De todos los protagonistas que el 22 de junio de 1986 cumplen un rol secundario, pero que confluyen para construir la mitología, el más anónimo es Héctor Rebasti. Treinta años después, Rebasti sigue siendo tan invisible que prefirió que no nos viéramos.

— Prefiero charlar por teléfono porque cuando hablo del tema me pasa esto, me pongo así — se disculpa al otro lado de la línea, desde su casa al oeste del Gran Buenos Aires, y su «me pasa esto, me pongo así» es un discurso entrecortado por las lágrimas.

El 22 de junio de 1986, Rebasti no festeja el triunfo de Argentina en México sino en Buenos Aires, enfrente de un televisor. Su nombre no figura en ninguna crónica. Nunca jugó en la selección. Tampoco en Primera. Consultarlo no estaba en mis previsiones originales. A este hombre al que no vi llegué a partir de terceros: la cadena de entrevistados en la que alguien te pasa un nuevo teléfono y te sugiere: «¿Por qué no llamás a fulano?».

En parte, la historia de Rebasti es ordinaria, común a la de millones de argentinos: desde las tres de la tarde de Buenos Aires, y después del almuerzo familiar, mira el partido en su casa de San Antonio de Padua. La diferencia es que Rebasti está cosido al Argentina-Inglaterra por dos cicatrices: Rebasti fue futbolista y soldado. Había atajado en las inferiores de San Lorenzo y se entrenaba en el plantel profesional de Huracán cuando, en abril de 1982, pasó a ser uno de los 9.804 soldados desplazados a Malvinas. La guerra le arruinó la carrera. No solo la carrera.

Rebasti nació en un mal año para nacer en Argentina: 1962. Un sorteo sin fortuna lo convocó al servicio militar obligatorio en 1981, con 19 años. La recuperación de las islas ocurrió en abril de 1982 y los jóvenes que habían terminado el servicio militar el año anterior tuvieron que volver a los cuarteles. Muchos de ellos, volaron una semana después hacia Malvinas. Rebasti fue uno de los doce jóvenes que — desde las inferiores de clubes de Primera División o en las categorías del ascenso— fueron arrancados al fútbol para combatir.

Cada tanto, en Internet se reproducen videos caseros editados por fanáticos. Procuran una apología patriótica: la imagen de Maradona eludiendo ingleses en el verano mexicano se funde con soldados vestidos de chaqueta verde oliva en el invierno austral. Algunos conscriptos portan fusiles, otros se ríen nerviosamente, todos son anónimos: nunca sabremos sus nombres. Para los miles que sobrevivieron, haber pasado 74 días en condiciones infrahumanas será un recuerdo espantoso, imborrable. Cuando se habla de Argentina-Inglaterra como una revancha con botines, los destinatarios de la ofrenda suelen ser «los chicos que pelearon en la guerra», pero es una referencia genérica: ¿cuáles son sus caras, cómo son sus historias? Rebasti es una de ellas.

— Ese partido para mí fue un psicólogo, una descarga emocional impresionante — dice Rebasti— . Yo no lo viví solo como el triunfo de Argentina, sino también como el triunfo de la clase 62. En las inferiores de San Lorenzo, en la Quinta División, le atajé un penal a Ruggeri. Jugué muchas veces contra Tapia, que estaba en River y era un fenómeno. También contra Batista. Burruchaga era otro de mi clase. Yo creo que Burru, Oscar, Tapia y el Checho jugaron contra los ingleses igual que si hubiera jugado yo. A muerte.

La clase 62 es una referencia desapercibida del 22 de junio de 1986. Un eslabón invisible. De todos los jugadores que se despertaron en la concentración del América, repitieron el ritual de las cábalas, apuraron el desayuno, escucharon la charla técnica, viajaron cantando al Azteca, entraron al campo de juego a los gritos para intimidar a los ingleses y cantaron el himno, seis habían nacido en 1962. Todos ellos — Burruchaga, Enrique, Batista, Ruggeri — titulares— , Tapia — que entró en el segundo tiempo— y Clausen — que se quedó en el banco de suplentes— , podrían haber sido Rebasti. Pero un día eludieron la ruta que los habría llevado a Malvinas. 

— De la colimba me salvé por número bajo en el sorteo: me tocó el 256 — dice Batista, en referencia al servicio militar que sería obligatorio hasta 1994— . Estaba volviendo de Japón, en un viaje con las inferiores de Argentinos Juniors, en 1980, y lo primero que pregunté cuando llegué a Ezeiza fue qué número me había tocado. Estaba desesperado.

— Zafé por número bajo: me tocó el 221 — dice Enrique— . Si no, tendría que haber hecho la colimba en 1981 y en el 82 viajaba a las Malvinas. Yo jugaba en Lanús, en la C: el fútbol no me habría salvado. El sorteo lo escuché con mis viejos. No sabés los nervios.

— A mí me salvó el fútbol — dice Burruchaga— . Jugaba en Arsenal, en la B, y al principio tuve que hacer la colimba: me cortaron el pelo y me mandaron a Campo de Mayo. A las tres semanas me dejaron salir, pero con la condición de que volviera todas las mañanas. Cuando llegó la guerra de Malvinas, ya había pasado a Independiente. Un viernes teníamos que jugar contra Unión y mi hermano vino con un telegrama. Era terrible. Decía que debía presentarme al otro día en el Regimiento de Patricios. Fue el cagazo más grande de mi vida. Llegué y desde lejos veía que estaba lleno de camiones, de pibes y de padres llorando, y yo cada vez caminaba más despacio. Ya era más o menos conocido, jugaba en Primera, pero el jefe me explicó que era un soldado de la patria y que estaría a disposición. Me volvieron a cortar el pelo y tuve que volver todos los días para firmar que estaba a disposición. Así varias semanas. ¿Sabés la cantidad de veces que pensé que podía viajar a las Malvinas? Después de la guerra, seguí yendo tres semanas al Regimiento, hasta que nos dieron la baja, y en ese tiempo nos preguntábamos con los otros conscriptos: «¿Te acordás de fulano?, murió». «¿Y te acordás del otro? También murió».

— Yo me salvé gracias al fútbol — dice Clausen— . Había llegado a Independiente en 1979 y debuté en 1980, así que ni siquiera hice servicio militar. En el club me hicieron zafar.

— Cuando comenzó la guerra, yo hacía el servicio militar en Ramos Mejía — dice Tapia— . Podría haber sido uno de los tantos chicos que viajaron a Malvinas, pero no lo hice porque tenía el privilegio de estar en la Primera de River. En el regimiento estaba en la parte de oficinas y coroneles, pero veía cómo los chicos subían a los camiones y se iban. Era una cosa muy fuerte. Por eso el festejo de ese partido, de ganarle a Inglaterra, fue inolvidable.

En el otro extremo de la clase 62, hubo doce colegas sin una trayectoria reconocida ni un número bajo en el sorteo que los salvara. Cuando los militares comenzaron a reclutar jóvenes para llevarlos a las Malvinas, en abril de 1982, jugar en las inferiores o en las categorías del Ascenso no actuó como salvoconducto. Las biografías deportivas de esos doce — que paradójicamente podrían formar un equipo— quedaron interrumpidas. El caso que los medios suelen citar cuando se vincula a las Malvinas con el fútbol es el de Omar De Felippe, entonces defensor de Huracán — y en la actualidad uno de los técnicos más valorados del mercado—, pero no es el único. Rebasti, por ejemplo, fue compañero suyo en Huracán y en las trincheras de Malvinas. Javier Dolard, delantero, había jugado con Ruggeri en la Cuarta de Boca: uno enfrentaría a Inglaterra con un fusil y otro con una pelota. Juan Colombo era delantero de Estudiantes de La Plata, Gustavo De Luca tiraba paredes con Tapia en las inferiores de River, Héctor Cuceli era mediocampista en la Tercera de San Lorenzo, Sergio Pantano hacía goles en Talleres de Remedios de Escalada, Raúl Correa era defensor en Corrientes, Luis Escobedo cerraba laterales en Los Andes, Julio Vázquez se raspaba las rodillas en las canchas de la D con Centro Español, Claudio Petruzzi era arquero en las juveniles de Rosario Central y Edgardo Esteban había tenido experiencia en las inferiores de San Lorenzo y de Argentinos. Todos ellos viajaron a Malvinas, ninguno a México.

— Mis viejos recién habían comprado un televisor color y el día del partido con Inglaterra nos reunimos con amigos en casa— dice Rebasti— . Los futbolistas somos competitivos en todo: yo también lo había sido en la guerra. Cuando cayó Puerto Argentino, con otros compañeros seguimos peleando: dos de ellos murieron por no querer rendirnos. Esa derrota me afectó mucho, me sentí culpable, y el partido contra Inglaterra lo viví como agua fresca, como otra oportunidad, como si estuviera otra vez en la guerra. Miraba el partido y me sentía en combate. Si hubiese estado en la cancha, habría terminado preso. Fijate que hubo piñas en las tribunas, y fue entre hinchas comunes. Imaginate yo.

Con algunos de los doce futbolistas-soldados hablé, por teléfono o en sus casas, de ese parentesco tan disparatado — pero al mismo tiempo tan aludido— entre Malvinas y el Azteca. Me contaron de Malvinas, me contaron cómo habían tenido que disparar morteros y metrallas, y cómo la noche se hacía de día cuando los ingleses lanzaban bengalas, y cómo disparaban sin saber si habían matado.

— Yo jugaba en Los Andes y tuve que hacer la colimba en 1981 — recuerda Luis Escobedo, por teléfono— . En el club había un tipo que decían que te podía salvar pero me cagaron. A comienzos de 1982 volví a Los Andes y arranqué en la Tercera para recuperar ritmo. El 2 de abril, un viernes, comenzó la guerra y el torneo siguió como si nada. El sábado 10 jugamos contra San Lorenzo, al día siguiente compré el diario y leí que la Décima Brigada de Palermo, la mía, debía presentarse. Llamé y me dijeron que era el único que faltaba. El jueves siguiente aterricé en Malvinas.

— Ese sábado 10 de abril de 1982 jugué para Centro Español, en la Primera D, contra Central Ballester, y al otro día tuve que presentarme en el Ejército. A los pocos días ya estaba en Malvinas — dice Vázquez.

— Yo estaba en la Reserva de River con muchos chicos que después debutarían en Primera, como Goycochea, Gorosito y Tapia, que también jugaría contra Inglaterra en México — recuerda De Luca en la cocina de su casa de Martínez, mientras el televisor,

sin volumen, transmite un partido de la Copa Libertadores 2015— . En 1981, tuve que hacer el servicio militar y al menos River me acomodó un poco en el Regimiento de La Tablada. Empezó 1982 y volví al club para tratar de llegar a Primera, pero al mes comenzó la guerra. Le pregunté a un teniente si podía zafar. Teníamos buena relación, le daba entradas para el Monumental, pero me dijo que no podía hacer nada. A los pocos días nos subieron a un avión y viajamos como vacas. Pensábamos que íbamos a Comodoro Rivadavia pero bajamos en Malvinas.

— Hacía un frío increíble, llovía siempre, el piso estaba lleno de hielo, vivíamos en pozos llenos de agua — me dijo De Felippe en febrero de 1998 durante una entrevista para Clarín en su casa de Villa Madero— . Una vez encontramos galletitas con caca de ratas. Se la sacamos y las comimos. Yo tenía 19 años. La guerra te mata psicológicamente. Es imposible de soportar. Solo pensaba en qué momento me iban a matar. Al principio todos estuvimos más o menos lúcidos, pero después muchos quedaron petrificados, destruidos, con la vista perdida. No se movían, no hablaban, no comían, no dormían. La noche anterior a la rendición, cuando atacaron los ingleses, vi morir a muchos chicos en la lucha cuerpo a cuerpo. Morían al lado mío, a dos metros. Con el resto de los soldados decíamos la puta madre y listo, seguíamos.

— Los ingleses primero te hacían un trabajo psicológico: bombardeaban todas las noches desde los barcos — dice De Luca— . Yo estaba en una trinchera en la playa: tenía que cavar hasta el pecho, o sea que vivía en el fango. Nos cagábamos de frío y hambre, y empezamos a robar casas en Puerto Argentino para llevarnos azúcar, sal, frazadas, almohadas. Un muchacho de mi compañía se tiró en una cama y explotó, voló en pedacitos: habían dejado una trampa cazabobo. Después los militares estaquearon a un compañero, nosotros lo soltamos y los jefes empezaron a tirarnos trompadas. También matamos a una vaca. Nos habían dicho que no la tocáramos, que era propiedad privada, pero preferíamos el consejo de guerra antes que seguir con hambre. Nos duró ocho días, la cocinamos a la llama. Lo más duro fueron los últimos cuatro días, ahí ya era todos contra todos. Me agarraron las esquirlas de una bomba y por la onda expansiva salí volando. Caí como una araña.

Durante la guerra, en el continente, la simbiosis entre el fútbol y la patria funcionaba en su esplendor. Oleadas de sentimiento patriótico atravesaban los estadios de Buenos Aires, el himno argentino sonaba antes de los partidos y River y Boca decían estar dispuestos a organizar un superclásico amistoso en las Malvinas para elevar la moral de los soldados. La selección era vista como un ejército deportivo que generaba unanimidad: su participación en el Mundial de España 82 nunca estuvo en duda.

«Lo hemos conversado mucho con los muchachos y lo que podemos aportar desde allá es jugar lo mejor posible para alegrar a nuestros soldados», dijo Maradona al arribar a España — según reconstruye Vivir en los medios, de Leandro Zanoni (Marea, 2006)— , en tanto Menotti decía ante la prensa extranjera que estaba orgulloso de que en Argentina «se presente una unidad nacional» y que «por primera vez se plantee una lucha abierta contra el colonialismo y el imperialismo que ha sojuzgado permanentemente a América Latina».

Cinco de los 22 futbolistas que enfrentaron a los ingleses en México 86, Maradona, Valdano, Passarella, Pumpido y Olarticoechea, habían vivido en el Mundial de España esa experiencia bipolar.

«Cuando subimos al avión para el Mundial de España nos dieron una serie de instrucciones sobre lo que teníamos que decir en el caso de que nos preguntaran por las Malvinas — recordó Valdano en Esto (también) es fútbol de selección— . Decidí preguntarle a Menotti qué tipo de relevancia debíamos darle a ese documento, si eran respuestas obligatorias o si, en caso de contestar algo diferente, podríamos ser acusados de traición a la patria. César me dijo: «Nada es más importante de lo que diga su conciencia, así que conteste lo que crea conveniente».

— La guerra del 82 la vivimos en España y fue angustiante — dice Olarticoechea— . No es que nos estábamos divirtiendo, porque estábamos jugando al fútbol, y ese es nuestro trabajo, pero sí había chicos que estaban en la guerra, y eran chicos más chicos que yo, que nací en 1958. La noticia del hundimiento del crucero General Belgrano llegó primero a España que a Argentina.

— Estábamos pendientes de qué publicaban los diarios españoles — recuerda Pumpido— . Era muy duro porque esos diarios sabían más de lo que se informaba en Argentina. Entonces llamábamos a nuestras familiares y les decíamos: «Miren que acá dicen otra cosa, que estamos perdiendo la guerra».

«El ambiente estaba cargado — recordó Ardiles, que durante el Mundial 82 todavía no sabía que un primo suyo había muerto en la guerra (José Leónidas, piloto de la Fuerza Aérea), en El País, en 2011— . Una mañana convencí a Maradona de hacer una escapada turística y visitar una iglesia cerca de Villajoyosa, en Alicante. Cuando los guardias de la concentración se dieron cuenta de que faltábamos, se activaron todas las alarmas. Había rumores sobre una posible acción armada o un secuestro por parte de los SAS — fuerzas especiales del ejército británico— contra la selección. Diego estaba en misa, conmigo, viendo a un montón de niños hacer la primera comunión, cuando de repente entraron tipos vestidos de traje y anteojos oscuros suspirando porque nos habían encontrado.

Una final Argentina-Inglaterra en el Mundial 82 hubiera sido un serio problema para los relatores que, como en el caso de Juan Carlos Morales, de radio Rivadavia, tenían prohibido nombrar a los británicos. Así le ocurrió en un Alemania-Inglaterra de segunda

fase.

— Llegamos al estadio para transmitir de manera normal pero en eso nos llamó la producción desde Buenos Aires para decir que no podíamos nombrar a Inglaterra — recuerda Morales, desde Mar Del Plata, y no puede evitar reírse— . «Para eso no lo relatemos», les dije, pero me respondieron que estaba pautado. Entonces me

la pasé diciendo «atacan los rivales de Alemania», o «el equipo de rojo», o «el equipo de Kevin Keegan». Tal vez incluso se me escapó un «piratas». Fue inentendible esa transmisión, una cosa insoportable, ilógica.

Pocos recuerdan que, en verdad, Argentina-Inglaterra se enfrentaron en el Mundial 82, pero no en el de fútbol sino en el de hockey sobre patines, en Portugal. Fue el 1º de mayo, en plena guerra — el día en que moriría el primo de Ardiles— , y debe ser la mayor hipérbole nacionalista aplicada al deporte: los jugadores argentinos tenían prohibido saludar a los ingleses y efectuar intercambios de banderines y camisetas. Uno de ellos, Mario Agüero, desobedeció a medias y lo pagó.

— Ellos también tenían prohibido cambiar camisetas pero, para mí, no saludar era una estupidez — dice Agüero desde San Juan, por teléfono— . Entrando a la cancha un inglés me estiró la mano y yo no lo dejé pagando, lo saludé. Durante el partido, choqué contra uno de ellos y se cayó al piso. Desde abajo me alzó la mano, así que lo ayudé a levantarse y nos dimos un par de palmadas en la espalda. Después, en el vestuario, un dirigente me retó por eso. El tipo nos había dicho que teníamos que aplastar a los ingleses, que teníamos que matarlos.

El debut de la selección de fútbol en el Mundial de España 82 ocurrió en simultáneo con la batalla final en Malvinas. La selección enfrentó a Bélgica, en Barcelona, el domingo 13 de junio. Si los canales de televisión hubiesen dividido la pantalla en dos, en una mitad habrían transmitido el comienzo de la Copa del Mundo y en la otra, el final de la guerra. La última ofensiva inglesa en el Atlántico Sur comenzó a las 2:50 del sábado 12, continuó el fin de semana y se intensificó el domingo 13 desde las 22:30. Los argentinos cedieron primero los alrededores de Puerto Argentino, resistieron en inferioridad de condiciones durante la noche y se rindieron al mediodía siguiente, el lunes 14 de junio. Muchos soldados recuerdan cómo consiguieron una radio en medio de las bombas y sintonizaron el relato de José María Muñoz desde Barcelona. El fútbol los devolvió a la normalidad, al menos durante un rato: eran chicos de 19 años, futboleros, escuchando un Mundial.

— El partido contra Bélgica lo escuché por radio en medio de una trinchera, cuando de repente cayó una bomba — me contó Correa, defensor de la época dorada de Mandiyú, en marzo de 2013 en Corrientes, durante una entrevista para TyC Sports— . Sentimos el cimbronazo y salí del pozo a mirar si le había pasado algo a alguien. Cayó cerca, no nos afectó, pero cambiamos de posición y apagamos la radio. Teníamos miedo de que el satélite nos delatara.

— Recuerdo que un compañero mío escuchaba ese partido contra Bélgica. Yo estaba a su lado, en la misma trinchera — dice Escobedo— . Tenía una radio chiquita, como una Spika.

— Después de la rendición, los ingleses nos llevaron al continente en el transatlántico Canberra — dice De Felippe— . Nos trataron bien, nos sirvieron comida caliente, y al lado del menú nos dieron los resultados del Mundial. Argentina le había ganado 4 a

1 a Hungría en su segundo partido en España 82. 

Algunos de los doce futbolistas-soldados, no solo De Felippe, pudieron retomar sus carreras: De Luca jugó Copas Libertadores para Colo Colo de Chile, Escobedo saltó a la Primera División con Vélez y Belgrano, Correa visitó el Monumental con la camiseta de Mandiyú y Pantano fue figura del ascenso de Talleres de la C a la B, en 1983. Otros futbolistas-veteranos de guerra, en cambio, no volvieron a jugar. Por ejemplo Rebasti, que no debutaría en Primera. Tabaco, alcohol, confusiones. «Te ponen la cabeza en una licuadora y te la baten. Tenés las ideas cruzadas», recuerda el ex arquero de San Lorenzo y Huracán.

— Cuando Diego hizo el gol con la mano contra los ingleses, sentí que recuperaba la patria — dice— . Y cuando hizo el segundo, ya no pude parar de abrazar a mis viejos y mis hermanos. Sentía oxígeno. Al fin respiraba aire puro. Terminó el partido y estuve dos horas sin parar de llorar. De alegría, de cosas encontradas, de acordarme de mis amigos que no estaban más. Maradona fue un argentino que entendió la guerra que habíamos pasado. Por eso, para mí, es Dios. Después del partido sentí que estaba y que no estaba en la realidad. Que había vuelto a las Malvinas, a 1982, que recuperaba la patria. Con el llanto me sacaba la culpa. El partido fue mi descarga. Me puso en eje. Me tranquilizó. Sentí paz, ganas de abrazar. A los jugadores les debo mucho. Me sacaron un peso de encima.

— Yo quería ganar — dice Giusti— no solamente porque era un partido de fútbol. La palabra revancha no sé si es adecuada, pero como que uno estaba haciendo algo para los muchachos que estuvieron peleando, ¿entendés? Digamos que ganándoles a los ingleses era como algo para los muchachos que estuvieron en Malvinas. Como decir, bueno, les pudimos ganar a estos hijos de putas, viste, en el término futbolero.

— Lo que es una exageración es que nos hayan dicho «héroes» — dice Olarticoechea— . Yo tengo amigos de Saladillo que combatieron y desde el lugar de ellos pensaría: «Estos tipos jugaban a la pelota mientras a nosotros nos cagaban a tiros». Héroes fueron los chicos de Malvinas.

Con el paso de los años, ya al borde del retiro o como ex jugador, Maradona enfatizaría la arista bélica del 22 de junio de 1986. Cuando la biología empezó a hacerle difícil la construcción de épica con las piernas, Maradona comenzó a alimentar la leyenda del Azteca con palabras, como si le pusiera subtítulos a su obra, y entonces dijo que «vencimos a un país», y que «en nuestra piel estaba el dolor de todos los pibes que habían muerto», y que «sentimentalmente hice culpables a los jugadores ingleses de lo que había sucedido» y que «esto era recuperar algo de las Malvinas», y que «estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes».

Malvinas

Extracto de El Partido Argentina-Inglaterra