense —que eran hermanos— y un tercer familiar de ellos, un primo de Parque de los Patricios y de Huracán, derivó en una relación de compañerismo que los llevó a entablar esos diálogos que, vistos desde afuera, parecen un retrato de la locura. «Quiero comer milanesas con puré como las hace mi mamá», decía uno. «Hoy cocino yo, muchachos», le seguía otro. «Jugo de naranja, por favor», se sumaba un tercero. Aunque Jorge nunca les vio las caras, esa complicidad derivó en un pedido que los hermanos de Platense le suplicaron cuando los carceleros le anunciaron al futuro autor de «Ojalá seas de River» que lo trasladaban de lugar.

—Eso fue el 14 de junio —me contó Jorge—. Yo creía que me estaban llevando para matarme, pero uno de los pibes me dijo «Flaco, a vos te van a largar, así que prometeme que vas a ir a la cancha a gritar un gol de Platense por mí. Te lo pido por favor, jurame que lo vas a hacer: es muy importante para mí». Ya pasaron más de cuarenta años y el secuestro se me hizo cicatriz pero, de todos los recuerdos que me quedaron, esos pibes de Platense son lo único que me conmueve. Tenían 22 o 23 años y se habían dado cuenta de que no volverían a gritar un gol de su equipo. Nunca supe nada más de ellos. Deben seguir desaparecidos.

Con algo de torpeza le pregunté a Jorge si había cumplido ese pedido y me respondió que sí, claro, cómo no iba a hacerlo: «Ni bien pude caminar, porque estuve tres meses sin caminar —reconstruyó—, lo primero que hice fue ir a ver un partido de Platense. Trato de acordarme el rival, tengo la imagen de un equipo del interior, tal vez San Martín de Mendoza, pero no lo puedo asegurar. Lo que tengo claro es la cancha: fue en la de Ferro. Y también la fecha: a finales de 1976». Al volver a casa, además de confirmar aquel River 1-Chacarita 3 de junio de 1976, también repasé los partidos que Platense jugó en aquellos meses. Como el club de Saavedra había perdido su histórico templo de Cramer y Manuela Pedraza en 1971 y tendría que esperar para la inauguración de su estadio en Vicente López hasta 1979, durante la década del 70 ejerció su localía peregrinando por diferentes canchas. En el Nacional 76, el torneo en que participaban equipos del interior y arrancaba en el segundo semestre, el Calamar fue especialmente un equipo gitano, que alquiló los estadios de Tigre, Vélez, Atlanta, Chacarita y, en una única ocasión, el de Ferro.

La memoria futbolera de Jorge era, otra vez, prodigiosa: el domingo 3 de octubre, o sea tres meses y medio después de su liberación, Platense recibió a San Martín de Mendoza en Caballito. Según la ficha del partido, el Calamar se fue al descanso con una derrota parcial 1-0 pero empató, también transitoriamente, a los 2 minutos del segundo tiempo. Ese olvidado gol de Platense lo convirtió un defensor llamado Osvaldo Morelli y, para Jorge, fue todo lo que suele ser un gol —un instante extraordinario, una explosión sin pensamiento, un contagio de alegría— pero esta vez multiplicado por dos, por diez, por cien: también fue reivindicación, homenaje, odio —porque un gol también puede ser odio— y, tal vez como nunca antes y nunca después en los estadios argentinos, una promesa cumplida. Lo único mejor que un gol, escribió Juan Villoro, es recordarlo, y Jorge lo tiene grabado en su memoria:

«Estaba en la platea de Ferro, todavía no del todo repuesto físicamente, pero sí con mucha voluntad física y anímica de cumplirles la promesa a mis compañeritos de prisión —me dijo—. Aunque Platense es un club que nunca me dio lo mismo, ese día fui a la cancha por estos pibes, no por el equipo. Cuando llegó el gol, lo grité desaforado: me saqué tanto que caí desmayado en la tribuna y me tuvieron que levantar tres o cuatro personas que estaban cerca. Fue un desahogo impresionante de rabia, desesperación y sufrimiento». 

Que Platense haya perdido 2-1 con un gol de los mendocinos a los 44 minutos del segundo tiempo patentiza cómo muchos resultados son mera decoración de historias superiores. En su libro El regreso y otros cuentos, Jorge Mario Ramón escribió sobre su experiencia en Campo de Mayo y Caballito con ligeras licencias de ficción, como por ejemplo la identidad del preso liberado —Mario, o sea su segundo nombre—, e insignificantes resbalones futboleros en su recuerdo, como que Platense convirtió en el anteúltimo minuto del partido para ganarle a un rival al que no menciona —cuando en realidad ocurrió al revés—. 

Ese texto se titula «El grito ahogado» y en su antología de cuentos antecede a «Ojalá seas de River», la carta por la que había querido conocer a Jorge y de la que volvimos a conversar cuando ya nos despedíamos: casi en la puerta del bar me contó que, aunque no conocía a Ignacio Montoya Carlotto, el nieto recuperado de la entrañable presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, había pensado varias veces que su «Ojalá seas de River» también podía pasar como un texto escrito por algún abuelo de Ignacio mientras esperaba encontrarlo.

Los hinchas de River sabíamos que Montoya Carlotto era de los nuestros desde que, en septiembre de 2014, recibió en el Monumental una camiseta de River estampada con el 114, los nietos que habían rescatado su identidad hasta entonces, e Ignacio, el nombre con que eligió seguir llamándose, aunque muchos también lo reconozcan como Guido, como su abuela materna lo había buscado sin claudicar durante décadas. Lo notable es que algunos meses más tarde, a fines de agosto de 2018, conocería a Ignacio y comprobaría que su historia calzaba con el deseo del abuelo Juan, el álter ego de Jorge, aunque todavía más me sorprendería su explicación de cómo se hizo del mismo equipo de su papá de sangre cuando ni siquiera sospechaba su existencia. De visita en Era por Abajo, el programa de radio que tenemos con mis colegas y amigos Ezequiel Fernández Moores y Alejandro Wall, Ignacio Montoya Carlotto nos contó que eligió ser gallina a los siete u ocho años, a partir de la influencia de un compañero de la escuela rural a la que asistía en la periferia de Olavarría, una decisión que no tendría ninguna excepcionalidad si no le hubiese agregado dos datos que hasta entonces ignorábamos: mientras que su padre de crianza era de Boca —una referencia de la que, por supuesto, siempre estuvo al tanto—, su papá de sangre había sido, como él, de River —una simpatía futbolera de la que, como si hiciera falta aclarar, recién se enteraría al recuperar su identidad, o sea, tres décadas después de que aquel amiguito lo sedujera mostrándole los

pósters del equipo multicampeón de 1986—. En la mesa hablamos de «una linda casualidad » o algo así, pero Ignacio nos corrigió: no era una casualidad. «Se da en muchos casos de nietos recuperados: somos del club del que eran nuestros padres biológicos», nos dijo, y su frase me quedó repiqueteando.

Ya en agosto de 2019, tras habernos cruzado varios mensajes en el cielo de la felicidad a la que River nos había elevado en ese lapso —y al fin con una fecha precisa desde la editorial para entregar el libro—, le volví a preguntar a Ignacio por un tema que, de tan insondable, parece sintetizar la energía que conecta a la paternidad con nuestros equipos. «Otros nietos me contaron de esa tendencia —respondió—. Que yo sea de River u otro sea de Boca está dentro de una lógica nacional pero hay otros casos que, ¿cómo los explicás? Por ejemplo, que un chico se haga de Chacarita en el Chaco». Una de esas historias pertenece al diputado nacional y nieto recuperado Horacio Pietragalla Corti, quien en 2003 comprobó que había vivido veintisiete años con una familia, una fecha de nacimiento y un nombre que no eran los suyos, pero sí era hincha del equipo de su papá de sangre —también Horacio Pietragalla, Chacho—: San Lorenzo. «Cuando me citaron de Abuelas, sentí la necesidad de saber de qué cuadro era mi viejo —contó Horacio hijo—. El fútbol era un tema importante para mí: yo era hincha, socio e iba siempre a la cancha. Cuando Jorge, mi tío paterno, me dijo que Chacho era de San Lorenzo, sentí alivio. Fue un flash».

También River formó parte del primer diálogo que Ignacio Montoya Carlotto tuvo en 2014 con su abuela paterna, entonces de 92 años, Hortensia Ardura de Montoya, cuando conoció a los familiares de sus padres desaparecidos, Laura Estela Carlotto y Walmir Oscar «Puño» Montoya. «Mi abuela del lado de mi papá me dijo por teléfono, antes de encontrarnos personalmente: “¡Y sos de River, como ‘el Puño’!”. Había visto que yo también era gallina por una foto que había colgado en redes sociales unos meses antes, cuando conocí el Monumental». Ignacio, que es pianista y compositor —y también siguió la vocación por la música que llevaba su familia de sangre—, recuperó varios objetos de sus padres biológicos y los llevó a su casa: uno de ellos, colgado en un lugar visible de su estudio —como una foto de su papá tocando la batería—, es el banderín de River que Puño tenía en los 70, muy característico de la época, triangular y con un alambre para colgar desde sus vértices superiores.

Los sobrevivientes futboleros como Jorge Mario Ramón tendrían, entre otras restituciones, una dominical: «Meses más tarde del día que fui a ver a Platense —me contó el autor de «Ojalá seas de River» en nuestra charla—, cuando ya estaba recuperado físicamente, cumplí mi sueño de entrar al Monumental con mi hijo mayor, Pablo. Para mí, fue como recibirme de padre: hasta le di la mamadera en la cancha. Yo venía de un hogar bravo y River fue mi escapatoria, mi segunda casa. Hay cosas que nunca dejamos de ser, de lo más importante a lo supuestamente menos importante: yo nunca dejé de ser un exdesaparecido ni hincha de River».

Una de las 30.000 vidas arrancadas de cuajo por la dictadura fue la de Alberto Krug, hincha y socio de Racing, a quien su madre, Rosa Moltedo —contó el sociólogo Julián Scher en Los desaparecidos de Racing—, siguió pagándole la cuota social durante mucho tiempo, a la espera de su aparición.