Ser de River

Edición 2020

2020

Año

Ediciones Carrascosa

Editorial

River 1 – colon 1

Es delictivo. Nadie debiera hacerlo. Yo sería incapaz: no por honrado, sino por cobarde. Pero que alguien de River lo haga. Ya. Ahora. O cuando yo duerma, mejor. Y que no me lo cuenten. Pero háganlo, hagámoslo. No digamos soborno. Maquillémoslo. Suavicémoslo con un eufemismo: retribución de favores. U honorarios por futuros aumentos, como decía el recibo de sueldo de una empresa de medios en la que trabajé. Reprobable, sí. Inmoral, también. Pero una mancha minúscula, insignificante, en comparación a la del descenso. Una práctica que se viene haciendo desde el fondo de la historia. Algo que se cocina entre paredes secretas y que el hincha apenas percibe como rumor, pero que el fútbol argentino sabe metabolizarlo. De la B no se vuelve. Un gramo de oro en un kilo de mierda no cambia nada, pero un gramo de mierda en un kilo de oro lo arruina todo. Que alguien hable con Fuertes. O con Garcé. O con Ledesma. Recordarles lo que le deben a River. Dinero, prestigio, títulos, fama, tapas de diario, minas, polvos, vidriera para la selección argentina, transferencias al extranjero. Acá salieron campeones. En los otros clubes, minga. O que llamen a otro jugador. A un veterano que ya esté en el final de su carrera. A un juez de línea. Arrodillarse ante Grondona. Reivindicarse con el presidente de Colón, uno de los ninguneados por Passarella en la noche del escándalo en AFA. Seamos generosos: 50 mil, 100 mil, 500 mil dólares, una venta en garantía, los derechos televisivos del año que viene, un palco en el Monumental, la concesión de hamburguesas en el estadio, todo lo que demos no será nada en función de lo que podemos dejar de ganar. Este es el partido para ensuciarse. ¿Qué les importa a ellos? ¿Qué les agrega? No pelean el título, el descenso, la Libertadores, la Sudamericana, el promedio del año que viene. No pelean nada. Tampoco es un clásico, ni juegan de locales, ni la continuidad del técnico está en peligro ni urge la expectativa de las primeras fechas. La barra brava estará allá arriba, lejísimos, en un corralito de la tribuna visitante. Los jugadores van a volver a sus casas y sus esposas ni les preguntarán cómo salió el partido. No ponen en riesgo el trabajo de un año o de un grupo de personas. Ganar o perder no les agrega ni les quita nada. En unos días podrán seguir mirándose a los ojos. Ni siquiera tendrán un dilema moral. Es el partido perfecto para un acuerdo amistoso. Que de los 90 minutos jueguen 75 lo mejor que quieran, pero en 15 traben con menos ganas, pateen alto, háganse los lesionados, pidan el cambio, fuercen una expulsión o cometan un penal. Ellos saben cómo jugar a desgano sin que nosotros nos demos cuenta. Si a veces ellos mismos son quienes patean alto, se hacen los lesionados, piden el cambio, fuerzan una expulsión, hacen un penal o meten un gol en contra para sacarse de encima a un técnico al que no soportan. El lunes vuelven a Santa Fe, cuentan la platita, la dividen y todos contentos. Los más pibes van a sumar otro puchito para terminar de comprarles la primera casa a sus viejos. Manchémonos. Ni siquiera es un antes y después. Es un antes sin después. Es más importante que una final de Copa Libertadores. No seamos más sucios que los demás, pero tampoco menos. Ahora debe haber un festival de llamadas cruzadas entre dirigentes que se deben favores y de jugadores con un pasado en común en algún club que se están poniendo de acuerdo en algo que nunca nos enteraremos. En el fútbol no existe el Excalibur. Hay que hacerlo. Hagámoslo.

La semana previa al partido contra Colón comenzaron, además, mis problemas para dormir. El miércoles a las 4 de la mañana mi novia se despierta, refunfuña y prende el velador. Le cayó mal la comida, balbucea. Entreabro los ojos, me siento en la cama y me doy cuenta de que estaba soñando con River. Caruso erraba un gol. “¿Cómo puede ser que no te puedas dormir si ni siquiera tenés que pensar en River?”, le digo, me doy vuelta, y ahora soy yo a quien le cuesta volver a dormir. Ya después del descenso volví a soñar con River: me cruzaba con Passarella en la calle Alvarez Thomas, en Colegiales. Tenía ganas de decirle algo apenas lo vi, pero su andar seguro intimidaba. El Kaiser se iba y yo maldecía desperdiciar la oportunidad que tanto había pedido, pero tomé valor y le grité a 15 metros de distancia: “Nos mandaste a la B, bostero”. Passarella ni se dio vuelta, pero yo me desperté feliz con mi catarsis.

Desde que comenzaron los 50 días del calvario intenté preguntarme varias veces qué era, realmente, lo que tanto me aterraba de la posible caída de River a la B. Hubo un par de momentos en que tuve miedo de estar volviéndome loco. Y es curioso: la gloria es una construcción colectiva, pero el descenso es una experiencia personal. Y lo que se me ocurre pensar ahora es que en la vida son muchas las veces en que descendemos. Recuerdo una escena de Vicky Cristina Barcelona, la película de Woody Allen, en la que Javier Bardem invita a las dos chicas norteamericanas a volar con él a Oviedo. Acaba de conocerlas. “¿Por qué haríamos eso?”, pregunta una de ellas. “Pues porque la vida es corta, gris y está llena de dolor”. La magia del cine provoca que las chicas se tomen un avión con Bardem a Oviedo. En esta vida porteña, gris y llena de dolor, los milagros no ocurren. Te vas a la B todos los días. Yo me voy a la B todos los días y varias veces por día: cuando murió mi vieja, cuando se enfermó mi viejo, cuando me metieron los cuernos, cuando entré a un quirófano, cuando cerraron dos diarios en los que trabajaba, cuando empresas millonarias me pagan una basura, cuando a los 20 años me di cuenta de que me iba a quedar pelado, cuando juego a la pelota y no soy capaz de hacer un pase de dos metros, cuando traté muy mal a gente que me había tratado muy bien, cuando veo a nenes de 10 años viviendo en la calle o a pibes de 20 revolviendo mi basura, cuando soy un díscolo que miro para el costado en el momento en el que me hablan, cuando me cuesta decirle te quiero a la gente que quiero, cuando me preocupa tener 36 años y sentir que no hice nada trascendente, cuando viajo para el orto en el colectivo o, también, cuando pierdo 50 minutos en la fila de un banco.

Lo único que siempre me mantuvo al margen de la frustración fue River. River es otra cosa. River no pierde nunca. River es más fuerte que las angustias que llevo dentro. River le gana a los miedos que no le cuento a nadie. River estuvo ahí cuando las mujeres me dejaron. River fue mi revancha cuando los jefes me basureaban. River era mi alivio semanal cuando tenía 19 años y un vacío existencial. River me fascinaba cuando yo me odiaba. River es un refugio para mí, que vivo en un PH en Belgrano, pero también para quienes alquilan una casita en Ezpeleta u ocupan un asentamiento en Ingeniero Budge. River es la revancha de quienes están en un hospital, una cárcel o una comisaría. River es el lujo de los que no tienen 1,25 para el bondi. River es nuestra garantía semanal de triunfo, de grandeza, de reivindicación. Te ponés un buzo de River y caminás por la calle, hasta cartoneás por la calle, como un campeón. Siempre fuimos eso: campeones. Los perdedores son otros.

Y de repente River se puede ir a la B. Y si River desciende, mi único costado irrompible se desvanece. Tendré que seguir soportando mis fracasos diarios, pero ya no estará River como actor desagraviante. Cómo no voy a tener miedo. Cómo no voy a ser un zombi.

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