Machín, el primer hincha de River

En 1916, de pie y a la derecha de la foto, acompañando al equipo antes de un triunfo contra Boca.

Extracto del libro “Nuestro viaje, 85 horas de caravana par ver a River” (ediciones Carrascosa):

River no habría construido su infinito sin hinchas que hicieran, de seguir al equipo, su hábito. Antes de que fuéramos millones, el primero de nosotros, el precursor que secundó a River a mediados de la década de 1910, cuando en Argentina vivían 8 millones de personas y en Buenos Aires circulaban 20.000 autos y 11 líneas de tranvías eléctricos —todavía no se habían inventado los colectivos—, fue Aureliano Gomeza, alias Machín. Si mi generación de hinchas y las siguientes casi no escucharon hablar o leer de él es porque su historia ocurrió en la prehistoria. Mi viejo nunca me lo nombró. En 1958 se publicó el libro “Historia de River Plate”, al que los buceadores del pasado se refieren como nuestra Biblia, y allí puede leerse: “¿Quién es el Ñato Machín? No conocerlo equivale a desconocer al propio River Plate. Lo que significa ignorar la existencia del mundo”.

Extracto de “Nuestro viaje, 85 horas de caravana para ver a River”:

Gomeza, nuestro profeta olvidado, nuestro Marco Polo, conocía a varios fundadores del club cuando River todavía era un grupo de amigos de La Boca. En las entrevistas que le hicieron en las décadas siguientes hablaba de la avenida Almirante Brown, la que cruza nuestro primer barrio desde el Parque Lezama hasta el puente Avellaneda, como si fuera el eje de la Tierra. Llegó al club en 1912, cuatro años después de que ascendiéramos a Primera, y comenzó a jugar en las inferiores. Le decían Ñato “porque su nariz reclama dos pañuelos”, escribió un periodista prestigioso —Borocotó—, aunque más le decían Machín. Era de esas personas queribles y enseguida fue adoptado por los futbolistas de Primera, algunos años mayores que él. Gomeza se convirtió en una compañía para el equipo y comenzó a seguir a River por todas las canchas. Cada tanto me gusta imaginarlo en los trenes junto con los jugadores en una época en que no se vendían camisetas ni se cantaban temas de tribuna.

Una foto de 1916 lo muestra formado junto a los futbolistas que le ganaron 2—1 a Boca: son 11 deportistas y Machín de pie, con polera, saco, flor en el ojal y mirada solemne hacia la posteridad, como el doceavo jugador o el primer hincha. Era tan protagonista que tuvo su propia figurita en Dolar, la colección más importante de un tiempo en el que los que acompañamos desde afuera comenzábamos a ser el tercer ojo del equipo, como el bindi que llevan los indios entre cejas. La palabra hincha ya reemplazaba a espectador, una terminología más pasiva, y hacía más de una década que se cobraba entrada para ver fútbol, desde que Estudiantes de Buenos Aires lo había decidido en 1905 bajo la excusa de mejorar las condiciones del campo de juego.

Gomeza continuó jugando al football en la Tercera pero era mejor amigo e hincha que deportista. “Yo era el más flojo de todos, ni con la nariz paraba a los rivales”, le diría a Borocotó, pero un día consiguió su sueño, el nuestro: el del hincha que juega en la Primera de River. Ocurrió a finales de la década del 10, justo antes de que el fútbol se despidiera de las informalidades: si faltaba algún futbolista, o si el partido no era tan importante, pertenecer a la barra de amigos significaba un privilegio. Gomeza jugó una única vez en Primera, en un amistoso contra Estudiantil Porteño el 15 agosto de 1919, un partido intrascendente —en medio de la temporada, un día de semana— que perdimos 4—0. Como todavía no había entrenadores que se ocuparan de armar los equipos, es tentador suponer que Gomeza fue elegido por sus compañeros en reconocimiento a su lealtad. Machín no volvió a jugar en Primera pero no se deprimió: si no podría formar parte del equipo desde adentro, seguiría desde afuera. Fue una decisión que lo diferenciaría del resto: si en la historia de River hay más de 1.700 futbolistas que jugaron al menos un partido en Primera, el hincha que dejó la huella inicial fue Machín.

Nuestro padre de las tribunas pasó a jugar para los veteranos. “En un partido de Segunda me hicieron un gol desde 50 metros –dijo a la revista River en 1962, riéndose de sí mismo—. El ‘mudo’ Choperena (Pedro, figura de River en los años 20, que efectivamente era sordomudo) me dijo en su lenguaje, que yo captaba bien, ‘¿no viste la pelota por la nariz?’”. Machín era tan querido que Porteño pretendió incorporarlo pero nuestros jugadores lo amenazaron con el genóves que se hablaba en La Boca: “Nus ta naguen que amasen”, es decir “si te vas a otro club, te mato”, le dijo Arturo Chiappe, capitán del amateurismo. El Ñato no se iría nunca y, cuando el fútbol se profesionalizó en 1931, pasó a ser el masajista de Primera. Empezó como un “lavapatas” y aprendió a masajear piernas y a reacondicionar músculos de futbolistas agotados, pero sobre todo se ganó su confianza. Fue el confidente y consejero de las primeras estrellas.

—Cuando el Charro Moreno llegaba del baile a escondidas, Machín lo protegía— cuenta el periodista Gustavo Cardone en su libro La Tricolor.

Los periodistas deportivos y los hinchas solemos hablar del “verde césped” —en referencia al campo de juego— y “el manto sagrado” —por la banda que cruza nuestra camiseta— como dos frases matriculadas por Labruna pero Angelito se las había copiado a Gomeza.

Machín aparece en varios fotos de las décadas siguientes: es fácil reconocerlo por su nariz y por su buzo con la letra M, de masajista. A veces posando junto al equipo, como en el debut de Adolfo Pedernera, en nuestra cancha de Palermo en 1935, próximos a partir al Monumental. Otras, festejando títulos. Uno de los momentos más lisérgicos de la historia de River, la primera de las tres vueltas olímpicas que dimos en la Bombonera, en 1942, lo tiene como protagonista: acabábamos de salir campeones después de empatar 2—2 un partido que perdíamos 2—0 y los jugadores, en vez de elegir a Pedernera como el centro de los festejos –el autor de los dos goles—, lo levantaron en andas a él.

—Cuando me hablaron de psicólogos para jugadores, yo recordé al mejor psicólogo que tuvimos en mis mejores años de jugador, aquel inolvidable Machín, a cuyo alrededor teníamos espíritu y mística— lo definió Carlos Peucelle, el delantero por el que recibimos el apodo de Millonarios en la década del 30.

Machín tendría hasta su muerte, en 1968, una jubilación soñada: fue el encargado de la concentración, en el primer piso del Monumental. De sus cosas fuera del club trascendió muy poco, salvo que vivía en el Bajo Belgrano con su hermana Pilar y que en sus últimos años regaló la guitarra que había usado para animar a los jugadores en cientos de noches previas a partidos de River. El privilegiado fue el hijo de un matrimonio de amigos del barrio al que Machín invitaba tan seguido al club, al vestuario y a los partidos, que terminó haciéndose de River a pesar de que su padre era de Platense. Ese chico con inclinaciones artísticas se llamaba Luis Alberto Spinetta, el artista más influyente del rock argentino, que comenzó a componer con la guitarra criolla de 1923 que recibió de Machín, nuestro simbólico primer hincha, el que lideró el camino de los futuros millones. Somos las semillas y los epígonos de Machín.