Nuestra conexión posible

Extracto de “River para Félix”

En ese River a la intemperie, acéfalo de poder, más resiliente por sus cicatrices que por su fisonomía, nos salvaría un resultado ajeno, fuera de todo cálculo. A la mañana siguiente de perder contra Patronato en la anteúltima fecha, Rosario Central debía jugar en el primer turno del domingo contra Chacarita y, de ganar, se convertiría en el único puntero. Instituto ya nos había alcanzado, por lo que dábamos por hecho que llegaríamos a la última fecha empatados con los cordobeses en el segundo puesto, el último que garantizaba el ascenso directo: una promoción contra San Lorenzo con desventaja deportiva se asomaba en el horizonte. El escenario para los rosarinos era ideal porque Chacarita cerraba la tabla de posiciones y corría serios riesgos de descender. El partido, encima, se jugaba en Arroyito, donde Central había mantenido el invicto durante todo el torneo, con 13 triunfos y 5 empates.

Ya en Buenos Aires, tras regresar desde Santa Fe, ese domingo por la mañana fui a la casa de mi viejo para acompañarlo y compensar mi ausencia del sábado. No era, además, un domingo corriente, sino el Día del Padre, así que acordamos que comeríamos juntos. Decidí no seguir amargándome el fin de semana y recién prendí la tele a los 25 minutos del Central-Chacarita, como para cumplir el formalismo de enterarme de que, en efecto, los rosarinos nos sobrepasaban en la tabla. Inesperadamente, el resultado se mantenía 0-0. Mi viejo estaba acostado en su habitación, en el piso de arriba, y no tenía fuerzas para bajar a almorzar en la cocina. Mientras le preparaba la comida, dejé encendido el televisor de la planta baja y a cada rato bajaba y subía para distraerlo con alguna charla —y para distraerme yo también del partido que, del desinterés inicial, había empezado a tensionarme—. Central sumaba situaciones de gol pero no las convertía hasta que, cerca del entretiempo, ocurrió el primer milagro a favor de River en los últimos años: Sebastián Ereros marcó el 1-0 para Chacarita.

De la euforia comencé a correr por el comedor pero en un arrebato de prudencia me detuve: todavía faltaba más de un tiempo para que terminara el partido y Central, como podía preverse, empató a poco de comenzar la segunda parte. Lo más lógico era que finalmente los rosarinos pasaran por encima al peor equipo del campeonato pero el fútbol volvió a ser el deporte de los pronósticos traicionados y Chacarita convirtió el 2-1, otra vez por Ereros, a quien por intermedio de este libro invito a un asado de agradecimiento. Más tarde los delanteros de Central desperdiciaron dos mano a mano que todavía deberían reclamar en la sección de objetos perdidos del estadio de Arroyito y ya en el descuento, bajo una lluvia que hacía aún más épica la resistencia de Chaca —también era un día horrible en Buenos Aires—, llegó el gol que más grité en mi vida que no haya sido de River ni de la Selección. Lo anotó Gastón Rossi, un delantero al que no le conocía el nombre ni la cara y de quien leo en sus estadísticas que en los 23 partidos que jugó para Chacarita marcó esa única vez —y que en 2017, en la última referencia disponible en la web, jugaba para Sportivo Patria de Formosa—. 

También a Rossi me gustaría invitarlo a un asado para agradecerle que su definición al segundo palo para el 3-1 final me permitiera el abrazo más futbolero y enfervorizado que le di a mi viejo: mientras gritaba «goool, goool, goool», corrí como un velocista jamaiquino por todo el primer piso de la casa, yendo y viniendo entre la cocina y el living, y subí las escaleras con zancadas de a tres peldaños para lanzarme de palomita a la cama de mi papá. He leído y escuchado a hinchas de diversos clubes contar que solo se apretujan con sus padres en las tribunas, cuando sus equipos convierten un gol, y de hecho comencé este libro con el primer abrazo que un amigo y su viejo se estrecharon apenas hicimos cumbre en nuestro Everest, el 9 de diciembre de 2018. No recuerdo demostraciones de afecto con mi viejo en el Monumental —sí en otros lugares—, pero habernos estrujado por un resultado que nos ponía a tiro del regreso a Primera valió por todos los abrazos que nos faltaron en la cancha.

Así como una década antes le había escuchado a mi vieja decir una alabanza sobre lo cotidiano —«Qué lindo sería volver a la vida normal», suspiró en su lecho de enferma después de que yo me quejara porque me disponía a viajar al centro en colectivo—, la zambullida sobre mi papá no se debía a que estuviéramos por salir campeones de América sino porque, justamente, River al fin se disponía a recobrar su normalidad: a la semana siguiente, en la última fecha, volveríamos a Primera. Aquel fue el último Día del Padre que pasaríamos juntos y lo festejamos como debía ser: River siempre fue nuestra conexión posible.