El partido

argentina – inglaterra 1986

2016

Año

tusquets

Editorial

FRAGMENTOS VARIOS

Captada desde un helicóptero, sería una hermosa imagen aérea: el 22 de junio de 1986, a las 9:40, los jugadores argentinos se desperdigan después de la charla técnica de Bilardo y vuelven a sus habitaciones. El destino los espera, aunque todavía desconocen si con los brazos abiertos o los puños cerrados. Cada jugador dispone de veinte minutos para encerrarse en su mundo, el último tiempo muerto antes de la acción. El premio es mucho más que el pasaje a las semifinales del Mundial: también están en juego la fama, el dinero, los contratos, las mujeres. Lástima que en la concentración del América no hay tambores: hubiesen comenzado a sonar cuando los futbolistas vuelven a juntarse en el sitio en el que acaba de estacionar el colectivo de la FIFA que los llevará a la colonia Santa Úrsula de la Ciudad de México, donde está el estadio Azteca.
—Cada vez que jugábamos al mediodía —dice Olarticoechea—, nos encontrábamos en un patio cercano a las habitaciones. Ahí nos subíamos al micro. Pero contra Inglaterra nos juntamos media hora antes de lo habitual. Estábamos más ansiosos que de costumbre.
Brown tiene fotos de ese colectivo. Muchos años después del Mundial, cuando estaba de mudanza, encontró una caja cuya existencia había olvidado y que me mostró. De su interior brotaron fotos de los días felices en México. Entre imágenes de visitas a centros comerciales y asados en la concentración (muchos jugadores vestían las camisetas de los equipos a los que ya habían enfrentado, Claudio Borghi una de Bulgaria y Pasculli una de Italia), el detalle que más me asombró fue el micro en el que la selección viajó al Azteca para jugar contra Inglaterra —y el resto de los partidos del Mundial—. Después de un par de años persiguiendo cualquier memorabilia del 86, la del ómnibus es una imagen que no había visto. Tiene una explicación: a la hora en que los jugadores se trasladaban a la cancha, los reporteros gráficos y camarógrafos ya estaban en los estadios. Lo sorpresivo fue su aspecto: el colectivo parecía el colmo de lo anticuado incluso para 1986, como si fuera un rezago de los Juegos Olímpicos de 1968, realizados en México. Amarillo, pequeño, de no más de diez filas de largo, lo podría haber confundido con uno de esos micros que trasladan a contingentes de turistas jubilados. Por dentro tampoco había lujos: si las estrellas actuales llegan a los estadios en colectivos ultramodernos y conectados a iPod y auriculares hifi, en 1986 nadie tenía siquiera un walkman: no se conseguían en la Argentina.
—No sabés lo que eran esos colectivos —se divierte Brown—. Entrábamos justos, pero lo usamos en el primer partido, ganamos y ni locos se iba a cambiar.
Como la selección es una cábala ambulante, esa mañana Maradona se sube al colectivo y le dice «hasta luegooo» al predio de la concentración, que está a punto de dejar rumbo al estadio. Es una manera de invocar la continuidad del plantel en México: si Argentina pierde ante Inglaterra, debe regresar a Buenos Aires. El último en subirse tiene que ser Pachamé, y el rito también se cumple. A Echevarría le corresponde preguntar «¿Estamos todos?», alguien responde que sí y la selección arranca hacia el Azteca. Un zoom directo al interior del vehículo muestra a Bilardo y Pachamé en el primer asiento de la izquierda, y a Batista y Pasculli en el de la derecha. Detrás del técnico sonríe discretamente Julián Pascual, el tesorero de la AFA, que esa mañana ya había ido a la misa de las ocho en la basílica de Guadalupe. El grupo más activo, el que comienza las canciones y hace zarandear al colectivo, se parapeta en el medio: Tapia, Almirón, Islas, Zelada, Olarticoechea y, a su lado, Maradona.
—Yo iba del lado de la ventana, me senté primero, Diego fue el que me eligió a mí, eh —se ríe Olarticoechea.
—Yo me sentaba al lado de Diego —dice Pumpido.
Cuciuffo lleva una réplica grande de la Virgen de Luján que el plantel había recibido en una visita a la Basílica. Atrás, en la última fila, Madero se sienta solo y cumple su rol: sabe que, al final del trayecto, su botiquín tendrá que ser bajado del colectivo por Mariani.
—Cuando los jugadores salían para el estadio, tenían que ver a un helicóptero que daba vueltas por ahí —cuenta Benros, el utilero, que estaba desde temprano en el Azteca—. El problema es que el día del partido con Inglaterra, el helicóptero no estaba, nadie lo encontraba. Miraban para arriba y nada. Entonces los muchachos fueron a decirle al chofer que manejara más despacio hasta que al fin apareció allá arriba y todos festejaron.
—Camino al Azteca había un cementerio, y teníamos que parar ahí, aminorar la marcha — dice Brown.
—Los motociclistas de la policía mexicana que iban adelante del colectivo tenían que ser siempre los mismos, Tobías y Jesús —dice Enrique—. Para la final nos trajeron a veinte motociclistas más y nosotros nos negábamos a salir. Solo queríamos a Tobías y a Jesús. Lo que arreglamos fue que ellos dos nos escoltaran adelante, como siempre, y el resto fuera atrás.
—Teníamos un casete con música, con un par de temas que escuchábamos arriba del colectivo, y por cábala no podíamos llegar a la cancha antes de que esos temas terminaran —dice Ruggeri—. Si el chofer manejaba más rápido que de costumbre, lo hacíamos detenerse en la autopista que nos llevaba a la cancha y calcular el tiempo de la canción para llegar justo. Los policías que manejaban las motos adelante nuestro no entendían nada.
—Los policías apuraban al colectivo y los jugadores desde arriban les gritaban «paren, paren, que tienen que terminar las canciones» —dice Fernando Signorini, el preparador físico personal de Maradona, en un bar de Belgrano.
—A veces íbamos tan despacio que me daba miedo que Tobías y Jesús se cayeran de la moto —dice Enrique—. Estaba todo tan calculado que cerca del Azteca había un semáforo, y nos tenía que agarrar de una determinada forma. No me acuerdo si era en rojo o en verde, pero si estaba el color contrario, le pedíamos al chofer que parara.
—Era un viaje corto, de diez minutos, porque la concentración estaba muy cerca del Azteca —explica Ruggeri—. Uno de los temas que poníamos era el de Rocky.
—Mi viejo me contó muchas cosas del Mundial— recuerda por teléfono, desde Córdoba, Emiliano Cuciuffo, 32 años, el hijo de José Luis, fallecido en 2004—. Por ejemplo de la música que escuchaban en el colectivo rumbo al Azteca: ponían una canción de Bonnie Tyler, «Eclipse total del corazón». Les hacía recordar a sus familiares. Les daba fuerza.
—Las canciones desde la concentración hasta el estadio eran tres —precisa Olarticoechea—. La de Rocky, «El ojo de tigre»; la de Bonnie Tyler, «Eclipse total del corazón», y una de Sergio Denis.
—La de Sergio Denis se llamaba «Gigante Chiquito» —asiente Bilardo—. Creo que se la había dedicado a su hijo. Era una canción muy melancólica.
—Cuando sonaba la de Rocky, te motivaba, nos sentíamos como parte de la película —dice Almirón—. Llegábamos gritando a la cancha, era una cosa de locos.
—La de Rocky sonaba última. La poníamos faltando dos cuadras para llegar a la cancha. Teníamos que entrar al Azteca con esa canción —dice Giusti—. Y hasta que no terminaba, no bajábamos del colectivo.
—Los jugadores se bajaban del colectivo, en el estacionamiento del Azteca, y nos buscaban al Ruso (Eduardo) Ramenzoni y a mí para que les hiciéramos entrevistas —recuerda el periodista Miguel «Tití» Fernández, enviado a México 86 por radio Argentina, la emisora en la que relataba Víctor Hugo Morales—. Un par de horas antes del debut, con el Ruso les hicimos notas a Maradona, Giusti, Brown y Batista. Como Argentina ganó, los mismos jugadores empezaron a buscarnos para los próximos partidos.
—De los dos, a mí me tocaba entrevistar a Maradona. ¡Faltaban dos horas para el partido, ahora parece un delirio! —dice Ramenzoni, hoy periodista de TyC Sports—. Hubo un partido en el que el portón que daba al vestuario estaba cerrado, y Maradona empezó a preguntar: «Ruso, Tití, ¿dónde están?». No querían salir a la cancha hasta que les hiciéramos las notas.
(….)

A las 10:20 del domingo 22 de junio de 1986, los jugadores argentinos entran al vestuario del Azteca y reanudan sus ritos: Cuciuffo ubica sobre un armario a la Virgen de Luján y Maradona enciende su equipo de música, un Sony rojo, pequeño y novedoso para la época. Comienza a sonar el segundo casete que la selección tiene reservado para los días de partido: el de las «canciones de vestuario».
En este punto de los hechos, sin embargo, no debe sugerirse una colección de rostros amables. Lo que sucede no es distendido: la atmósfera del vestuario se tensa, como si una nube de preocupación se filtrara por los respiraderos. La música se convierte en una alegría simulada.
—Uno de los grandes recuerdos que tengo de ese día es el silencio en el vestuario —dice Tapia—. Habíamos hecho todo lo mismo que en los partidos anteriores, pero al llegar al Azteca fue diferente. Es más, casi que no hubo música, yo no la recuerdo. Sí el silencio. Nos mirábamos todos. Era una concentración muy especial. Lo de Malvinas se sentía: teníamos que representar a todos los argentinos.
—Yo estaba cagado, la verdad que estaba cagado —dice Giusti—, y mirá que era un viejo en el fútbol. Ya tenía casi 29 años, había jugado diez años en Primera, Copas Libertadores que eran de terror, que te escupían, una final del mundo de clubes, pero estaba cagado.
—En el viaje en colectivo cantábamos todos, pero ya en el vestuario no había carcajadas — dice Brown—. Lo único que queríamos era que empezara el partido.
Algunos minutos después de las diez y media, los futbolistas salen por un momento a la cancha: quieren examinar el terreno, resolver qué tipo de tapones elegirán para sus botines, confirmar la percepción que habían tenido la mañana anterior, durante su primer contacto con el césped del Azteca, cuando habían visitado el estadio para reconocer el campo de juego.
—Los jugadores salían a la cancha y tenían que ver las palomas que picoteaban en el césped —dice Benros, el utilero—. Cuando veían las palomas, decían: «Listo, ganamos».
A esa hora, todavía temprana, los primeros hinchas ya están en las tribunas, las banderas comienzan a desplegarse y Pumpido se sienta detrás del arco en el que Maradona haría sus dos goles. Después, los argentinos vuelven al vestuario, donde los auxiliares intensifican su trabajo de masajear piernas, vendar tobillos y lustrar botines.
—Yo le lustraba los zapatos a Maradona y tenía mi propio secreto —cuenta Benros—. Diego me preguntaba «qué le ponés a los botines, hijo de puta», pero nunca se lo decía. Lo que usaba era una crema de silicona con kerosene blanco, una pomada que se usaba para las monturas de los caballos. Los botines quedaban espectaculares. Diego llevó al Mundial cinco pares Puma número 37, algunos con tapones bajos y otros altos. La noche previa a los partidos, venía a mi habitación y se los probaba, pero al final elegía siempre los mismos, unos que le quedaban perfectos. Por las dudas le llevaba dos pares más a la cancha, unos con tapones bajos y otros altos. Cada tanto Diego me ayudaba a lustrarlos, pero lo que siempre hacía solo era vendarse los pies.
Mientras algunos jugadores eligen botines o se vendan los tobillos, otros comienzan a acondicionar sus piernas. Tres muchachos masajean los músculos de los futbolistas que enfilan hacia la proeza o el fracaso: el encargado principal, Roberto Molina; el ayudante, Galíndez, a veces utilero y a veces masajista, y el exclusivo de Maradona, Salvatore Carmando, un italiano al que Diego había conocido en el Napoli. El hombre se había ganado su confianza de tal manera que Maradona lo contrató para que lo acompañara a México.
—A Diego lo masajeaba durante una hora antes de cada partido — dice Salvatore Carmando por teléfono desde su casa de Salerno, a 70 kilómetros de Nápoles—. Sus piernas eran distintas a las de los demás jugadores. Maradona tenía músculos duros y flexibles a la vez, yo nunca vi algo así. Se tiraba en una camilla del Azteca y se relajaba, como si quedara en trance, él no decía nada mientras lo masajeaba. Yo usaba una crema especial, que hacía con barro. Era una receta propia que nunca le conté a nadie.
—De los 16 jugadores que eran titulares y suplentes, solo ocho o diez querían masajearse — dice Roberto Molina en el bar de la cancha de Vélez, el club en el que trabajó durante veinticinco años—. Un masaje normal, entre las dos piernas, tarda veinte minutos, pero muchos me pedían también las cervicales. Cada masajista tiene su fórmula: yo usaba jabón.
El comienzo del partido se aproxima a toda velocidad, como un tren bala, pero el protocolo de cábalas continúa. En realidad, no terminará hasta un minuto antes.
—Cuando terminaban los masajes tenía que sonar un teléfono público que había en el vestuario —dice Brown—. La primera vez que sonó fue antes del debut, contra Corea, atendí yo, y quedó como un ritual. A partir del segundo partido fue obvio que el tipo que llamaba era alguien de la selección, pero nunca supe quién. A veces ya estábamos listos para entrar a la cancha y el teléfono no sonaba. Lo mirábamos y nada… Entonces Bilardo decía «Bueno, dale, vamos a hacer esto», hasta que al fin sonaba y yo corría a atender. Decía «hola» y del otro lado nunca nadie me respondía, así que yo decía «ah bueno, andá a la puta que te parió» y cortaba.
El jefe de prensa de la AFA, Washington Rivera, entra al vestuario, saluda y se despide del plantel con un insulto.
Enrique le pide a Benros que le alcance las ojotas que tiene a centímetros de distancia.
Bilardo le da a Moschella, el administrativo de AFA, la planilla con la formación oficial y los documentos de identidad de los jugadores para que se los entregue a la FIFA.
Maradona dibuja la figura de un cuerpo en el suelo, disponiendo sus botines, su camiseta, su pantalón y sus medias, y no deja que nadie pase por encima.
Es tiempo de la entrada en calor. La lidera el preparador físico, Echevarría, y dura veinte minutos en el túnel de entrada a la cancha. No ocurre, pero de fondo deberían sonar los teclados épicos de «Carrozas de fuego». Los jugadores vuelven al vestuario y se ponen las extrañas camisetas azules. Es la primera vez que las ven ya confeccionadas.
—Estábamos en el vestuario del Azteca y agarramos la camiseta que nos teníamos que poner… qué camiseta fea, mamita querida —se ríe Giusti—. ¿Vos la viste? Qué hijos de puta… La mirábamos con Burru y dijimos: «¿Y esto qué es, esta porquería?».
En un papel pegado a la pared cuelgan las últimas órdenes: la formación del equipo y el nombre del rival al que cada jugador deberá marcar en los corners y los tiros libres en contra. El vestuario parece el camarín de un teatro segundos antes de que los actores salgan a escena. Hay jarras con té para hidratarse. Termos con café para algún sorbo apurado. Toallas para secarse la transpiración. Vendas desperdigadas por el piso. Tela adhesiva. Son las 11:50. Faltan diez minutos para que comience el partido.
—Yo me ponía el botín —se emociona Brown— y Diego venía, me daba una palmada y me gritaba: «Dale, eh, dale que si vos jugás bien yo juego bien, dale que sos el mejor, dale que a estos hijos de puta los vamos a matar». Entrabas a la cancha con el corazón que no te entraba en el pecho.
«¡Piensen en Argentina! ¡Transpiren y orinen sangre!», arenga Bilardo, como si todo lo que sucediera a partir de entonces fuera un salto al vacío. Los jugadores se convocan para una última reunión, improvisada, porque ya deben ir hacia el túnel. Los oficiales de la FIFA, en actitud de celadores, reclaman puntualidad, pero Maradona primero le habla a su pandilla.
—Lo primero que me acuerdo de ese día —dice Batista— es la arenga que Diego hizo, como capitán, en el vestuario, dándonos fuerzas. Fue una fuerza distinta a la de los demás partidos. Sabíamos lo que el partido significaba para todos los argentinos. Se habló de eso, de que era un rival que… había que ganarle sí o sí, que no nos permitíamos perder.
—Eso fue emocionante —habla Giusti—. Diego tomó la palabra en el vestuario. No sé si se hizo alusión a algo de la guerra, no me acuerdo bien, pero sí me acuerdo de la arenga, de que nos juntamos todos, algo que no hicimos en los otros partidos, y sí contra Inglaterra. La sensación era de querer ganarle como sea, de querer romperles bien el orto. Esa es la verdad.
Cuando la selección sale del vestuario ya es una tropilla salvaje. Todavía en las entrañas del estadio, en el túnel, los jugadores esperan la llegada de los ingleses y pocos minutos después tienen su primer contacto. Quedan a centímetros. Si fueran hienas, se mostrarían los colmillos. A las dos selecciones se suma la terna de árbitros. De acuerdo al protocolo de la FIFA, y por primera vez en los Mundiales, los equipos y los jueces deben entrar de manera conjunta al campo de juego: un jugador detrás de otro formando dos filas paralelas, como si fuera el saludo a la bandera en un acto estudiantil. Una puesta en escena que llamaba a la confraternidad pero que los argentinos aprovechan para comenzar a cruzar miradas y gritos con sus rivales.
«Si hubieras estado en la cancha, cuando entramos —le dijo Brown al periodista de Crónica, según publicó el 24 de junio, dos días después del partido—, te habrías dado cuenta de que todo era distinto. En el túnel nos gritábamos: “A estos hijos de puta hay que ganarles, a estos hijos de puta hay que ganarles”, y los ingleses no entendían nada.»
—Entramos a la cancha los dos equipos juntos — recuerda Brown en el verano de 2015—, en filas paralelas, y mirando a los jugadores de ellos como diciéndoles: «Hijos de re mil puta, la cantidad de argentinos que mataron, la concha de su madre». Porque era como que habíamos asumido ese honor por toda la gente que estaba en su casa, que había perdido un hijo, que había perdido un hermano. Entonces íbamos «dale, dale que a estos hijos de puta los matamos». Mierda, otra vez la guerra. No sabés lo que fue esa salida a la cancha.
«Vimos a los argentinos en el túnel y estaban confiados, ansiosos por entrar a la cancha — dijo Terry Butcher, defensor inglés, en Argentina-Inglaterra. Mundiales de fútbol y otras pequeñas guerras—. Los otros equipos contra los que habíamos jugado, Polonia o Paraguay, no tenían tantas ganas de entrar. Los argentinos parecían más aprensivos.»
Bilardo también se ubica al lado de los ingleses pero no para intimidarlos sino para comprobar cuánto miden. Lo desvelan esos detalles y aprovecha cualquier oportunidad para calibrar la altura de sus rivales. En el casamiento de Maradona, en 1989, ensayaría un doble encargo: pedirle a la mujer de Ruggeri, Nancy, que llevara a su pareja a bailar cerca de Careca, delantero brasileño, y enviar a Brown a la pista delante de Ciro Ferrara, defensor italiano. Bilardo los miró desde lejos y retuvo la diferencia de altura de los cuatro.
—La última cábala antes de entrar a la cancha era mía —dice Olarticoechea—. Ya estábamos los dieciséis juntos, los titulares y suplentes, y yo tenía que volver al baño para hacer pis, aunque no tuviera ganas. La realidad es que también estaba nervioso.
—Teníamos un orden para salir a la cancha —dice Burruchaga—. El primero era Diego y el último era yo, con Carlos (Bilardo) atrás que me taladraba. Me repetía lo que había que hacer en el partido. Los mediocampistas teníamos que saber todo y, como yo era el último de la fila, me volvía loco.

(…)
Salir desde el sótano del estadio, pisar el césped y ser celebrado por las tribunas festivas debe ser uno de los grandes momentos en la carrera de un deportista. Debe ser, también, una belleza exigente: una pulseada entre las endorfinas y el sistema nervioso. Maradona en la primera fila junto a Shilton, Pumpido al lado de Sansom, Cuciuffo en pareja con Stevens, Ruggeri con Hoddle, Brown junto a Steven, Batista y Fenwick, Enrique en dúo con Hodge, Giusti con Reid, Valdano al costado de Beardsley, Olarticoechea pie a pie con Lineker y Burruchaga con Butcher. Los jugadores de Argentina e Inglaterra avanzan por la oscuridad del túnel y, tras la luminosidad repentina, quedan a cielo abierto rodeados por 120 mil personas que rugen.
—Ver el Azteca desde adentro del campo de juego es impresionante —dice Batista—. Nosotros entrábamos y lo primero que veías era el cielo. Después te aparecían las tribunas, pero lo primero era el cielo, y entonces lo primero que pedías, lo pedías mirando para arriba. Parecía hecho a propósito, ¿no?
«La atmósfera era increíble. Nunca antes ni después tuve una experiencia como esa», escribe el delantero Peter Beardsley en My Life Story (Harper Collins Willow 1996).
«Cuando salimos del túnel, nos encontramos con una ráfaga de ruido y el sol cegador —recuerda Hodge—. También me golpeó la inmensidad del estadio. Quería ver a Maradona desde que formamos en el túnel, pero él estaba adelante. Recién lo vi en el campo de juego. Vi su mata de pelo negro y la gente, si no sintió temor por su presencia, tomó conciencia de que ahí estaba.»
A las 11:55 del domingo 22 de junio de 1986, el sol comienza a girar alrededor del Azteca. Los equipos y los árbitros entran por detrás de uno de los arcos y caminan hacia la mitad de la cancha. Si una cámara siguiera a Bilardo, lo captaría en su último capítulo de cábalas previo al partido: dándole una palmada final a Burruchaga, el enésimo grito «con todo, eh», hablando diez segundos con dos fotógrafos de El Gráfico, Eduardo Forte y Ricardo Alfieri (h), y corriendo al banco de suplentes para sentarse antes que el resto. No debe hacerlo en cualquier lado sino en un extremo, y recién después pueden ubicarse los suplentes y los otros integrantes del cuerpo técnico, cada uno respetando su lugar acordado.
Los veintidós titulares llegan a mitad de cancha y se detienen frente a la tribuna de las autoridades de FIFA y las cámaras de televisión. Yo tenía 11 años. Si no, me hubiera tomado un whisky. Es el tiempo de los himnos y entonces sucede algo que, en el momento, pasa desapercibido pero que después vería decenas de veces en «Héroes»: Pumpido, que está junto a Maradona, mira de costado a los ingleses, por el rabillo del ojo, como quien planea el robo a un banco y estudia los movimientos de los policías.
—En los himnos, cuando estábamos un equipo al lado del otro —dice Pumpido—, yo aprovechaba para mirar a los rivales. Quería saber cuánto medían, cómo eran sus caras, todo. Me servía también para saber cómo estaban ellos. A veces veía caras de temor en el rival. Estábamos pasados de revoluciones para jugar ese partido.
—En los himnos —dice Ruggeri—, yo miraba al que Bilardo me había dicho que tenía que marcar. En esa época no era normal conocerlos: yo jugaba en River y por televisión no pasaban los partidos de Europa. Por ejemplo Bilardo me decía «marcá al 15», y yo me daba vuelta y buscaba al 15. «Uh, es una torre, o bueno, es más bajo», me decía. Ese día tenía que marcar a Lineker.
«No hubo otro partido en que los hinchas cantaron los himnos con tanto gusto», recordó Valdano en el diario inglés Financial Times, en el año 2000.
«No soy el patriota más grande, pero los himnos te revuelven — escribe Reid en su libro— . Suena cursi, pero te sentís diez pies más alto. El orgullo es enorme.»
—Ese día, y por todo tipo de razones — escribe Hodge por correo electrónico—, el himno fue un hormigueo en la columna vertebral.
—El himno te hace fuerte —dice Enrique—, pero pasa algo: los jugadores de fútbol no podemos exteriorizarlo, y por eso yo lo cantaba para adentro. Mirá a los jugadores de rugby, a Los Pumas: yo los admiro, pero ellos se ponen a llorar durante el himno y los califican de patriotas. En cambio, si los futbolistas lloramos, nos dicen que estábamos cagados, que somos putos. Y si nos llega a ir mal, agarrate: todos van a decir «¿Y qué querés, si lloró?»
—Antes del primer partido del Mundial, contra Corea, me pasó algo raro —dice Garré—: en el himno se me infló el pecho y pensé en las Malvinas. Es como que yo me decía «soy un soldado; esos chicos fueron a las islas a pelear por nuestras tierras y nosotros estamos acá peleando a nivel deportivo por Argentina». No tenía nada que ver, pero me pasó eso.
«El himno también hay que practicarlo. Nosotros lo practicábamos cinco veces antes de cada partido. En ese momento, al jugador se le pasa todo por la cabeza», dijo Bilardo, ya como periodista, antes de un partido de la selección argentina, según reconstruye la web de la BBC en una nota llamada «Las 10 mejores frases de técnicos de fútbol».
Varios futbolistas de la década de 1980 —no solo los que jugaron el Mundial 86— sostienen que el único recuerdo que guardan de los himnos es el click de los fotógrafos gatillando sus cámaras analógicas. El recuerdo de Brown es más beligerante, como si ellos hubieran sido dioses de la justicia retributiva, Némesis en pantalones cortos. «Apenas terminaron los himnos, volvimos a gritar lo mismo que cuando vimos a los ingleses en el túnel. “A estos hijos de puta hay que ganarles”, y creo que en la medida en que ellos se achicaban psicológicamente, nosotros crecimos», dijo Brown, en Crónica, el 24 de junio de 1986.
—Sí, gritamos eso —asiente Brown, tres décadas después—. Mientras cantaba el himno contra Inglaterra pensé en todo lo que había sufrido muchísima gente de acá, que le habían matado un familiar. Porque es la verdad. Muchos de los que estábamos ahí lo vivimos de esa manera.
—La imagen que tengo de aquel partido es Maradona después del himno —recuerda Cayetano Ruggieri, enviado de Crónica, hoy con 75 años, y para quien el fútbol es literalmente su casa: el periodista vive en el edificio de la AFA—. Terminó la música y Diego arengó a sus compañeros como diciendo «hoy no podemos perder con estos hijos de puta». Maradona estaba lucido, excelso: el cuerpo ejecutaba lo que le decía la mente.
«Los suplentes fuimos al banco —dice John Barnes, delantero inglés, en John Barnes. La autobiografía (Headline Book Publishing, 1999)—. Lo normal es gritarle exhortaciones a los muchachos que van a jugar como titulares, pero cuando me senté ya no pude seguir a mis compañeros. Quedé hechizado por Maradona. No podía sacarle los ojos de encima.»
Ahora faltan segundos para el comienzo del partido. Los equipos se forman ante los fotógrafos y, apenas después, los jugadores se desperdigan para ocupar su lugar en la cancha. El árbitro, el tunecino Alí Bennaceur, convoca a los capitanes: Maradona por el lado argentino y el arquero Shilton por el inglés, verdugo y víctima frente a frente. Se dan las manos, sonríen de ocasión, y el británico gana el sorteo que determina quién pone en juego el partido. Le sigue una foto que tiene destino de póster y mucho de casualidad. Shilton no debió haber estado ahí: lleva la cinta de capitán del equipo del Imperio debido a una doble ausencia, las del habitual capitán, el mediocampista Bryan Robson, el mejor jugador inglés de la década de 1980, que está lesionado y ha quedado excluido de los dieciséis convocados, y la del subcapitán, otro volante, Ray Wilkins, que tampoco ha llegado en plenitud física al partido, aunque ocupa un lugar en el banco de suplentes.
Hay intercambio de banderines: Maradona recibe el inglés de manos de Shilton y se lo entrega a Marcelo Trobbiani, suplente, que lo besa y lo lleva corriendo al banco argentino. En otro lugar de la cancha, mientras nadie lo ve, Giusti raspa con sus botines la raya del círculo central para hacer un pozo y esconder un caramelo que nunca comerá. Lo que había sido una previsión del cuerpo técnico para los primeros partidos, una forma de combatir la sequedad de garganta que generaban el smog y la altura de la capital mexicana, el mediocampista la transformó en la milésima liturgia: Argentina no arranca a jugar hasta que Giusti no oculta un caramelo en el césped.
Finalmente, a las doce en punto del mediodía en el Distrito Federal, a las dos de la tarde en Malvinas, a las tres en Buenos Aires y las siete en Londres, el 22 de junio de 1986 comienza un partido que, a medida que se aleja en el tiempo, se transforma, cada vez más, en una venganza patriótica, en un triunfo del Ejército de los Andes, en un apéndice poético de Las Malvinas.

(….)

(….)
Pero la cicatriz que deja la cobertura previa es un artículo que, el mismo 22 de junio de 1986, publica The Sunday Times. El informe es tan agitador que tiene vigencia treinta años después, aunque pocos conozcan su origen. Acaso la mayor denuncia sobre nuestro fútbol nace en Londres, en la mañana del partido contra Inglaterra: es una acusación al seleccionado argentino por haber ganado el Mundial 78 gracias a —según The Sunday Times— los sobornos que la dictadura militar pagó a uno de sus rivales. En concreto, el periódico asegura que el 6 a 0 a Perú, una goleada que la selección necesitaba para llegar a la final, fue un acuerdo entre los gobiernos de facto de los dos países: «La Junta Militar habría pagado de dos modos a Perú para obtener que el equipo llegue a la final —publicó el semanario inglés—: habría hecho enviar en forma gratuita 35 mil toneladas de grano en dos barcos al puerto peruano de El Callao y habría hecho desbloquear 50 millones de dólares de crédito por el Banco Central Argentino». El rumor de que algunos jugadores peruanos se habrían dejado ganar ya estaba instalado, al punto que uno de ellos, Rodulfo Manzo, salió a desmentir el supuesto soborno en 1979. Lo que nunca se había publicado, y de ahí el impacto, era que el resultado se debiera a un pacto entre gobiernos militares. La acusación del Sunday Times, en realidad, es doble: también afirma que varios futbolistas argentinos contravinieron las reglas antidoping del Mundial 78 «al absorber fuertes dosis de anfetaminas: las pruebas de orina de los jugadores habrían sido suministradas por un mismo hombre, Ocampo».
Lo singular es que ese texto fue escrito desde Buenos Aires por una periodista argentina, María Laura Avignolo, a quien la revelación de un tema tabú —y del que más de treinta y cinco años después hay indicios fuertes pero no pruebas definitivas— no le resultaría gratuita: en los días siguientes al 22 de junio, debió recluirse unos días en Uruguay.
—Fue una primicia y dio la vuelta al mundo —responde Avignolo por correo electrónico desde París, donde lleva varios años como corresponsal de Clarín en Francia y Reino Unido—. Probablemente no sea grato para los argentinos recordar que pagaron el triunfo con Perú, o que la Junta organizó semejante fraude (…), pero fue una casualidad que publicáramos la investigación ese día y para ese partido. En The Sunday Times se planeaba todo con mucha anticipación y había que proponer historias para el Mundial de México, que era mi área de cobertura porque trabajaba como corresponsal para América Latina. Me llevó seis meses, en diferentes países, con gente que tenía pánico de hablar. La terminé en Lima y coincidió con esa fecha. La leyeron abogados y tardaron una semana en aprobarla, por eso salió ese día: no tuvo nada de conspirativo. La reacción en Argentina, ya en plena democracia, fue tan desagradable, que me refugié en Colonia por unos días.
Quienes el 22 de junio de 1986 no hablan de la guerra de Malvinas, al menos durante el desayuno y antes de la charla técnica, son los jugadores argentinos. En la concentración del América no hay mítines de futbolistas blasfemando a los británicos ni agitando banderas celestes y blancas ni estimulándose en los entrenamientos al grito de «ganemos por los pibes que murieron en las Malvinas». Tampoco existe —ni en el día del partido ni en los anteriores— una reunión formal para determinar cómo posicionarse ante un conflicto que, en el momento en el que pisaran el Azteca, los expondría bajo un microscopio mundial. El cosquilleo de enfrentar a Inglaterra actúa como un agitador silencioso, un hormigueo que tampoco es unánime.

(…)
Después del desayuno con Coca-Cola y diarios que recuerdan el fantasma de Malvinas, a las 9:15 del domingo 22 de junio de 1986, los jugadores salen del comedor de la concentración y caminan veinte metros hacia la sala de conferencias del América. Es la hora de la charla técnica y Bilardo desata una avalancha de cartulinas y flechas.
—Las charlas técnicas de Carlos… nos mataba a flechazos, a papeles —dice Batista—. Porque él no usaba pizarrón, usaba papeles, y desde ahí te hacía la charla. El tipo era como que veía los partidos antes de que se jugaran. Tenía estrategias y los ganaba.
—Carlos tenía cuarenta papeles que iba poniendo sobre el pizarrón —explica Giusti—. Después los rompía. Era como un Power Point de la época. Escribía la formación de ellos y te decía cómo teníamos que jugarles. Cuando se quedaba sin lugar, daba vuelta otra hoja y arrancaba otra vez. En cada papel te iba diciendo «ellos juegan así», «cuando este viene para acá, el otro se va para allá». Eran hojas llenas de flechas, caminos y qué se yo.
—No, no eran papeles. Eran cartulinas— corrige Mariani.
El esquema de juego de Inglaterra que Bilardo les anticipa a sus futbolistas es una superposición de once apellidos, veinticuatro flechas y siete círculos — puede verse en Así ganamos (Sudamericana, 1986), el libro en el que el entrenador reprodujo algunas de las cartulinas que desplegó en las charlas técnicas del Mundial.
Una caligrafía frenética, con los apellidos de los ingleses escritos con una línea furiosa, anuncia la formación: Peter Shilton como arquero; Gary Stevens, Terry Fenwick, Terry Butcher y Kenny Sansom como defensores; Ray Wilkins, Glenn Hoddle y Steve Hodge de mediocampistas; Trevor Steven unos metros más adelantado sobre la derecha, y Gary Lineker y Peter Bearsdley como dupla delantera. A pesar de su fama de detallista, Bilardo falla en incluir a Wilkins: Peter Reid ocupará su lugar.
Como el nombre de cada jugador aparece acompañado por su número de camiseta, Bilardo les da a sus futbolistas una referencia que había omitido contra los italianos, rivales en la primera fase. Muchos argentinos compiten en ese país (Maradona, por supuesto, en el Napoli) y distinguen con naturalidad a Salvatore Bagni de Antonio Cabrini, pero diferenciar a Gary Michael Stevens (el 2) de Gary Andrew Stevens (el 15, suplente ese día) y a Trevor Steven (el 17) de Steve Hodge (el 18) resulta un jeroglífico. En 1986, la televisión argentina no transmite el fútbol británico, los clubes de Europa pueden contratar un máximo de dos extranjeros —no existía la Ley Bosman, que declararía ilegales los cupos para jugadores con pasaportes europeos— y los equipos ingleses están suspendidos en competencias continentales por la matanza cometida por los hooligans del Liverpool en la final de Europa 1985, cuando 39 hinchas —la gran mayoría de la Juventus de Italia— murieron al ser embestidos por los británicos en el estadio Heysel de Bruselas. Ese aislamiento —ninguno de los veintidós argentinos que juegan en México participa en el torneo inglés y solo dos británicos lo hacen fuera de su país, en el Milan de Italia, donde no hay argentinos— genera un escenario confuso: Inglaterra es el clásico que la selección quiere ganar pero en el campo de juego no habrá enemigos de toda la vida sino villanos desconocidos.
—En esa época era difícil saber cómo jugaba Inglaterra —dice Mariani—. La información venía en diarios y revistas italianas que en el cuerpo técnico de Bilardo comprábamos en un kiosco de avenida Corrientes. La Gazzetta dello Sport era la biblia.
—Yo nunca había jugado contra Maradona, y creo que ninguno de mis compañeros lo había hecho— responde en abril de 2015 Terry Fenwick, uno de los defensores ingleses del 22 de junio de 1986, vía correo electrónico desde Trinidad y Tobago, donde se radicó después de su carrera de futbolista—. En 1986 estábamos en una suspensión de seis años en el fútbol europeo.
—Yo había jugado contra Maradona una vez, en 1983, y lo recuerdo muy bien —puntualiza, también mediante e-mail, en enero de 2015, uno de los mediocampistas, Steve Hodge, desde Wolverhampton, al oeste de Inglaterra, donde trabaja en el cuerpo técnico del Wolverhampton Wanderers—. Había sido en un amistoso de pretemporada de mi equipo, el Nottingham Forest, contra el Barcelona, en el Camp Nou. También allí convirtió un gran gol.
A las 9:20 del domingo 22 de junio de 1986, y después de haber mantenido el secreto durante la semana, Bilardo les anuncia a los jugadores quiénes serán los titulares.
Nery Pumpido en el arco.
Una trinchera defensiva con tres hombres fijos. José Luis Brown de líbero, un seguro de emergencia final por si fallan los diques de contención previos. José Luis Cuciuffo y Oscar Ruggeri como stoppers, los encargados de perseguir a los delanteros ingleses, el primero como estampilla de Peter Beardsley y el segundo como perro de caza de Gary Lineker.
Un mediocampo reforzado con cinco jugadores para sostener el peso del partido. El eje central para Sergio Batista, que deberá hacer del clásico número 5 una suerte de checkpoint de frontera, cortar el juego rival y hacer circular la pelota entre sus compañeros: quitar y distribuir, defender y atacar, el ADN del deporte. Por la derecha, Ricardo Giusti y Héctor Enrique en el rol de patrulleros: Giusti listo para reubicarse como defensor si los ingleses atacan y Enrique con mayor recorrido ofensivo, un correcaminos con elegancia. Por la izquierda, Julio Olarticoechea como nexo entre defensa y mediocampo, más Jorge Burruchaga, un atacante en la zona de combate listo para salir disparando hacia el arco inglés cuando Argentina tuviera la pelota.
Y en la delantera, Jorge Valdano en un puesto que no le es habitual, 9 de área, y Maradona más retrasado, para aprovechar la zona gris entre el mediocampo y la defensa inglesa.
Ese diseño que Bilardo anuncia a sus jugadores menos de tres horas antes del partido es otro de los mitos que continúa girando alrededor del 22 de junio de 1986: en parte del imaginario popular futbolero, Argentina-Inglaterra alumbrará una revolución táctica, y es un domingo festejado por el credo bilardista como la primera vez en que un equipo juega con el sistema llamado 3-5-2, o sea tres defensores, cinco mediocampistas y dos delanteros. Como en todos los mitos, en ese supuesto mojón de la estrategia hay algo de verdad y algo de exageración.
«El mundo está atrasado tácticamente desde 1986 —alardeó Bilardo en La Nación, en 2000, mostrando una nota de la revista inglesa World Soccer—. Acá están las diez mejores tácticas del siglo y la última es la de Argentina en México 86», un autoelogio que el entrenador repetiría en 2010, en radio La Red: «Fui el creador del último sistema, el 3-5-2».
En el comienzo de los años ochenta, los dibujos tácticos se dividían en dos estereotipos: los equipos más ofensivos presentaban un 4-3-3 y los más conservadores —o los que priorizaban el centro de gravedad del partido en la mitad de cancha, entre ellos Bilardo—, un 4-4-2. Bilardo planteó una variante ante Inglaterra: adelantó un defensor al mediocampo y su 4-4-2 tradicional derivó en un 3-5-2. El nuevo fetiche no terminaba ahí: el mediocampo con cinco integrantes contaría con dos «laterales volantes», ambos en cada costado —Olarticoechea y Giusti—, que debían reconvertirse en defensores cuando el rival atacara, al compás de la línea de flotación de la pelota, por lo que el sistema se bamboleaba entre un 3-5-2 y un 5-3-2.
Como Argentina repitió ese dibujo en la semifinal ante Bélgica y en la final contra Alemania, y varios equipos lo incorporaron en los años siguientes, el bilardismo remarca al 22 de junio de 1986 como la presentación mundial de un diseño que perduraría en el tiempo. Sin embargo, hay referencias concretas de que ese diagrama ya había sido utilizado antes: por ejemplo, Dinamarca apeló al 3-5-2 en la primera ronda de México 86, mientras el equipo de Bilardo mantenía los cuatro defensores.
«Argentina no fue el único equipo que jugó con tres al fondo en México —escribió el periodista inglés Jonathan Wilson en La pirámide invertida (Debate, 2008), un libro que recorre la evolución de las tácticas en la historia del fútbol—. La interpretación de Bilardo del sistema pudo haber sido única, pero agregar un tercer defensor central no lo fue. Están los que insisten que el 3-5-2 fue una creación de Ciro Blazevic en el Dinamo de Zagreb en 1984 (posterior técnico de Croacia en el Mundial 98). Blazevic sostiene que el 3-5-2 fue su idea, refiriéndose a Bilardo como “un boludo” por sugerir que había sido idea suya. Los tres en el fondo también aparecieron en Dinamarca.»
Bilardo, en verdad, ya había apostado al 3-5-2 en 1984, durante un amistoso que la selección le ganó a Alemania en Dusseldorf, pero fue un ensayo aislado: en los dos años siguientes, el técnico volvió al dibujo clásico, el de cuatro defensores, también en el comienzo del Mundial. El factor azaroso fue que Bilardo recurrió al 3-5-2 ante Inglaterra por un condicionamiento externo: el lateral izquierdo de los primeros cuatro partidos en México, Oscar Garré, había sido amonestado por segunda vez contra Uruguay y quedó suspendido.
—Yo tendría que haber jugado contra Inglaterra —dice Garré—. El árbitro que me sacó la tarjeta amarilla con Uruguay fue un italiano, (Luigi) Agnolín, que después del partido vino a verme y me dijo que se había equivocado, que la falta por la que me amonestó no había sido mía, sino de Valdano. No lo podía creer. Estuve muy mal, llorando. Diego fue a consolarme a la habitación. «Perro, los partidos que jugaste los jugaste muy bien», me dijo.
—Por la altura del Distrito Federal —explica Clausen, que comenzó el Mundial como lateral derecho en la defensa clásica de cuatro jugadores—, los rivales no jugaban con dos delanteros, sino con uno. Entonces Bilardo decidió sacar a los dos laterales, primero a mí y después a Garré, y en vez de jugar con cuatro defensores pasó a jugar con tres. En la etapa de Bilardo nunca habíamos jugado así. Fue un imprevisto del momento que salió bien.
Del equipo que Bilardo les anuncia a los jugadores en la mañana del 22 de junio de 1986, hay dos cambios respecto de la formación anterior, ante Uruguay. Uno no reviste misterio: sale Garré, suspendido, e ingresa Olarticoechea, un todo terreno acostumbrado a rendir como lateral izquierdo y mediocampista.
—Cuando quedó un puesto vacante después de Uruguay, me di cuenta de que podía jugar contra Inglaterra, así que me fui mentalizando durante la semana —dice el Vasco en un bar de Saladillo.
El 22 de junio de 1986 es un manifiesto de los pequeños azares al servicio de una gran obra: cómo una historia épica también se forma gracias a la alineación planetaria de decenas de biografías que se enlazan para orbitar en conjunto durante un par de horas y se disuelven enseguida.
—Yo había renunciado dos veces a la selección de Bilardo: no me sentía cómodo, los entrenamientos eran en doble turno, una cosa insoportable —recuerda Olarticoechea—. En abril de 1986, cuando faltaban un par de semanas para que el equipo se fuera al Mundial y yo jugaba en Boca, Pachamé —el ayudante del técnico— vino a la Bombonera al final de un partido para decirme que Bilardo quería verme ese día. Le respondí que tenía que volver a Wilde para buscar a mi familia porque nos íbamos a Saladillo a pasar el lunes libre. Pachamé me insistió: «Igual tenés que agarrar la autopista 25 de Mayo, así que estate atento a la altura del peaje, al lado de la cancha de Deportivo Español, que Bilardo te va a esperar con su auto». Le contesté que sí, y después de pasar el peaje vi un Ford Fairlane verde: Bilardo me saludaba desde adentro.
El técnico le hizo señas para que Olarticoechea saliera de la autopista en la bajada siguiente y, una vez en las calles del Bajo Flores, los dos autos se detuvieron en la primera esquina. Bilardo se subió al vehículo del futbolista para convencerlo de que aceptara su citación, pero no parecía el mejor lugar: en el coche estaban sentadas la mujer de Olarticoechea y su hija, de tres años. En eso Bilardo vio un ladrillo en la vereda, bajó a la calle, lo tomó como si fuese una tiza o un crayón y le pidió al jugador que se acercara a la pared. El técnico empezó a dibujar sobre la ochava la disposición táctica que pretendía de él en México: marcador-volante. El Vasco, hombre duro, de campo, siguió sin convencerse y se tomó un par de días para responderle. Serían sus amigos de Saladillo quienes terminarían de persuadirlo de que no podía perderse México 86. La parábola cerraría dos meses después, durante la charla técnica previa a Inglaterra, cuando Bilardo le anunció a Olarticoechea que reemplazaría a Garré y jugaría como marcador-volante, la función que había trazado con un ladrillo en una esquina del Bajo Flores.
El segundo cambio que Bilardo les anuncia a sus jugadores tiene una historia opuesta. A diferencia del Vasco, que se despertó con motivos reales para intuir que jugaría como titular, Héctor Enrique se levantó, desayunó y fue a la charla técnica creyendo que sería suplente.
—Esa mañana vino Bochini y me dijo: «Negro, vas a jugar» —recuerda Enrique—. «No, Bocha, qué voy a jugar si el otro día Bilardo me hizo calentar cuarenta y cinco minutos y no me puso», le dije. Resulta que en el entretiempo contra Uruguay, Bilardo nos había dicho al Vasco y a mí que nos quedáramos calentando. Elongué tanto los músculos que medía un metro noventa. Pasaban los minutos, Bilardo no nos llamaba y nos volvíamos locos, porque encima en el vestuario no veíamos el partido. Entonces le pregunté al Vasco si Bilardo se habría olvidado de nosotros. «No, cómo se va a olvidar», me dijo. «Sí, para mí se olvidó», le repetía yo, así que volvimos al banco. Bilardo lo ve a Olarticoechea y lo manda a la cancha. Si el Vasco no subía, no entraba. A mí me tuvo diez minutos más, andá y vení, y no entré. Después de ese partido, durante la semana, en algunas prácticas fui titular, pero nada serio. Ese día me levanté creyendo que no jugaba contra Inglaterra.
Cientos de miles de argentinos supieron que Enrique jugaría antes que el propio futbolista: el domingo 22 de junio, el volante de River figura como titular en Clarín, La Nación, Crónica y Tiempo Argentino. No era una hipótesis arriesgada por los diarios sino una confirmación que Bilardo les había dado el día previo a cambio de que no se la transfirieran a los jugadores argentinos ni a los cronistas ingleses. Lo que es imposible en Brasil 2014 o Rusia 2018, una información publicada en diarios sin que se entere el protagonista, en México 86 era absolutamente normal. No existían las redes sociales, había un solo teléfono en toda la concentración —una cabina pública que funcionaba con fichas que debían comprarse de lunes a viernes en la secretaría del América—, y no todos los futbolistas tenían líneas telefónicas en sus casas de Argentina: conseguir una, por entonces, era tan complicado que las propiedades que incluían ese servicio se cotizaban más alto en el mercado inmobiliario.
—Después me di cuenta. ¿Por qué Bilardo no me avisó la noche previa? —se pregunta Enrique— . Porque es vivo. Si me decía que iba a jugar yo, tal vez no hubiera podido dormir. «Por ahí se asusta», pensó. Tené en cuenta que yo nunca había sido titular en la selección. Así como Olarticoechea entraría por Garré, para que Enrique jugara contra Inglaterra tenía que haber un sacrificado, un compañero que perdiera su lugar.
—Contra Uruguay, en ottavi di finale, había hecho el gol —recuerda Pedro Pasculli desde Lecce, y se le escapan palabras en italiano—, un gol que valió el triunfo. Pensé que iba seguir jugando, pero el sábado me agarró Bilardo y me dijo que contra Inglaterra sería suplente. Me explicó que si jugaba yo u otro atacante de área, les estaría dando un punto de referencia a los defensores. Maradona intentó consolarme. Me dijo que iba a tener otra posibilidad. Él sabía que yo estaba caliente, mal. Ya no volví a jugar.
—Ese domingo, cuando terminó la charla, volví a mi cuarto —dice Enrique—. Tomé unos mates y prendí la tele. Esa era mi cábala: mirar dibujitos animados para distraerme.

(…)
Cuando Maradona entra en hibernación y Argentina se queda sin su lazarillo de ataque, la clase trabajadora se carga el partido sobre los hombros. Futbolistas samaritanos y menospreciados, parias sobre los que pesará una eterna sospecha («Si Maradona hubiese jugado para Canadá, Canadá habría sido campeón del mundo»), casi como si fueran parásitos del prestidigitador. Ruggeri, Enrique y Pumpido: campeones de América y del mundo con River en los últimos meses de 1986. Batista: campeón Copa Libertadores 1985 con Argentinos. Burruchaga y Giusti: campeones Copa Intercontinental 1984 con Independiente. Valdano: campeón Copa UEFA 1986 con el Real Madrid. Jóvenes menores de 29 años que no son hijos de un talento sobrenatural, pero sí del esfuerzo, y también —como Maradona— de biografías agitadas.
—Para jugar el Mundial hice barbaridades —recuerda Brown—. Antes del Mundial, de la rodilla me sacaban jeringas llenas de sangre. El médico me decía que a los 50 años no podría caminar, que estaba loco, pero yo lo obligaba a pincharme. Ahora tengo 59 y no puedo jugar al fútbol con mis amigos, pero no me arrepiento. ¡Soy campeón del mundo!
—Dos años antes del Mundial, en River no me asentaba. Venía de Lanús, de la B, y me costaba la adaptación. River me quiso dar a préstamo a Chacarita, y se negaron —recuerda Enrique—. Ni Chacarita me quería.
—En Saladillo vivíamos en una casa humilde, con piso de tierra. Cuando llovía, llovía más adentro que afuera —recuerda Olarticoechea.
Después del partido contra Inglaterra (y del domingo siguiente, cuando levantarían la Copa del Mundo), los cortesanos de Maradona volverían a cargar con las derrotas que nos atraviesan a todos, también a los deportistas de alto rendimiento. Pumpido perdería una parte del anular izquierdo cuando el anillo de casamiento se le trabara con un gancho del travesaño durante un entrenamiento —por pudor o estética, aún hoy se protege con una venda ese dedo—; Burruchaga tendría que operarse dos veces las rodillas y sería suspendido dieciocho meses en Francia por un caso de soborno —aunque más tarde comprobaría su inocencia ante la Justicia—; Valdano no podría superar una hepatitis B aguda y jugaría su último partido apenas quince meses después del Argentina-Inglaterra, y Enrique debería retirarse a los 32 años con las articulaciones arruinadas. El dolor también los cruzaría fuera de las canchas: las esposas de Giusti y Burruchaga morirían jóvenes; Batista caería en las drogas y elegiría continuar su carrera en Japón para alejarse de las malas compañías y dejar de tomar —y lo consiguió—, y un accidente trágico se llevaría a Cuciuffo demasiado pronto: durante una jornada de caza en el sur de la provincia de Buenos Aires, en 2004, el defensor manejaba una camioneta, no esquivó un pozo y el movimiento del vehículo hizo que la carabina, que estaba apoyada entre los asientos delanteros, con el caño hacia arriba, se disparara: la bala le dio en el abdomen y Cuciuffo murió desangrado antes de llegar al hospital.
La parte invicta de estos futbolistas, su pasaporte a la inmortalidad deportiva, está en juego el 22 de junio de 1986. Y no lo dejarán pasar.

(…)

A las cinco de la tarde del 22 de junio de 1986, hora de Argentina, la gente comienza a salir a las calles de Buenos Aires y del resto del país. Lo que hasta entonces parecían ciudades desérticas retoman el pulso. La multitud se dirige al Obelisco con el filo de la luz del sol: el invierno acaba de comenzar, es uno de los días más cortos del año. En la Capital Federal garúa, el asfalto está mojado y algunos llevan paraguas. Es, además, un festejo en democracia.
«La gente está en la calle. ¿Qué pasa? ¿Qué son esas bocinas y esas banderas? ¿Quién las llamó? ¿Estarán manipuladas desde arriba? — se preguntará al día siguiente Tiempo Argentino, diario cercano al alfonsinismo, sensible y veloz para mostrar el contrapunto con las movilizaciones, no tan lejanas, en años de dictadura militar— . ¿Otra vez sacaron a la gente a la calle desde los medios de comunicación para echársela encima a la comisión de los Derechos Humanos de la OEA (Organización de los Estados Americanos), como pasó en 1979? No, esta vez fue genuina.»
La gente salta para no ser un inglés. Los cantos se suceden, uno detrás de otro. La Thatcher, la Thatcher, la Thatcher ¿dónde está?, la está buscando Diego para cogerselá. Maradooo, Maradooo. ¡Thatcher, la Copa se mira y no se toca! Pan y vino, pan y vino, el que no grita Argentina para qué carajo vino. ¡Ingleseees, hijos de putaaa, la puta que los parióoo, ingleses, hijos de puta, la puta que los parióoo! Un par de banderas del Reino Unido son primero exhibidas como trofeos de guerra y después quemadas. Hay aplausos, efervescencia. En La Plata, pese a la lluvia, flamean los colores argentinos. En Córdoba, en la intersección de Colón y General Paz, se canta por las Malvinas. En Rosario, el punto de encuentro es el Monumento a la Bandera. Una de las columnas más gruesas llega justo cuando un guardia de infantería, como todos los atardeceres, arría la bandera. Los fanáticos quieren apropiársela para sumarla a los festejos, los gendarmes la defienden y hay algún momento de tensión, pero todo termina de manera celebratoria: los hinchas abrazan y besan a los uniformados. En San Miguel de Tucumán, 5 mil personas copan las escalinatas de la Casa de Gobierno: tampoco los detiene la llovizna. Setenta kilómetros al sur de la capital provincial, en Río Seco, un jubilado tucumano se suma a los festejos, se siente mal, sufre un síncope cardíaco y muere en la calle.
Se llama Roque Argañaraz, y una mirada despreocupada y lejana del asunto le puede adjudicar el rol de mártir del 22 de junio de 1986.
—Yo soy la hija de Roque —cuenta María Ignacia por teléfono, desde Río Seco—. Ese día, mi papá había almorzado en mi casa, con mi familia, y después volvió a la suya para ver el partido. Cuando Argentina gana, en el pueblo se arma una caravana para festejar. Mi marido se sube a la camioneta con mi hijo, José Luis, que tenía dos años, y otros muchachos para dar vueltas. Mi papá salió a la vereda y esperó que pasaran por su casa para darle una bandera de Argentina a su nieto. Era su debilidad. Dos cuadras después, corren a avisarle a mi marido que mi papá se había descompensado. Mi mamá me contó que, apenas entró a su casa, se cayó. Fue un infarto fulminante. Nunca había tenido problemas del corazón. Pensamos que fue la emoción por todo. Tenía 65 años.

(…)
Una final Argentina-Inglaterra en el Mundial 82 hubiera sido un serio problema para los relatores que, como en el caso de Juan Carlos Morales, de radio Rivadavia, tenían prohibido nombrar a los británicos. Así le ocurrió en un Alemania-Inglaterra de segunda fase.
—Llegamos al estadio para transmitir de manera normal pero en eso nos llamó la producción desde Buenos Aires para decir que no podíamos nombrar a Inglaterra —recuerda Morales, desde Mar Del Plata, y no puede evitar reírse—. «Para eso no lo relatemos», les dije, pero me respondieron que estaba pautado. Entonces me la pasé diciendo «atacan los rivales de Alemania», o «el equipo de rojo», o «el equipo de Kevin Keegan». Tal vez incluso se me escapó un «piratas». Fue inentendible esa transmisión, una cosa insoportable, ilógica.
Pocos recuerdan que, en verdad, Argentina-Inglaterra se enfrentaron en el Mundial 82, pero no en el de fútbol sino en el de hockey sobre patines, en Portugal. Fue el 1º de mayo, en plena guerra —el día en que moriría el primo de Ardiles—, y debe ser la mayor hipérbole nacionalista aplicada al deporte: los jugadores argentinos tenían prohibido saludar a los ingleses y efectuar intercambios de banderines y camisetas. Uno de ellos, Mario Agüero, desobedeció a medias y lo pagó.
—Ellos también tenían prohibido cambiar camisetas pero, para mí, no saludar era una estupidez —dice Agüero desde San Juan, por teléfono—. Entrando a la cancha un inglés me estiró la mano y yo no lo dejé pagando, lo saludé. Durante el partido, choqué contra uno de ellos y se cayó al piso. Desde abajo me alzó la mano, así que lo ayudé a levantarse y nos dimos un par de palmadas en la espalda. Después, en el vestuario, un dirigente me retó por eso. El tipo nos había dicho que teníamos que aplastar a los ingleses, que teníamos que matarlos.
El debut de la selección de fútbol en el Mundial de España 82 ocurrió en simultáneo con la batalla final en Malvinas. La selección enfrentó a Bélgica, en Barcelona, el domingo 13 de junio. Si los canales de televisión hubiesen dividido la pantalla en dos, en una mitad habrían transmitido el comienzo de la Copa del Mundo y en la otra, el final de la guerra. La última ofensiva inglesa en el Atlántico Sur comenzó a las 2:50 del sábado 12, continuó el fin de semana y se intensificó el domingo 13 desde las 22:30. Los argentinos cedieron primero los alrededores de Puerto Argentino, resistieron en inferioridad de condiciones durante la noche y se rindieron al mediodía siguiente, el lunes 14 de junio. Muchos soldados recuerdan cómo consiguieron una radio en medio de las bombas y sintonizaron el relato de José María Muñoz desde Barcelona. El fútbol los devolvió a la normalidad, al menos durante un rato: eran chicos de 19 años, futboleros, escuchando un Mundial.
—El partido contra Bélgica lo escuché por radio en medio de una trinchera, cuando de repente cayó una bomba —me contó Correa, defensor de la época dorada de Mandiyú, en marzo de 2013 en Corrientes, durante una entrevista para TyC Sports—. Sentimos el cimbronazo y salí del pozo a mirar si le había pasado algo a alguien. Cayó cerca, no nos afectó, pero cambiamos de posición y apagamos la radio. Teníamos miedo de que el satélite nos delatara.
—Recuerdo que un compañero mío escuchaba ese partido contra Bélgica. Yo estaba a su lado, en la misma trinchera —dice Escobedo—. Tenía una radio chiquita, como una Spika.
—Después de la rendición, los ingleses nos llevaron al continente en el transatlántico Canberra —dice De Felippe—. Nos trataron bien, nos sirvieron comida caliente, y al lado del menú nos dieron los resultados del Mundial. Argentina le había ganado 4 a 1 a Hungría en su segundo partido en España 82.
Algunos de los doce futbolistas-soldados, no solo De Felippe, pudieron retomar sus carreras: De Luca jugó Copas Libertadores para Colo Colo de Chile, Escobedo saltó a la Primera División con Vélez y Belgrano, Correa visitó el Monumental con la camiseta de Mandiyú y Pantano fue figura del ascenso de Talleres de la C a la B, en 1983. Otros futbolistas-veteranos de guerra, en cambio, no volvieron a jugar. Por ejemplo Rebasti, que no debutaría en Primera. Tabaco, alcohol, confusiones. «Te ponen la cabeza en una licuadora y te la baten. Tenés las ideas cruzadas», recuerda el ex arquero de San Lorenzo y Huracán.
—Cuando Diego hizo el gol con la mano contra los ingleses, sentí que recuperaba la patria —dice—. Y cuando hizo el segundo, ya no pude parar de abrazar a mis viejos y mis hermanos. Sentía oxígeno. Al fin respiraba aire puro. Terminó el partido y estuve dos horas sin parar de llorar. De alegría, de cosas encontradas, de acordarme de mis amigos que no estaban más. Maradona fue un argentino que entendió la guerra que habíamos pasado. Por eso, para mí, es Dios. Después del partido sentí que estaba y que no estaba en la realidad. Que había vuelto a las Malvinas, a 1982, que recuperaba la patria. Con el llanto me sacaba la culpa. El partido fue mi descarga. Me puso en eje. Me tranquilizó. Sentí paz, ganas de abrazar. A los jugadores les debo mucho. Me sacaron un peso de encima.
—Yo quería ganar —dice Giusti— no solamente porque era un partido de fútbol. La palabra revancha no sé si es adecuada, pero como que uno estaba haciendo algo para los muchachos que estuvieron peleando, ¿entendés? Digamos que ganándoles a los ingleses era como algo para los muchachos que estuvieron en Malvinas. Como decir, bueno, les pudimos ganar a estos hijos de putas, viste, en el término futbolero.
—Lo que es una exageración es que nos hayan dicho «héroes» —dice Olarticoechea—. Yo tengo amigos de Saladillo que combatieron y desde el lugar de ellos pensaría: «Estos tipos jugaban a la pelota mientras a nosotros nos cagaban a tiros». Héroes fueron los chicos de Malvinas.
Con el paso de los años, ya al borde del retiro o como ex jugador, Maradona enfatizaría la arista bélica del 22 de junio de 1986. Cuando la biología empezó a hacerle difícil la construcción de épica con las piernas, Maradona comenzó a alimentar la leyenda del Azteca con palabras, como si le pusiera subtítulos a su obra, y entonces dijo que «vencimos a un país», y que «en nuestra piel estaba el dolor de todos los pibes que habían muerto», y que «sentimentalmente hice culpables a los jugadores ingleses de lo que había sucedido» y que «esto era recuperar algo de las Malvinas», y que «estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes».

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