River es el lujo de los que no tienen 1,25 para el bondi (extracto de “Ser de River”)

Desde que comenzaron los 50 días del calvario intenté preguntarme varias veces qué era, realmente, lo que tanto me aterra aterraba de la posible caída de River a la B. Hubo un par de momentos en que tuve miedo de estar volviéndome loco. Y es curioso: la gloria es una construcción colectiva, pero el descenso es una experiencia personal. Y lo que se me ocurre pensar ahora es que en la vida son muchas las veces en que descendemos. Recuerdo una escena de Vicky Cristina Barcelona, la película de Woody Allen, en la que Javier Bardem invita a las dos chicas norteamericanas a volar con él a Oviedo. Acaba de conocerlas. “¿Por qué haríamos eso?”, pregunta una de ellas. “Pues porque la vida es corta, gris y está llena de dolor”. La magia del cine provoca que las chicas se tomen un avión con Bardem a Oviedo. En esta vida porteña, gris y llena de dolor, los milagros no ocurren. Te vas a la B todos los días. Yo me voy a la B todos los días y varias veces por día: cuando murió mi vieja, cuando se enfermó mi viejo, cuando me metieron los cuernos, cuando entré a un quirófano, cuando cerraron dos diarios en los que trabajaba, cuando empresas millonarias me pagan una basura, cuando a los 20 años me di cuenta de que me iba a quedar pelado, cuando juego a la pelota y no soy capaz de hacer un pase de dos metros, cuando traté muy mal a gente que me había tratado muy bien, cuando veo a nenes de 10 años viviendo en la calle o a pibes de 20 revolviendo mi basura, cuando soy un díscolo que miro para el costado en el momento en el que me hablan, cuando me cuesta decirle te quiero a la gente que quiero, cuando me preocupa tener 36 años y sentir que no hice nada trascendente, cuando viajo para el orto en el colectivo o, también, cuando pierdo 50 minutos en la fila de un banco.

Lo único que siempre me mantuvo al margen de la frustración fue River. River es otra cosa. River no pierde nunca. River es más fuerte que las angustias que llevo dentro. River le gana a los miedos que no le cuento a nadie. River estuvo ahí cuando las mujeres me dejaron. River fue mi revancha cuando los jefes me basureaban. River era mi alivio semanal cuando tenía 19 años y un vacío existencial. River me fascinaba cuando yo me odiaba. River es un refugio para mí, que vivo en un PH en Belgrano, pero también para quienes alquilan una casita en Ezpeleta u ocupan un asentamiento en Ingeniero Budge. River es la revancha de quienes están en un hospital, una cárcel o una comisaría. River es el lujo de los que no tienen 1,25 para el bondi. River es nuestra garantía semanal de triunfo, de grandeza, de reivindicación. Te ponés un buzo de River y caminás por la calle, hasta cartoneás por la calle, como un campeón. Siempre fuimos eso: campeones. Los perdedores son otros.

Y de repente River se puede ir a la B. Y si River desciende, mi único costado irrompible se desvanece. Tendré que seguir soportando mis fracasos diarios, pero ya no estará River como actor desagraviante. Cómo no voy a tener miedo. Cómo no voy a ser un zombi.