River para félix

la aventura de recibir y transmitir la hrencia gallina. una historia de padres e hijos

2019

Año

Planeta

Editorial

FRAGMENTOS VARIOS

 

En los días siguientes al 9 de diciembre de 2018, al regresar de Madrid después de haber nadado en las aguas de nuestro río sagrado, el 3-1 a Boca en el Santiago Bernabéu, me habría encantado subirme a otro tipo de viaje, uno hacia al futuro. Quería que Félix, mi hijo que entonces tenía dos años, creciera para transmitirle la experiencia que acababa de vivir, la de una definición de Copa Libertadores que atravesará generaciones. Así como puedo recordarme a mis 10 u 11 años con los ojos bien abiertos delante de mi viejo, prestándole atención como si fuera un anciano de la tribu riverplatense cada vez que me decía que había visto jugar a La Máquina —nuestra fabulosa delantera de los años 40—, me imaginé contándole a mi hijo detalles de la noche española en que la Máquina del siglo XXI, la del Muñeco Gallardo, ganó una final que no solo nos hará un poco más felices el resto de los días a los hinchas de River: también ayudó a encastrar relaciones entre padres e hijos.

Sin que supieran que desde hacía dos años me dedicaba a este libro sobre paternidades y equipos de fútbol, algunos amigos me relataron sus historias domésticas alrededor del 9 de diciembre. Diego Bruno, un querido gallina que conocí en los días de la B, me contó que los abrazos que se dieron con su viejo Mario tras la corrida del Pity Martínez no fueron los más grandes ni los más sentidos, sino los primeros que se estrecharon en sus vidas. Uno con 70 años y el otro con 36, los dos seguían llorando enfrente del televisor cuando Mario, en admirable pelea contra un cáncer de vejiga, balbuceó además una de esas confidencias que solo soltamos desde las profundidades: «Ahora puedo morirme en paz». Aunque a primera vista parecía decirlo por nuestro triunfo de todos los tiempos, hay frases que cargan un significado secreto y Mario seguramente se refería a la verdadera cuenta saldada, a la concreción de ese abrazo ausente durante décadas. A falta de palabras, River había sido su ventrílocuo. Diego me habló de aquella redención a un mes del 9 de diciembre, durante una cena de festejo por el triunfo en la final, y yo sentí que su historia podría haber sido la mía: River también fue mi puente con mi viejo, Darío, por quien me hice gallina, cuando tuvimos que reacondicionar una conexión austera.

Alba Piotto, colega y excompañera de redacción, me comentó que siguió el 3-1 por radio en el hospital Piñero, donde acompañaba la internación de su madre de 87 años, Sara. «Mi vieja sufría una hemorragia interna muy intensa y estaba “ahí”, groggy, entre irse y quedarse —me dijo Alba, cuarenta y cinco días después del partido—. Le hacían transfusiones, sospechaban de un cáncer, los estudios se retrasaban. El domingo de la final durmió casi todo el día y no almorzó. Yo tenía el corazón en dos
lugares, así que me puse los auriculares y terminé escuchando la radio en un patio interno del hospital, hecha un bollito, cayéndome al piso. Cuando el relator empezó a decir “River campeón de América, River campeón de América”, corrí agitando los brazos, subiendo y bajando escaleras, y aunque entré a su habitación con cuidado porque en la cama de al lado había una señora muy complicada, sacudí a mi vieja para despertarla. Con los puños apretados le dije: “Mami, mami, ganó River, ganamos, somos campeones” y no sé qué cara me habrá visto, pero sonrió y las dos nos pusimos a llorar».

Al otro lado del recorrido, en la espera de una paternidad inminente, un colega y compañero de trabajo, Mariano, temió haberse excedido en los festejos con su pareja, Lucía, embarazada de ocho meses y tres semanas de Martina, cuyo nacimiento estaba programado para cinco días después, el 14 de diciembre de 2018. «Veíamos la final en casa, en el mismo lugar de toda la Copa, y con el gol de Juanfer Quintero me desbordé tanto que salté para abrazar a mi mujer y nos pegamos un panzazo terrible. Rebotamos como una pelota y tuve una sensación ambigua, la del delirio por River y la preocupación por ellas. “¿Estás bien, Gorda; estás bien, Martinita?”, le hablaba a la panza, y seguía gritando como un poseído».

También en la primera estación de la paternidad, Guido Cincunegui, otro compañero de redacción, sería padre de Ramiro a los pocos días, el 18 de diciembre, y en tiempo récord lo pondría al tanto: «Lo primero que le dije cuando lo tuve en brazos —me contó— fue: “¡Hola, hijo, hace nueve días nos cogimos a Boca en Madrid!”. No había pensado esa frase, se me ocurrió en el momento, ¿pero qué otra cosa podría haberle dicho?». Un mes y medio antes, en la noche de la hazaña contra Gremio que nos llevó a la final contra Boca, también fue padre otro periodista amigo, Tomás Grois. «Emma nació por cesárea el 30 de octubre a las 8 de la noche y la semifinal arrancó a las 21.45 —me dijo—. Acompañé en terapia a mi bebita hasta que calculé que faltaban 10 minutos para que terminara el partido y salí para mirarlos con mi papá, que me estaba esperando en el pasillo. Fuimos a planta baja, encontramos un televisor y llegamos justo al penal del Pity Martínez: cuando lo convirtió, gritamos desaforados. Pocas veces abracé tanto a mi viejo».

El fútbol no es exclusivamente un lugar de padres e hijos o de madres e hijas pero se le parece bastante. A veces, incluso, desde lo simbólico: mi viejo se enfermó cuando River se estaba yendo a la B y Félix, mi primer y único hijo, nació en pleno Gallardismo, la explosió vital que nos llevaría hasta el mayor triunfo posible, el de Madrid, la cruz que le faltaba a la iglesia gallina. A falta de estadísticas o estimaciones del porcentaje de hinchas que adoptamos el club de nuestros papás —o mamás, en menor medida—, en junio de 2019 propuse una encuesta informal desde mi cuenta de Twitter. Escribí la frase «Se hicieron hinchas de su equipo por…» y ofrecí tres opciones para completarla: «Influencia paterna o materna», elegida por el 68% de los votantes; «Tíos, hermanos, otros familiares», seleccionada por el 21%; y «Amigos, vecinos, otros», que sumó el 11%. Los participantes también agregaron, en los comentarios, influencias que calzaban en el «otros» de la tercera alternativa, como por ejemplo «el chico que me gustaba», «el color de la camiseta», «zona geográfica», «decisión propia», «influencia de un gran futbolista» y «lectura de revistas» —un listado de equipos campeones, la foto de un goleador colgado al alambrado—, pero el resultado mayoritario estaba claro: siete de cada diez ritualizamos el cuadro de nuestros padres.

Quienes seguimos ese legado no somos hinchas más legítimos que los disidentes familiares —voy al Monumental con más fanáticos que yo, como Coco Mazzucchelli, cuyo viejo es de Boca—, pero no conozco a nadie que no quiera trasvasarles los colores de su equipo a sus hijos: todos mis amigos futboleros de mi generación, o algo más jóvenes, se abocaron o se abocan a la transmisión de esa alquimia. Sin contar las obviedades como el rechazo a la violencia, esa endogamia es el único terreno en el
que no me interesa superar a los otros clubes. Ni siquiera competirles. Claro que desde el primer día hago todo lo posible para que Félix, ya de tres años y medio al entregar este libro, acepte mi descendencia futbolística, y también intento que los chicos y chicas cuyos padres son de River se sumen al linaje rojo y blanco de sus familias —a mis sobrinos Ine, Dante y Elena los saludo diciéndoles «gallinitas»—. Sin embargo, si un papá de Boca pretende que su hijo siga el azul y amarillo, yo me sumaré a esa causa, aunque sea bostera. Entiendo el fútbol como un sistema de castas en base a la elección de nuestros antepasados.

(…)

Llevé a Félix a la cancha por primera vez cuando tenía dos años y siete meses, el sábado 27 de octubre de 2018, en un partido de segundas marcas contra Aldosivi, una hendija de calma en la Superliga en medio de los cruces incandescentes contra Gremio por la Copa Libertadores —y con el desafío de colosos ante Boca ya prendiéndose fuego en el horizonte—.
Aunque entonces no advertí que dos semanas más tarde cumpliría 40 años de mi debut en el Monumental, aquella noche de noviembre de 1978 contra San Martín de Tucumán, es evidente que los dos encuentros —aunque separados por cuatro décadas— cumplían los requisitos que se estilan para estos casos. Sin contar los partidos de despedida a los ídolos, la ocasión ideal para estrenar a un chico en el fútbol es cuando el resultado no determina el ánimo del público, el rival no desprende ningún tipo de encono —a falta de hinchas visitantes en la actualidad, tampoco es lo mismo un equipo del interior que Boca o Independiente— y las tribunas están ocupadas por decenas de miles de espectadores, pero no a rebosar. También es necesario que acompañe la meteorología y esa mañana confirmé en el pronóstico que River-Aldosivi se jugaría durante una espléndida tarde de sol, el guiño primaveral que no se cumplió la primera vez que había pensado en llevar a Félix al Monumental, contra San Martín de San Juan el mes anterior, un sábado en que llovió desde temprano.

Cuando le conté de mi programa masculino para la tarde, Estefi —que solo me acompañó dos veces al Monumental, ambas en 2010, y no mostró interés en volver— reaccionó encantada. Del cabreo que había mostrado en los últimos tiempos contra River, o mejor dicho contra mi forma de vincularme a River, no hubo rastros. «¡Qué bien que la van a pasar!», me alentó con sincero entusiasmo. Es cierto que también me insistió para que nos ubicáramos en un sector de plateas y no en la popular, aunque la Centenario Alta a la que voy con amigos es la vieja cabecera visitante y no el lugar de la barra, y además me advirtió «Le llega a pasar algo a Félix y te estrangulo» —como si yo no me fuera a estrangular antes—, pero su energía positiva despejó algo de la intranquilidad que guardaba en secreto. Me desvivía por concretar mi propio plan, el que ansiaba desde hacía mucho, incluso desde antes de que supiéramos el sexo de Félix, pero a la vez sé muy bien que un estadio no es un jardín de infantes. Aunque hacía rato que no se desataban grandes altercados en el Monumental, la violencia está agazapada hasta su próxima reaparición en cualquiera de sus formas: interna entre barras, policías desbocados o los denominados hinchas «normales» que se enfurecen por efecto contagio. De hecho, el partido siguiente que debíamos jugar en nuestra cancha, la final de la Copa contra Boca —en un contexto infinitamente más caliente—, nunca comenzaría. Esa brutalidad latente a veces me sobresalta: espero no arrepentirme de mis intentos por inducir a Félix al fútbol.

De mis 40 años sobre el hormigón guardo recuerdos antojadizos. Cada tanto me pregunto qué habrá sido del espectador que sufrió un ataque de epilepsia en un momento muy inoportuno, justo cuando Roberto Trotta le convertía a Newell’s un gol de chilena que nos dejaba a un triunfo de ganar el Clausura 97: en la tribuna, dividimos la atención entre las convulsiones de aquel muchacho al que no conocíamos y la carrera iracunda de Trotta hacia Ramón Díaz, el técnico que no le aseguraba la titularidad. Con mis amigos de la Centenario nos seguimos riendo de cuando uno de nosotros, Maxi, se enojó con su hijo Manu, que actuó como emisario equivocado del Juan Aurich 4-Tigres 5 que escuchaba por radio y del que dependíamos para avanzar en la Copa 2015 —gritó un gol peruano cuando necesitábamos uno mexicano, mientras nosotros le ganábamos a San José de Oruro—. Nunca olvidé tampoco una huida a tiempo de Avellaneda tras un Independiente-River de cowboys, en diciembre de 1996, una tarde en la que ambas barras mancharon el asfalto de sangre, cascotes y vidrios: siete u ocho amigos nos zambullimos en el auto de tres puertas de mi vieja —un Fiat Spazio— y salimos arando hacia la otra orilla del Riachuelo. Pero durante mucho tiempo, además, continuó resonándome la frase que un nene le dijo a su papá en otro de esos partidos que solo parecen servir para que llevemos a nuestros hijos a la cancha por primera vez, contra Mandiyú por la Liguilla Pre Libertadores de 1991.

A mis 16, yo estaba tan lejos de ser padre que uno de los goles de aquel triunfo bajas calorías lo hizo Fernando Pucho Castro, entonces un delantero prometedor de nuestras inferiores y ahora papá de Alexis, el mediocampista que entre 2015 y 2019 jugó en Tigre, San Lorenzo y Defensa y Justicia. Eso también somos los hinchas: un viaje entre tres estaciones, de ser más jóvenes que los jugadores a ser más grandes que los técnicos y, finalmente, a ser mayores que los presidentes. Los partisanos de mi generación hemos visto debutar en Primera a unos púberes Gallardo, Almeyda y Astrada antes de que se convirtieran en entrenadores —y a Passarella hay que sumarle su posterior desventura como presidente—. A Diego Simeone puedo recordarlo primero como rival, después como técnico y finalmente como padre de Giovanni, uno de nuestros jugadores. Y si me preguntan por el paso de Higuaín en River, primero pienso en el Pipa original, Jorge, recio defensor a finales de los 80 y comienzos de los 90 —a quien siempre creí capaz de cumplir la frase de un central uruguayo, la de «mi vieja se pone una camiseta adentro de la cancha y también le pego»—, y más tarde en sus hijos Gonzalo y Federico, delanteros en el cambio de siglo. Me ocurre lo mismo con algunos árbitros: «mi» Lamolina es Francisco, el del «siga siga». Para recordar el nombre de su hijo, y eso que ya nos dirigió varios partidos, debo entrar a Google: Nicolás.

La frase que nunca olvidé de aquel River 2-Mandiyú 0 caído en la papelera de reciclaje del fútbol fue el puchereo que un chico de siete u ocho años le hizo a su padre: «¿Falta mucho para irnos, papi?». Como por la edad debía saber que un partido duraba dos tiempos de 45 minutos, básicamente no se trataba de un nene desinformado de las reglas sino desinteresado del partido: el Monumental no era el lugar donde quería estar. Los hinchas que estábamos a su alrededor nos reímos en voz alta pero en las capas subterráneas del padre que algún día iba a ser quedó registrada esa inquietud: que mi futuro hijo también se aburriera el día y el año en que pisara Núñez.

Algo de eso empecé a jugarme casi tres décadas después, el sábado de 2018 en que le cambié los pañales a Félix, lo vestí con una camiseta de River que le había regalado su prima Ine y descargué en el teléfono un par de videos para chicos. Terminé de decidirme después de haberle preguntado varias veces si quería ir a River y que en todas esas ocasiones me respondiera «ne», su forma de decir «sí». Estefi nos acercó con el auto hasta Libertador y Monroe, donde nos esperaba un amigo gallina, Eduardo García Pizarro. A Félix debió parecerle un planeta de extraterrestres o dinosaurios: cientos de camisetas de River —muchas violetas recién estrenadas— se movían por la calle y los personajes más achispados, latas de cerveza en mano, ya entonaban las primeras canciones. El calor y la falta de pedigrí del partido menguaban el paso apresurado de los grandes eventos, pero la muchedumbre igual aseguraba un sobresalto de estímulos.

Subí a Félix a mis hombros, recorrimos 300 metros por Lidoro Quinteros y apenas divisó las hamacas de la plazoleta Fleming me reclamó «uegos, uegos», sin fuerza para pronunciar la primera consonante. También festejó «¡ileta, ileta!» a la fuente con agua. Me hice el desentendido y un par de cuadras más adelante volví a simular que no oía a una policía que me ordenaba que bajara a Félix y lo llevara caminando de la mano: la universidad de la cancha equivale a un máster en hacerse el boludo. Ya sobre Figueroa Alcorta me topé con el cartel «Estadio Monumental, Antonio V. Liberti» que cuelga sobre la entrada a la tribuna Centenario y le dije a Edu, a diferencia de mis cientos de partidos previos, que nos sacáramos una selfie. Nadie fotografía la rutina y quienes asistimos seguido al Monumental no nos detenemos en un letrero tan cotidiano como el humo que rodea a un puesto de choripán, pero si recurrí a una foto excepcional fue porque la presencia de Félix lo era. Al día siguiente la convertiría en la imagen de fondo de pantalla de mi celular: Eduardo viste la camiseta alternativa que usamos en un único partido oficial, contra Cipolletti en el Nacional 1985, Félix se entretiene con una calcomanía de Paw Patrol en la mano y yo estoy tan orondo que no debería caber en esa chomba negra, naranja y roja de River. Es una foto en la que hay mucho: sangre, amistad y River.
Entre bufidos de panzones y no tan panzones —«Esta cancha está cada vez más arriba», «cada partido le ponen más escaleras» o «vendamos a un suplente y pongamos ascensor»—, trepé con Félix en brazos los 115 escalones que nos llevaron hasta el pasillo interno de la Centenaria alta. Al fin habíamos quedado enfrente a la tribuna, ese momento que algunos padres filman y comparten en redes sociales, acaso el culmen de una tarde en la cresta de la paternidad. El de un chico que descubre la cancha del Sheffield Wednesday de Inglaterra se hizo viral: el papá le cubrió los ojos con sus manos, avanzó unos metros como si estuviesen jugando al gallito ciego y le destapó la mirada cuando ya estaban en el interior del estadio. El nene reaccionó con la espontaneidad de sus dos o tres años, esa edad sin pudores en la que abrimos la boca cuando nos emocionamos. A Félix no le oculté la visión ni lo grabé cuando, a sus dos años y siete meses, quedó en medio de una de sus primeras inmensidades. Allá abajo se desplegaba una enorme alfombra verde de césped, los jugadores que acababan de salir a la cancha se movían a la espera del comienzo del partido y los carteles de publicidad en el perímetro del campo de juego llamaban la atención con su bombardeo de luces. Acá arriba estábamos rodeados por un ambulatorio de fanáticos, la explosión de colores, las banderas colgadas, los ruidos multiplicados y algunos papelitos que se sostenían en el aire como si desafiaran la ley de gravedad. En esos cinco segundos en que descubrió y absorbió la barahúnda del Monumental, Félix fue abriendo sus ojos y separando sus dientes como aquel chico inglés del video, o mejor aún: se rió como si acabara de ingresar al set de filmación de sus dos grandes pasiones de entonces, la pista de carreras de Cars o la zona de juegos de Pocoyó. Faltaban pocos días para que Lucas Pratto le hiciera a Boca un gol sacando de mitad de cancha pero en ese momento conseguí lo que los relatores llaman «gol tempranero o madrugador». Arrancaba ganando 1-0 mi partido, y no a Aldosivi precisamente.

A mi manera, me había preparado para ese momento en los últimos meses: les comentaba a amigos, conocidos y no tan cercanos que faltaba poco para el día en que llevara a Félix a la cancha por primera vez. En un salón de juegos me crucé después de varios meses con Diego Moranzoni, colega de Huracán y padre de Amaro, que había sido compañerito de Félix en sala maternal el año anterior, y enseguida me contó —y nos reímos juntos— de la tarde en que conoció el Palacio Ducó, en un 1-0 a Independiente a inicios de los 80, cuando a sus cinco años no sabía que debía gritar gol —justamente— en el momento del gol. Recién comenzó a festejarlo ya a destiempo, varios segundos después, y entonces aprendió que los goles se gritan cuando se convierten. Ese tipo de bautismo es un asunto más intrincado de lo que imaginaba: Hernán Lascano, periodista, escritor e hincha de River, me contó que en su debut en el Monumental, en medio de un trepidante 3-3 ante Gimnasia por el Metropolitano 1973, preguntó por qué los futbolistas no repetían la jugada de los goles. «Yo tenía cinco años y me acuerdo de que mi tío Roberto, que estaba al lado de mi papá, se reía mucho al escucharme», me dijo. Federico Kotlar, colega de Atlanta, relató un estupor similar en su libro Atlanta, una historia de valientes: «¿Y la repetición?», preguntó después de haberse perdido el único gol del partido porque estaba jugando con un primo en la tribuna, sin importarle que lo hubiera anotado el equipo rival, Quilmes. Ale Wall, amigo de Racing, me contó el extracto de realidad que le hizo a su hijo mayor, Camilo, entonces de cuatro años, en un clásico contra River de 2011: hacerle pasar por válido un gol de Teo Gutiérrez, todavía delantero de la Academia, que en verdad había sido anulado por posición adelantada: «Perdimos 1-0 pero conseguí hacerle creer que habíamos salido 1-1».
Aunque no había sido en una tribuna sino en nuestra casa, a través de la televisión, ya era habitual que Félix repitiera el festejo que yo le había enseñado para que compartiéramos los goles de River, solo que todavía no discernía qué equipo los convertía: más de una vez, al oír el estrépito de los relatores, corrió para abrazarme en lo que había sido un gol de Boca. Las reacciones de los chicos que descubren el fútbol no solo son fabulosas en los goles. Otro amigo gallina, Mariano López, suele recordar el enojo de su hijo menor durante su primera vez en la cancha, un partido de Primera B entre San Telmo —el equipo de su barrio— contra Sarmiento: Marco, que tenía tres años, pensó que su papá lo había llevado para que jugara con otros nenes, no para mirar un partido de adultos. De la experiencia de otro colega gallina, Guido Glait, entendí que el repertorio de la tribuna dispara la curiosidad y el aprendizaje de vocabulario de los chicos: su hijo Manuel le preguntó a los cinco años cómo hacían los hinchas para acordar cantar las mismas canciones al mismo tiempo. A los siete Manuel pasaría a realizar preguntas más específicas, como qué significaba «Boca, te volvimos a coger». La concesión del padre sería muy pragmática: «Solo se pueden decir malas palabras cuando miramos fútbol en la cancha o en la tele». Pero tampoco así resulta fácil. «Papá, no entendí nada, ¿tenemos que alentar o no a los paraguayos? », le preguntó Andrea Vicenzo, de 11 años, a su papá Franco Bronzini, confundido porque le gritó «dale, paragua» a Néstor Ortigoza, el líder de su equipo, San Lorenzo, en la antesala del penal con el que el mediocampista argentino nacionalizado paraguayo definiría la Copa Libertadores 2014 contra Nacional de Asunción, tras largos minutos en los que mi amigo había insultado a los rivales paraguayos.

Con mi hijo no tendría ninguno de esos diálogos cuando volvimos a subir, esta vez por los escalones de la tribuna, hacia lo más alto del estadio, al rincón donde vemos los partidos con nuestro grupo de amigos, al lado del paraavalancha donde había pensado por primera vez en Félix dentro del Monumental, aquella noche de la definición de la Copa 2015 en que Maxi me preguntó por el Burguito. No pretendía que un chico que recién había cumplido dos años y medio entendiera el espectáculo que acababa de comenzar sino que registrara mi centro de gravedad, el lugar desde donde miro buena parte del mundo. Lo único que Félix decodificaba del fútbol era «pelota», «gol» y «Dive», «Ive», «Iver» o algo así, su balbuceo cada vez que en el televisor detectaba cualquier jugada de cualquier equipo —no solo de River— y en la calle nos cruzábamos con camisetas rojas y blancas. Es posible que un estadio también sea una guardería para adultos pero en este caso solo estuve atento a Félix y al resto de los chicos de su edad que, acompañados por sus padres, habían trepado hasta la parte superior del Monumental. Un papá le mostraba el estadio a su hijo, de cinco años, con frases como «mirá, allá informan el tiempo del partido», en referencia al cartel electrónico que asoma sobre la Sívori. Una nena ligeramente mayor no parecía tan entusiasmada: se acostó a lo largo de un escalón y pronto se quedó dormida, como había hecho yo en mi debut contra los tucumanos, a mis cuatro años. Otro chico parecía haberle manifestado a su papá el mismo aburrimiento que aquel del partido contra Mandiyú en 1991 porque, antes de los 20 minutos, padre e hijo comenzaron a descender las tribunas hacia la puerta de salida.
Las primeras veces no siempre son idílicas, sin embargo Félix aguantó durante el primer tiempo como el campeón de América que había nacido en marzo de 2016, cuando nuestra Copa 2015 estaba en vigencia, y que volvería a ser en los 43 días que faltaban para la final contra Boca en Madrid. El dron de un canal deportivo que no tiene los derechos de la Superliga volaba por encima de nosotros para grabar las tribunas durante su transmisión radial en tele y Félix comenzó a llamarlo «globo, globo». Cada 5 minutos detectaba los Boeing 737 o los Airbus 320 que llegaban del norte en dirección a Aeroparque y los señalaba festivamente: «Avión, avión». Enseguida decodificó a qué se dedicaba un vendedor de gaseosas que pasaba
con su bandeja chorreante por las cabezas de los hinchas y me pidió «Agua, agua». Aunque nunca lo supo, porque tomó con pajita y no le saqué la tapa al vaso (y porque debía estar rebajada al 50%), fue la primera vez que probó gaseosa. «Ah, corte sano el pibe», festejó Yamila Maller, una amiga de la tribuna. El fútbol es una terapia en la que no cantamos sino que gritamos, exorcizamos, y de tanto oír palabras que se repetían como ráfagas de metralleta fue, también, la primera vez que balbuceó «boludo».

Así como de mis inicios en el fútbol solo recuerdo el comportamiento de la gente, Félix tampoco le prestó atención a la lucha que libraban los jugadores allá abajo, lejísimos de nosotros. Algún día sabrá que en su estreno, a pesar de la formación alternativa que Gallardo dispuso para preservar figuras para la revancha contra Gremio, igual jugaron héroes modernos como Armani, Enzo Pérez, Nacho Fernández y Pratto. Félix tenía ganas de explorar, de moverse, y cuando amagó a corretear por nuestro escalón hacia el centro de la tribuna decidí entretenerlo con el video que le había guardado en el teléfono. Si allá abajo el pibe Cristian Ferreira entraba por el lesionado Nicolás De la Cruz y otro pibe, Julián Álvarez, esperaba su turno para ingresar en el segundo tiempo, acá arriba un chico —al lado nuestro— miraba El Hombre Araña en la pantalla de su papá y Félix pasó a divertirse con Pocoyó. Con mi cuerpo le proyecté una sombra que lo protegiera del sol que caía como piedrazos en diagonal y durante un puñado de minutos le presté atenciónal partido, hasta que ocurrió lo inevitable: ya cerca del entretiempo, totalmente ajeno al 0-0 parcial, Félix empezó a decirme «Vamo, vamo, papá». Daba por descontado que en algún momento perdería la pulseada contra la siesta que solía dormir cada tarde y bajamos al pasillo interno del estadio, donde yo intentaría ganar tiempo para volver a la tribuna más tarde.

Félix jugaba con piedritas en la explanada cuando, al terminar el primer tiempo, cientos de hinchas llegaron para refugiarse del primer calor fuerte de la primavera. A veces logramos detenernos unos segundos, mirar alrededor y sacarnos fotos simbólicas, como si congeláramos un cuadro de época: mientras unos pibes y pibas hablaban de su reviente de la noche anterior —como yo había hecho decenas de veces en el Monumental—, ahora me tocaba cuidar a mi hijo en el lugar al que siempre quiero volver. Habría inmovilizado esa imagen pero Félix, ajeno a mis abstracciones, insistió en su «Vamo, vamo, papá» y me resigné a bajar por las escaleras hasta el nivel de la calle. Fue entonces cuando el hincha que llevo dentro se plantó, detuvo la salida y forzó un último intento para otear aunque solo fueran unos pocos minutos del segundo tiempo que acababa de arrancar.
Tendríamos recompensa inmediata porque, apenas volvimos a subir, ya estábamos a pocos metros de la boca de acceso cuando un rugido brotó desde el vientre del estadio: el pibe Ferreira había sacudido el arco de Aldosivi con el primero de los varios golazos que anotaría en los meses siguientes. Subí a Félix entre mis brazos y le dije «gol de River, gol de River» como tantas veces habíamos jugado en casa, solo que esta vez era real y estaba ocurriendo, en vivo, del otro lado del cemento. Apuré el tranco y, al chocarnos con los hinchas amuchados en la entrada a la tribuna, lo levanté sobre mi cabeza para que pudiera ver los festejos del 1-0. No era, claro, un gol de abrazos sostenidos, de esos que generan electricidad y te llevan a apretujarte con desconocidos, pero algunos se daban una palmada, otros extendían sus brazos al cielo y todos soltaban una mueca alegre, primaria, infantil, como cada vez que nuestro equipo convierte y volvemos a ser los niños que llevamos dentro y ya tienen sus años. ¿Félix? Un gol es contagio y Félix también se rió. Quiero que sea gallina aunque River gane: nuestro equipo sobrepasa cualquier resultado.

Otros libros

Diego dijo

El último Maradona

El partido

La final de nuestras vidas

Ser de River