Ser de river

En las buenas y en las malas

Agonía, descenso y resurrección desde la tribuna.

2011

Año

Sudamericana

Editorial

Primer capítulo

¿Cuándo fue que se jodió River? ¿Cuándo fue que nos jodieron? Me lo pregunto mientras salgo de mi casa y transito lo que siempre fue un recorrido invencible: cruzo Cabildo, camino por Congreso, me infiltro entre los primeros hinchas, doblo en Libertador, rodeo el barrio River, llego a Udaondo, paso por la iglesia frente a la que creo haber agradecido alguna vuelta olímpica y veo el Monumental. Cómo se puede destruir lo indestructible, puteo, ya abducido por el movimiento de la calle, una multitud con el paso tenso y urgente como si estuviéramos por jugar la final del mundo. O como si el final del mundo estuviera por jugar contra nosotros.
River comienza la temporada 2010-2011 último en la tabla de promedios, 8 puntos detrás de Arsenal y Gimnasia, a 10 de Tigre y a 14 de Huracán. Es domingo 8 de agosto de 2010 y el debut contra Tigre será el primero de los treinta y ocho partidos de una pelea injusta: hay que ganarle una pulseada al pasado. ¿Cuándo se iniciaron nuestros males?, ¿cuál es la fecha fundacional de nuestra desgracia? ¿El 1º de septiembre de 1971, cuando José María Aguilar tenía 10 años y se hizo socio de River? ¿Cuando, en la década del 70, se hizo fanático y veía todos los partidos desde la popular junto a sus amigos de Villa Urquiza, Ramiro Castro y Daniel Bravo, también ellos futuros dirigentes? ¿Cuando en 1982 comenzó su carrera política en la lista de Hugo Santilli? ¿Cuando en 1989 asumió como vocal suplente? ¿Cuando en 1996 se convirtió en secretario general? ¿Cuando en 1999 anunció que sería candidato a presidente? ¿Cuando en 2001 ganó las elecciones con el 56% de los votos e inició su primer gobierno de cuatro años? ¿Cuando en 2005 fue reelecto con el 52% hasta 2009? ¿O la historia de esta agonía comenzó en el impreciso momento en que Aguilar y Mario Israel, amigo personal y secretario de sus dos gestiones, empezaron a incorporar jugadores clase B y C en un tipo de transferencias que resultaron más convenientes para los empresarios que intervinieron en las operaciones que para nuestro beneficio deportivo?
En la primera fecha nos toca Tigre; en la segunda, Huracán; y en la tercera, Independiente; pero en todos los partidos tendremos que jugar, además, contra el prontuario que nos dejaron Miguel Paniagua, Mariano Barbosa, Robert Flores, Facundo Quiroga, Oscar Ahumada, Gustavo Cabral, Omar Merlo, Gustavo Canales, Nicolás Sánchez, Rodrigo Archubi, Mauro Rosales, Santiago Salcedo y Cristian Fabbiani. Hay que superar a rivales, derrotar arqueros y eludir al legado espectral de los planteles que en las temporadas 2008-2009 y 2009-2010 sumaron 41 y 43 puntos.
Dos cuadras antes de llegar al estadio, sobre Udaondo, entre Libertador y Figueroa Alcorta, la muchedumbre que se trepa por las veredas y sacude las calles se ralentiza y mira hacia la izquierda: la policía tiene retenido a un grupo de doscientos barrabravas. Están inmóviles, contra la pared del club Tiro Federal, de espaldas a la calle, y con las manos en la cabeza. Algunos de los hinchas que caminan hacia la cancha se detienen para sacarles fotos con sus celulares. Declaran a la escena de interés turístico. Los barras demorados los miran de reojo y los apuran: “Qué sacan, putos”.
—Son los de la Banda del Oeste —es el cuchicheo que repiquetea de oído en oído.
—¿Quiénes son los de la Banda del Oeste? —me pregunta mi novia, Estefanía, hincha nominal de River que viene a la cancha por primera vez, sospecho que con el mismo interés de ver el partido que a Matías Almeyda, su amor platónico de la adolescencia.
—Es una fracción de la hinchada que está peleada con otra a la que llaman la Barra Oficial, que es la que tiene el poder de Los Borrachos del Tablón. Quieren entrar a la cancha pero la policía no los deja. La Barra Oficial tiene el apoyo de los dirigentes oficialistas. Los del Oeste, de los opositores. Si entran, hay quilombo seguro —le explico.
El 75% de los hinchas demorados son muy fáciles de identificar, porque tienen una camiseta blanca con una inscripción delatora: “200 guerreros vuelven”.
—¿Y por qué esa camiseta? —le pregunto diez metros más adelante, frente a la estación de servicio de la esquina del Monumental, a un periodista que sigue el día a día de River.
—Porque no se conocen todos entre ellos. Es la única manera de saber que son del mismo grupo —me responde.
Diez minutos después, la policía resuelve expulsar a los barrabravas y los sube a un camión para que emprendan la retirada. La Banda del Oeste acepta la derrota, pero promete regreso y venganza: “A todos los traidores los vamos a matar”.
La Barra Oficial. La Banda del Oeste. Sólo una parte de nuestra jerga autodestructiva de los últimos años. Palabras y frases que por sí solas suenan abstractas, jeroglíficas, pero que en conjunto grafican el desangramiento. La Batalla de los Quinchos: pelea fratricida entre Adrián Rousseau y los hermanos William y Alan Schenkler en febrero de 2007, en los quinchos del club ubicados detrás del estadio. La Batalla del Playón: pelea entre los dos bandos por el control de la hinchada en mayo de 2007, en el playón del Monumental. La Batalla del Fortín: pelea con cuchillos entre la barra oficial y la Banda del Oeste antes de un River-Arsenal en marzo de 2008, en la cancha de Vélez. En el medio, la tragedia: el asesinato de Gonzalo Acro, baleado un martes de agosto de 2007, a la salida de un gimnasio de Villa Urquiza. ¿Debería explicarle a mi novia el resto del acervo cultural riverplatense de estos tiempos? ¿Entenderá ella, entenderé yo, cómo jodieron a River? Sobreprecios en obras, venta de juveniles a empresas externas, familiares de dirigentes con sueldos de lujo, barrabravas a sueldo, trato preferencial hacia empresarios sospechados, pago de comisiones más altas de lo habitual, intermediarios favoritos, denuncias de blanqueamiento de dinero, contratos obscenos, censura desde los medios, deshonestidad, inmoralidad, mala praxis, derroche con el dinero del club como nadie haría con el dinero propio, jugadores que dicen no ganar lo que firman, peajes en el medio, presupuestos insólitos, grupos económicos paracaidistas, presentaciones judiciales por malversación de fondos y administración fraudulenta, caja negra, concesiones de negocios sin llamados a licitación, pasivos astronómicos, deudas bancarias, cheques rebotados, empresas fantasma, direcciones que no existen, correos electrónicos que rebotan, desperdicio de 267 millones de dólares ingresados por transferencia de jugadores, empleados que carroñan porcentajes de los pases de los chicos de inferiores, dirigentes que multiplican los millones que no tenían cuando llegaron al club, déficit operativo asfixiante, contratos cobrados con cuatro años de adelanto, goteras en la concentración, inferiores sin pelotas para entrenar, personal ejecutivo con sueldos de 50 mil pesos. Nuestro nuevo vocabulario.
Faltan diez minutos para que empiece el partido y tengo dos credenciales de periodista. Podría, debería, ir al palco de prensa, en la platea Belgrano media. Pero quiero que mi novia conozca el agite del Monumental.
—Vamos a la popular —le digo.
Al pie de las escaleras caracol nos detiene el encargado de seguridad.
—Flaco, estás loco si subís con ella. Arriba está muy denso el tema. Hacé lo que quieras, pero yo te recomiendo que vayas a la platea que te corresponde.
Nos lo sugiere mientras la gente, a nuestro alrededor, se choca en los accesos. River es la fidelidad en la desgracia. Y también la felicidad en la desgracia. El club, el equipo, los jugadores, todo eso de adentro, baja, baja y baja, y todo lo nuestro de afuera sube, sube y sube. River salió último en el Apertura 2008, pero fue el equipo que vendió más entradas en el año. Y en los tres torneos siguientes se repitió la dualidad: 8º en el Clausura 2009, 14º en el Apertura 2009 y 13º en el Clausura 2000, y siempre primero en recaudaciones. River dejó de importarnos y pasó a desesperarnos: es la primera fecha y el Monumental está más lleno que en algunas de las vueltas olímpicas que dimos en la década del 80 y a comienzos de los 90. Las plateas Sívori, Centenario y San Martín y Belgrano altas tienen colapsados hasta los pasillos.
Venimos de tolerar dos temporadas de piel y hueso. De concebir ídolos hiperbólicos. El Ogro Fabbiani fue el paroxismo: vendía máscaras sin debutar. Fue la consagración de un malentendido, el fracaso más estrepitoso. De alentar a jugadores que son atendidos como si fueran niños caprichosos: terminan de practicar, regresan al vestuario y se zambullen sobre una bandeja de golosinas y de frutas que acaba de colocar un empleado. Chicles, manzanas, naranjas y bananas traídas por un proveedor exclusivo. Futbolistas que se quejan por la marca de fideos en la concentración y a quienes les cuelgan hasta los calzoncillos en sus casilleros. Un vestuario reciclado en un spa desde hace mucho tiempo: cuando Nelson “Pipino” Cuevas se llevó los botines a su casa para lavarlos por su cuenta, en 2003, lo miraron como a un loco. “Acá en River estamos mal acostumbrados”, respondió quien volvía de jugar a préstamo en un torneo que no acepta veleidades: el de China.
Contra Tigre perdimos en el juego y ganamos en el resultado: 1 a 0. Mi novia no me pidió volver. Tal vez la decepcionó la formalidad del palco de prensa o tal vez Almeyda movía su melena más lejos de lo que fantaseaba. Adonde yo encontraba aventura ella veía hastío: fue el comienzo de una tergiversación. La cancha es expulsiva para cierta gente, sobre todo la primera vez. Tiene un elemento que resulta hostil, amenazador o directamente intrascendente. Pero es la geografía que determinaría mi año. Esa brecha se amplió hasta divergir en dos mundos diferentes. Los últimos partidos de la temporada me atormentaban mientras ella insistía en que el fútbol es aburrido. Que mi obsesión sea su indiferencia nos enriquece, nos hace estar juntos.
A Huracán, en Parque Patricios, también le ganamos 1 a 0. La peregrinación llenaba estadios: las 10 mil populares se agotaron dos días antes. Muchos compramos
una general local para entrar a la tribuna visitante. A Independiente, con populares agotadas tres días antes, le ganamos 3 a 2. Conseguir entradas de visitante se convirtió en una misión incómoda. Contra Argentinos, a la fecha siguiente, se empezaron a vender a las 6 de la mañana del viernes.
A las 4.45, Buenos Aires está vacía y al Monumental se llega rápido. Un par de diarieros hacen el reparto en bicicleta y algunos madrugadores esperan el colectivo. El resto es oscuridad y frío. Cruzo Libertador, paso a un par de hinchas con camperones de River que caminan hacia la cancha, acelero sobre Lidoro Quinteros y me pregunto para qué estoy llegando tan temprano. Pero estaciono, enfilo por Figueroa Alcorta y el movimiento alrededor de las boleterías tiene nervio: el lugar es una romería, y lo que se produce es una escena anómala, por la hora y porque el resto del mundo duerme. Deben ser 1.200, 1.500, 1.800 hinchas. De a grupitos, solos, dentro de la cola o por fuera, recorriéndola, oteándola, husmeando algún tipo de oportunidad. La periferia del Monumental es un apéndice vivo de una ciudad en letargo. ¿Cuántos lugares condensan tantas personas a esta hora? ¿La guardia de un hospital? ¿Constitución? ¿Retiro? ¿Un boliche? ¿Un puterío? Difícil. El signo vital de Buenos Aires es River.
Los primeros llegaron a la medianoche y la fila india se despliega contra la ligustrina del club Hípico. Algunos trajeron frazadas y, dicen bostezando, pudieron dormir de a ratos. Alrededor de ellos hay cucarachas, pero ni las miran. Nada los distrae de lo que vinieron a hacer: conseguir una entrada. Otros trajeron vino en cajita y están entusiasmados, de pie: hablan de viajes al interior, de banderas robadas y de pasos fugaces por comisarías. También hay punteros políticos de pequeñas agrupaciones desesperadas para que al presidente Daniel Passarella le vaya mal.
—Este bostero es un desastre, mirá lo que es esto. Está haciendo todo para el ojete. Al final es peor que Aguilar. La gente lo va a terminar echando, acordate lo que te digo —me dice el líder de un grupo de cinco hinchas, buscando mi aprobación.
—Un bardo —lo consiento, pero el aspirante a dirigente ya no me mira. Ahora está preocupado por la cantidad de entradas que podrán conseguir entre los suyos.
—¿Y vos cuántos carnets trajiste? —le pregunta a uno de sus muchachos.
—Cuatro.
En un rato supuestamente se pondrán en venta las 4.000 populares, una por socio, que cedió Argentinos, pero ya todos sabemos que no se cumplirá ninguna de los dos condiciones: en boleterías estarán disponibles menos entradas que las anunciadas y quienes tengan más de un carnet pasarán de ventanilla en ventanilla. A doscientos metros de donde comienza la fila, ya muchos sospechamos que no conseguiremos lo que vinimos a buscar. El grupito que estaba al lado mío tiene contactos, vieron a otro amigo y se infiltraron más adelante. También llegan algunos de Los Borrachos del Tablón. Son de la Barra Oficial pero de segunda y tercera línea, dicen acá atrás. Actúan como fiscalizadores, se cuelan y dejan de colarse cuando se les antoja. También hay algunos policías y personal de seguridad privada, pero la ley de la fila no les corresponde. Empieza la venta y el hormigueo humano no se mueve. Cada vez hay más colados, un par de empujones, y se cae una reja, y un pibe se quiebra o eso es lo que grita mientras se retuerce sobre el asfalto, y a las 8 de la mañana la venta termina. La reventa empezó hace rato.
El domingo, en La Paternal, eludí un par de controles y llegué a la esquina de la cancha, en Boyacá y San Blas. Había llevado 50 pesos para no dejarme tentar: no quería pagar los 100 que el viernes pedían por una popular, contra los 40 del precio original.
—Te la dejo a 100 —me ofreció un tipo haciéndose el ilegal, como si realmente le preocupara que a diez metros nos mirara un policía.
—Tengo 50.
—A 50 no puedo. A 80 está bien.
—Pero no tengo.
—Chau.
River sale a la cancha, los papelitos para saludar al equipo caen por lo alto de Boyacá y por el costado de San Blas, donde no hay tribuna, y otro muchacho se acerca.
—Tengo dos entradas —me dice.
—Estoy solo.
—Te vendo una.
—¿A cuánto?
—A 35.
La miré, la palpé, no parecía falsa y en mi emoción le respondí: “Dale, a 40 está bien”. Desperdicié el milagro de comprar en reventa a un precio más bajo que el oficial, pero qué importa. La entrada era auténtica, pasé los molinetes, subí cinco escalones y choqué con el campo de juego. A ras del piso, con el sol en contra, y al lado de un corner, lo que mejor vi durante 90 minutos fue el alambrado. Del partido mucho no me enteré, pero a la cancha no vamos para ver fútbol. Vamos para ser de River. Empatamos 0 a 0.

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