Nuestro Viaje

85 hs. de caravana para ver a river

2020

Año

Ediciones carrascosa

Editorial

Jujuy

Si en siete años pasamos de jugar en la B a ganarle a Boca el partido de los siglos por todos los siglos, en poco más de 24 horas de caravana dejamos atrás los estruendos de la primera noche y nos despertamos en medio de las bellezas naturales de Argentina. Justo cuando el sol comienza a jugar a las escondidas con las montañas, y los rayos se filtran detrás de la cordillera, entramos al antiplano andino. Aún somnoliento, reconstruyo el itinerario que, imagino, trazamos en nuestra madrugada sin música: primero la provincia de Salta, de sur a norte, y después Jujuy, un paso raudo al costado de la capital provincial, San Salvador, y finalmente los colores de Purmamarca, nuestro último punto por la ruta 9 antes de doblar hacia el oeste por la 52, el camino que nos llevará hasta el Paso de Jama, la frontera con Chile.

Es la mañana del jueves 21 y la mayoría de Los Muñecos sigue durmiendo: un pibe lleva puestas las medias naranjas de Berazategui y lo celebro como lo que soy, un apologista del doble camiseteo entre un equipo grande y uno barrial. Allá abajo del colectivo deberían arrancar las actividades diarias si no fuera que el terreno árido y las temperaturas extremas anulan casi toda presencia humana. A decenas de kilómetros desolados le siguen decenas de kilómetros con más vacío: apenas a nuestro paso por las Salinas Grandes, un gigantesco espejismo blanco, detectamos a dos trabajadores que se trepan a sus excavadoras de sal. Los carteles de tránsito advierten la presencia de vicuñas y la cinta asfáltica es sinuosa en lo geográfico y en lo administrativo: entramos a Salta, regresamos a Jujuy, reingresamos a Salta y finalmente nos quedamos en espacio jujeño, la alegoría de un área inhóspita que nunca le importó demasiado a nadie. De tan yermo, ésta fue la última división territorial disuelta en Argentina, la Gobernación de los Andes, en 1947, algo así como nuestra provincia perdida.

Rumbo a los confines de la patria, la ruta deja de trepar, serpentear y zigzaguear para seguir trepando, serpenteando y zigzagueando. En la cuesta de Lipán ascendemos 2.000 metros de un tirón, luego dejamos atrás el cruce con la ruta 40 -la columna oeste de Argentina- y, ya a 3.600 metros sobre el nivel del mar, una estatura similar a la de La Paz, la capital de Bolivia, atravesamos Susques. “Surcamos Susques”, jugaría con las palabras un relator en referencia al pueblo más alto del país al que puede llegarse por camino pavimentado, un dato que leí el martes por la noche, cuando intentaba averiguar la temperatura que nos esperaba en la Puna. En Susques vemos una iglesia de adobe, unas casitas de color tierra que vomitan humo por sus chimeneas y dos arcos asimétricos que forman una canchita de fútbol sin verde: imagino alguna liga, la de menos oxígeno del país, y un crack local, el “que pudo haber llegado pero era demasiado vago”.

Adentro del colectivo despedimos al último hilo de 4G y le damos la bienvenida -o la malvenida- a los mareos. Ya con casi todos los hinchas despiertos, pero en silencio por la hora, la maravilla del paisaje y los dolores de cabeza, seguimos desfilando ante salinas, volcanes, cóndores y un cielo cada vez más azul hasta que al fin divisamos la frontera con Chile. Todos guardamos datos inservibles en el sarro de nuestra memoria y, así como sé que Germán Panichelli fue un delantero que llegó a River en 1988 desde Villa Dálmine pero no llegó a jugar ningún partido, suelo recordar que Chile-Argentina es la tercera frontera más larga del mundo detrás de las de Estados Unidos-Canadá y Rusia-Kazajistán. De los 45 pasos habilitados con los hermanos que desde hace semanas protestan contra el gobierno de Sebastián Piñera, el nuestro es el más septentrional, el de Jama, pero cuando arribamos, a las 8.30 de la mañana, todavía sigue cerrado. Tendremos que bajarnos y aguardar a que el control aduanero abra a las 10, según anuncia un cartel al costado de la ruta. La paciencia será doble: ya nos antecede una cola de diez vehículos entre autos, camiones y colectivos.

…..

Los primeros hinchas que descienden en bermudas y remera de manga corta son embestidos por el frío: a 4.200 metros de altura, la temperatura duele. Ayer parece el año pasado: pasamos de un atardecer de fuego en Santiago del Estero a una mañana glacial. Los previsores que trajimos pantalón largo y buzo nos animamos a estirar las piernas en la intemperie -y yo recurro al cortaviento que usé en Madrid el 9 de diciembre de 2018- pero el resto se reubica en el único refugio posible, la cafetería y el baño de una YPF que hace patria. Adentro o afuera de la estación de servicio, sin embargo, se hace difícil respirar: entre las 32 horas que llevamos de viaje y la carencia de oxígeno en el lugar, el cuerpo responde en cámara lenta, con una demora de dos segundos, como el retraso con el que llegan los gritos de gol de una hinchada rival desde la cabecera opuesta. Alguien dice que debemos tomar mucha agua para hidratarnos pero el parte médico ya emite las primeras bajas: mientras forma cola para llegar al único inodoro de la YPF, Daniel, mi compañero de El Libertador, pierde el equilibrio.

-Casi me desmayo, me temblaban las piernas, me tuve que agarrar contra la pared- reconstruye Daniel diez minutos después, ya sentado en el bar de la estación de servicio, mientras escuchamos a nuestro lado a otro hincha decir que un tal Juan acaba de vomitar.

Aunque el café con leche y las medialunas deberían valerle a esta YPF el premio al desayuno más acogedor del país, la espera para cruzar la frontera va para largo y salgo a tomar aire, a desafiar al termómetro colgado en la pared del local, que ahora marca un grado sobre cero. Paso de Jama ya no es el páramo color tierra de hace media hora: el rojo y el blanco comienza a desperdigarse hacia todas las direcciones, también hacia lo alto, a la cima de los mástiles del ACA. Los trapos de Lugano, Los Pibes del Cruce Castelar y La Banda del Perro flamean en la Puna con el espíritu triunfal de la bandera soviética sobre el Reichstag. Por ahí también pasan los muchachos de la Agrupación Leo Ponzio de Junín, la Banda del 440 y un hincha con una camiseta de letras negras y rojas sobre fondo blanco: Mendoza, Boca, La Copa & Europa.

Un par de lugareños pasan mascando coca y los sigo en su derrotero hacia el interior del pueblo, que se extiende a un costado de la estación de servicio y termina poco después: son siete u ocho manzanas entre calles sin asfalto ni nombres, o al menos sin cartelería a la vista. Ya a la media cuadra me cruzo con cuatro hinchas que hacen cola frente a un domicilio particular y les pregunto qué quieren comprar. En realidad, me entero, persiguen otro tipo de tipo de servicio.

-Son vecinos que alquilan el baño y la ducha por 50 pesos- me responde uno de ellos.

-Todo pasa mientras la gente caga- dice unos de sus amigos, imagino que parafraseando a John Lennon por aquello de la vida es eso que te va sucediendo mientras estás ocupado en otros planes.

No sé a quién se le ocurrió este intercambio entre la economía informal de Paso de Jama y nuestra urgencia sanitaria, si a los aldeanos o a los hinchas, pero al doblar por la esquina veo nuevas hileras. Se desata una puja entre demanda y oferta y las semillas de Machín compartimos experiencias de precio y calidad: un pibe avisa que pagó 30 pesos, un segundo dice que juntaron 100 entre cinco amigos -y en agradecimiento le regalaron una camiseta de River al dueño de casa- y un tercero comenta que aprovechó para pasarse toallitas húmedas y desodorante por las axilas. Otro hincha se queja porque no le tocó inodoro ni letrina sino un pozo al aire libre.

-Era un pozo ciego. Bah, tan ciego no era porque se veía todo- detalla, sin que nadie le haya pedido precisiones.

Si hay momentos de iluminación en los que el hombre descubre para qué está en la vida, yo comprendo que es el mío para ir al baño por primera vez en el viaje, así que continúo mi marcha en búsqueda de otras alternativas y me cruzo con una pareja de mochileros, ella española y él cordobés, que se enfrentan a una emergencia diferente.

-¿No sabés cómo viajar hasta San Salvador de Jujuy?- me pregunta ella.

Le digo que no tengo idea, que acabo de llegar junto a un grupo de hinchas de fútbol y que en un rato partiremos en dirección contraria, pero en su catarsis me cuenta que vienen de Perú, que hace tres días están atascados en Paso de Jama, que no hay transporte público hacia la capital provincial y que un poblador local les quiere cobrar 200 dólares para llevarlos en su camioneta. Debo tener falta de empatía, o añorar mi época de mochilero, porque su urgencia me resulta entrañable. Retomo mi rastreo y 30 metros antes de que termine el pueblo localizo un cartel tan austero que está sostenido, a cada lado, por columnas de diferente material: una vía de tren a la izquierda y un palo de madera a la derecha. Con letras verdes, rojas y amarillas sobre fondo azul -y con una bombita de luz en su parte superior, ahora apagada, para captar la atención de los viajeros nocturnos-, el letrero anuncia Hospedaje El Refugio de la Cordillera.

Ningún trashumante de River llegó hasta aquí. Eludo tres filas de ladrillos apilados, que actúan de medianera simbólica entre la calle y el establecimiento, y avanzo otros diez metros por un patio de tierra, sin flores ni plantas: ni siquiera los yuyos crecen a 4.200 metros de altura. Abro la puerta y veo a una chica que debe tener unos 15 años y parece estar a cargo del alojamiento. Le pregunto si puedo alquilarle una ducha, una expresión más elegante que inodoro. Aunque no observo a ningún otro cliente, me pide que la espere, que necesita chequear si una de sus habitaciones fue desalojada, y desaparece por un pasillo oscuro en el que un hermanito menor corre y otro gatea. A los pocos segundos me llama y me dice que puedo pasar a un cuarto que, apenas entro, compruebo que ofrece muchas más comodidades de las que necesitaba: tiene seis camas individuales -tres marineras, de doble piso- y un baño con inodoro, toalla, jabón y ducha -me informa la chica- con agua caliente. Para lo que yo procuraba, es un cinco estrellas.

…..

Al salir del cuarto Marcelo Gallardo de la Puna reparo en que las almohadas están revestidas con fundas de Hannah Montana y de River y se me ocurre una definición bastante gráfica: que River es nuestro Disney. Intento sacarle conversación a la muchacha de la conserjería y le pregunto una obviedad, si en la familia son de River. Me responde que sí pero con poca convicción, como si estuviese configurada para condescender -y también hubiera asentido si le consultaba por Boca-, y el diálogo se apuna enseguida.

Así como yo ignoro todo sobre la actriz de Hannah Montana que tapiza las camas de El Refugio de la Cordillera -o cantante, ni eso sé-, intuyo que esta joven también desconoce que los 200 hinchas que regamos de rojo y blanco la tierra reseca de su pueblo vamos de camino hacia Lima para presenciar la final de un torneo llamado Copa Libertadores. No importa: los partidos y las competencias más grandes no dejan de ser una parte de la grandeza de nuestros clubes. La patria de River también se construye con estas imágenes tan pequeñas, y tan poderosas a la vez, de una decena de escudos adornando las camas de un hotelito perdido en el techo de la Argentina.

Le doy 100 pesos a la chica en concepto de alquiler de baño y de ducha y vuelvo a la calle, aunque también podría decir a la vereda: no hay una demarcación para peatones y autos sino un continuado. En camino hacia los colectivos paso al lado de unas cholas que venden ropa, palanganas y cacharritos sobre unos manteles tendidos en la tierra y me cruzo con un chango, de entre 10 y 12 años, que se vistió de gala para nuestra visita: dobla en la esquina, puro orgullo, con su jogging y su buzo no oficiales de River.

La caravana dejó la estación de servicio y avanzó 400 metros hasta la línea de vehículos que se alista para atravesar la frontera, pero el cruce todavía viene demorado: para que nos llegue el turno quedan un par de camiones y tres o cuatro autos particulares. En sincronía con esa lentitud, los hinchas nos movemos a paso de tortuga para evitar que la altura multiplique sus efectos. Somos una tropilla amansada, una pandilla de zombies que deambula entre el polvo y la nada: para el lado que enfilemos, tendremos cientos de kilómetros de desolación.

Estamos en el medio de ningún lugar y el parte médico escala como Gonzalo Montiel o Milton Casco por los flancos del campo de juego. Un pibe la pasa mal, acostado contra la pared de un puesto de la AFIP, y es asistido por un par de amigos que agitan sus buzos como abanicos y lo llevan a la posta sanitaria de la frontera. Alguien explica que la semana pasada sufrió un desgarro en la pierna y que la altura agudiza ese tipo de edemas y dolores. Fuera de la enfermería, uno de los más achispados de la primera noche en El Libertador lanza un vómito como si expulsara de su cuerpo a un hincha de Boca.

-Juega Lanzini- se le ríe uno de sus amigos, aunque la altura ya no sea un chiste.

Tanto alcohol en las últimas horas y tanta altura arman un combo venenoso. No hay que ser muy ducho para agradecerle en silencio a la policía tucumana, aunque su intención no haya sido samaritana, por haber decomisado las botellas a la salida de San Miguel, ayer por la noche: esto pudo haber sido una tragedia. El caso más apremiante es el de un muchacho de otro colectivo -algunos precisan del primero, el de la 1 de la madrugada- que también es derivado al dispensario. La médica destinada a Jama lo asiste con una máscara de oxígeno y le recomienda que no continúe viaje y que se quede en el hospital de la ciudad más cercana, San Pedro de Atacama, ya en Chile, a tres horas de aquí. Los conductores no quieren arriesgarse a trasladar a un pasajero en esas condiciones pero el hincha, que comienza a sentirse mejor después de unos minutos, tampoco está dispuesto a perderse la final. El acuerdo es salomónico y el joven firma un deslinde de responsabilidades ante la empresa.

También hay escenas encantadoras. A falta de wifi en la YPF y de 4G en Paso de Jama, la única muchacha solitaria en El Libertador, una joven de unos 30 años que se sienta en la planta baja -las otras dos chicas de nuestro colectivo viajan con familiares y amigos en el segundo piso-, se preocupa en conseguir señal de Internet para tranquilizar a su madre. La adquiere en una casilla dedicada al comercio exterior que vende códigos para conectarse durante 15 minutos:

-Estoy bien mamá, todo perfecto, falta menos- le manda un mensaje de audio.

Pero no todo está tan bien -y no sólo porque este tipo de travesías, aunque cada vez menos, continúen siendo mayoritariamente masculinas-. El tiempo sigue pasando y el control aduanero se hace más lento de lo que pensábamos: las autoridades de migraciones todavía no nos atienden.

-Che, ¿y si no llegamos al partido?- aventura un hincha y los pibes que lo rodean aparentan continuar en la suya, aunque no es de esos silencios que ignoren el tema sino que permanecen agazapados, a la espera de que alguien encuentre las palabras justas.

-Aparte decían que las rutas en Chile están cortadas- se suma un compañero en referencia a las protestas sociales contra Piñera.

Ya en mediodía, la amplitud térmica se hace sentir y nuestros cuerpos, como si pertenecieran a fantasmas, casi no proyectan sombra. Parece otra forma de disociación con la realidad -¿seguimos estando, seguimos siendo?-, pero el asunto tiene lógica: por aquí cerca pasa el trópico de Capricornio y falta poco para el solsticio del 21 de diciembre, cuando los rayos solares caerán verticales a la mitad de día. Es la hora de almorzar y alguien anuncia que comenzaron a repartir parte de las provisiones anunciadas por los organizadores antes de salir de Buenos Aires: una barrita de cereal, un alfajor y una botella de agua, o sea un atado de lechuga para satisfacer a una manada de lobos. Como no sabemos cuándo volveremos a parar, si es que en algún momento salimos de acá, algunos retroceden los 400 metros hasta el pueblo, a buscar comida en la YPF o en las despensas de Jama, y otros nos aventuramos a tres puestitos callejeros. En realidad, decirle “callejero” a un lugar sin calles es una definición imprecisa: a un puñado de metros de la frontera con Chile solo hay desierto andino.

Alguien asocia el nombre de la “sandwichería El Flamenco” al rival del sábado en Lima: es un típico carrito de comidas al paso, con paredes de chapa y piedras distribuidas sobre el techo para evitar la travesura de algún viento fuerte. Aquí no hay queso cheddar ni papas servidas en cono ni precios anunciados con tizas de colores ni emoticones pero la oferta es amplia: un pizarrón anuncia empanadas, pupusas, estofado de pollo y hamburguesas. A su lado, los otros dos food trucks locales -uno sin nombre y otro autodenimonado “sandwichería Cien”- también ofrecen comodidades puneñas para comer al aire libre: una mesa de madera, cuatro sillas de plástico al sol y un barril de nafta como recipiente de basura. La docena de empanadas fritas a 200 pesos es la opción más elegida.

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