Un relámpago de eternidad sobre el Azteca

Extracto de “El partido, Argentina-Inglaterra 1986”

El 22 de junio de 1986, Buenos Aires amaneció con el estereotipo climático que suele adjudicársele a Londres: nubes, lloviznas, poca visibilidad, frío. De ese domingo, entre las 15 y las 17 de Argentina, hay fotos de calles desiertas y asfalto húmedo en la capital: postales de una ciudad en estado de cuarentena. Los diarios de la mañana anunciaban el partido con Inglaterra y el levantamiento de la huelga que había puesto en jaque a los vuelos de Aerolíneas Argentinas durante la semana. El presidente de la compañía, Horacio Domin-gorena, portaba un mensaje optimista: «La empresa está dando su-perávit». La ley de divorcio, cerca de aprobarse, era otro tema en el ojo del huracán: Carlos Saúl Menem, futuro presidente de la Nación, se oponía al proyecto y confirmaba su asistencia a la mar-cha en contra de esa ley que se realizaría el 5 de julio. Los obispos presionaban para que el Congreso no promulgara la ley antes de la llegada del Papa Juan Pablo II, en abril de 1987. Las páginas deporti-vas informaban que Francia había eliminado a Brasil del Mundial en un partido que debería ser exhibido en los museos de arte moderno, que Huracán le había ganado a Deportivo Italiano en su anteúltimo estertor antes de descender por primera vez en su historia, que el SIC había sido más que el CASI en el clásico de rugby adelantado un día para que no coincidiera con el Argentina-Inglaterra, y que la tenista Martina Navratilova había despachado a Helena Sukova en la final de Eastbourne. De los clubes grandes había poca cosa: Independiente transpiraba su pretemporada en La Rioja.

El mundo siguió girando en las primeras horas del 22 de junio de 1986. Durante la mañana, el mediodía y el comienzo de la tarde, en las radios se habló del triunfo de Los Pumas ante New South Wales Country en su gira por Australia, de la victoria de Ayrton Senna y su Lotus negro en el Gran Premio de Detroit de Fórmula 1, del festejo de Oscar Castellano a bordo de un Dodge en el Turismo Carretera de Santa Teresita, de la goleada de Central Norte a Juventud Antoniana en el duelo de guapos salteños que valía por un pasaje a la primera edición del Nacional B — que arrancaría después del Mundial— y de la muerte de cinco brasile-ños en Río de Janeiro durante los incidentes que le siguieron a la eliminación de su seleccionado en México.

Pero todo eso — todo— será tinta usada, chiquitaje, a partir de las 13:12 de México, las 16:12 de Argentina, minuto más, minuto menos, cuando algo grandioso va a ocurrir.

Entre el primer gol de Argentina, a los cinco minutos del segundo tiempo, y el segundo, a los nueve, el partido parece jugarse en otra dimensión, como si un zumbido lo hubiera invadido todo, con futbolistas de andar errabundo. Tal vez por eso Bennaceur comete un desliz en el prólogo del segundo gol. Dicho así, parece una herejía: solo un sacrílego podría sugerir una ayuda arbitral en la mayor creación de un hombre con la pelota en sus pies. Sin embargo, el fallo de Bennaceur no se produce durante el zigzagueo de Maradona, sino en el acto previo: Argentina recupera la pelota gracias a una falta no cobrada de Batista sobre Hoddle.

Solemos ver el gol desde que Maradona recibe de Enrique, todavía en el campo argentino, y elude a Beardsley y a Reid. Es el momento en que Víctor Hugo Morales relata: «Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial». Pero nada de eso debería haber sucedido: Bennaceur debió haber cobrado tiro libre para Inglaterra y entonces Batista no hubiera recuperado la pelota para cedérsela a Enrique y este, a su vez, a Maradona.

Tan solo con eso, la historia habría sido distinta.

—Fue una jugada en la que yo hago falta, bah, no es falta, le quito la pelota y medio que lo tiro al inglés, y la agarra el Negro Enrique — dice y se desdice Batista— . Después Enrique empieza a jugar y se la da a Diego atrás de mitad de cancha.

«Fue un gran gol pero nunca lo debieron haber permitido — se queja Shilton en su libro— . Antes de que Maradona iniciara la jugada, Hoddle fue fouleado a la altura del muslo. Por qué el árbitro no cobró lo que era una clara falta, nunca lo sabré. La pelota cayó en Maradona y el resto es historia.»

«No lo quise decir en su momento porque habría parecido que lloraba después del mejor gol del Mundial — dice Robson en Tan cerca y tan lejos— , pero si se rebobina la jugada puede verse que todo comenzó en una falta a Hoddle. Le barrieron las piernas.»

Entonces el Azteca se alumbra, como si el resto del mundo quedara a oscuras. Maradona surca el césped y nadie lo detiene: 52 metros, 44 pasos, 10,6 segundos, 14,4 kilómetros por hora, 12 toques con la pierna izquierda, cinco ingleses eliminados en una persecución autodestructiva (Beardsley, Reid, Butcher, Fenwick y Shilton, los capitanes Ahad del Azteca), y otros dos rivales que quieren acosarlo pero no lo alcanzan (Hodge, al comienzo de la jugada, y Stevens, al final). En la lista de engañados también deberían incluirse dos argentinos, Valdano y Burruchaga, que por decisión de Maradona cumplen el rol de señuelos para despistar a los rivales, siempre a la espera de un pase que no llega. ¿Cómo es ser partícipe secundario de la jugada de todos los tiempos? ¿Cómo se disfruta — y cómo se tolera— la bomba atómica de los goles?

— Yo recibí la pelota de Batista. Si la hubiera tirado a un cos-tado, era lateral para Inglaterra pero no, no lo hice, y se la pasé al mejor — dice Enrique— . No soy boludo eligiendo, elegí al mejor.

— Lo que me dejó asombrado de Maradona es cómo quería la pelota todo el tiempo — recuerda Fenwick— . No le importaba la tensión o dónde era la jugada: siempre quería la pelota, era valiente. Nunca me había encontrado con alguien así, estaba en un planeta diferente. Era muy pequeño pero ancho. Era un bastardo fuerte.

«Cuando Maradona comenzó la jugada — cuenta Reid en su libro— , yo estaba ahí, pero él giró entre mi posición y la de Beards-ley. La gente dijo que si yo no hubiera estado lesionado, podría haberlo agarrado, pero no había forma. Ese partido jugué con dolor en el tobillo. Después me hice un estudio y surgió que tenía una fractura por estrés. El efecto de la emoción, la adrenalina y la atmósfera del Azteca es increíble: jugué con una pierna rota.»

«Cuando tomó la pelota, Maradona estaba de espaldas a mí — escribió Hodge— . Hizo una vuelta para sacarse de encima a Reid y a Beardsley y se escapó. Fue raro, pero yo no tuve otra marcha para retroceder y alcanzarlo. No pude. Igual pensé que, por el mal estado del campo de juego, todavía le quedaba un largo camino hasta nuestro arco.»

Maradona comienza su unipersonal con tres toques, una pisa-da sobre la pelota, un giro de bailarín y abracadabra: atrás quedan Beardsley y Reid. El primero, como buen delantero, no defiende con tanta determinación: pronto se desentiende de la jugada. En cambio Reid, mediocampista y con obligaciones de marca, no se resigna y comienza a perseguirlo. Maradona juega en una ley de gravedad diferente. Tampoco toca la pelota, la galvaniza. Su próxima barrera es Butcher, el primer defensor que lo recibe en territorio enemigo, como si fuera un guardia real que custodia el palacio de Buckingham.

«La mano de Dios fue una cosa anormal. Yo me quedé más enojado por el segundo gol porque me eludió a mí — reconoció Butcher a Daily Mail, en noviembre de 2008, y a Four Four Two, en febrero de 2009— . Eludió a todos los jugadores ingleses una vez, pero a mí me eludió dos. Pequeño bastardo. A mí me eludió al comienzo y al final, pero culpo a otros jugadores. Reid corrió todo lo que pudo, casi que terminó saliendo del estadio de tanto correr.»

— Veo que Diego deja en el camino a dos o a tres ingleses, y se le aproxima un defensor medio pesado, Butcher — dice Giusti— . Entonces lo veo a Valdano, solo por la izquierda, y yo quiero que Diego se la pase a Valdano, pero no se la pasa. Yo pensaba: «Este hijo de puta no se la da», y seguía sin dársela.

— Hablan de una velocidad centelleante en el segundo gol, y no es así — dice Signorini, el preparador físico de Maradona— . Diego tardó 11 segundos en 52 metros, una marca atlética malísima. Si ponés en una misma línea a los cinco ingleses a los que eludió, y los hacés correr 50 metros, Diego llega último. Pero en el fútbol la velocidad es freno, engaño, giro, te doy la pared pero no te la doy, no es velocidad atlética. Diego no pensaba, era instinto, rapidez mental a la velocidad de la luz, un pensamiento de rayo.

Ya con Beardsley, Reid y Butcher en el espejo retrovisor de la jugada, a Maradona le queda la trinchera final antes de filtrarse en el área: Fenwick es el último guardián del Imperio. Aunque solo veamos una ciclópea obra individual, Maradona también se apoya en el juego colectivo para construir su jugada: ofrece indicios de pasarle la pelota a Burruchaga y busca un hueco para habilitar a Valdano. Los usa de carnada. Los ingleses se abren como las aguas del Mar Rojo porque Maradona, cuando no los elude con la pelo-ta, los engaña con el movimiento de su cuerpo. Sus gambetas son reales y virtuales. También Víctor Hugo, en su relato para radio Argentina, se zambulle en esos amagues: «Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga… ¡Siempre Maradona!».

— Acompañé a Maradona casi toda la jugada, desde que Diego da la media vuelta entre dos ingleses — dice Burruchaga— . Éramos tres al ataque: yo en la derecha, él en el centro y Valdano por la izquierda. Yo pensaba que me iba a pasar la pelota. Cuando le sale el último defensor, Fenwick, Diego amaga y el inglés quiere anticiparse al pase. Yo creía que ahí me la daba.

«Me ayudaron mucho Burruchaga y Valdano, que me acom-pañaron en toda la jugada, entonces yo amagaba y seguía — dijo Maradona a El Gráfico en 1987— . El que me marcaba a mí (Reid) se quedó, lo encaré al grandote (Butcher), lo pasé, y agarré velo-cidad. Vi que venían Burruchaga y Valdano a mis costados, pero Fenwick no me salía.»

— Cuando enfrento a Maradona, yo estaba en el borde del área grande — dice Fenwick por correo electrónico— . Varios compañeros míos ya habían intentado detenerlo. Yo tendría que haberle hecho falta, pero no la hice porque todo el tiempo pensaba en que po-drían volver a amonestarme. Me habían sacado tarjeta amarilla en el primer tiempo y eso me condicionó el resto del partido.

«Yo era como el traveling de la televisión, acompañando la jugada — dijo Valdano a la web de la FIFA, en 2007— . Maradona contaría después que estuvo buscando un hueco para pasarme la pelota en mi mejor posición. O sea que hizo lo que hizo y aparte tuvo tiempo de mirar a su alrededor, lo que a mí me pareció un insulto a la profesión. Si me la hubiera pasado, yo habría conver-tido el gol con mucha facilidad, pero no habría sido el mejor de la historia de los Mundiales.»

«Cuando enfrento a Fenwick, me empezó a ayudar Valdano — dice Maradona en su biografía— . Si Fenwick me salía, yo se la daba a Valdano y él quedaba solo contra Shilton. Pero Fenwick no me salía. Yo lo encaré entonces, amagué para adentro y me le fui por afuera, hacia la derecha. Me tiró un guadañazo terrible, Fenwick.»

«El partido con Argentina fue una pesadilla — dice Fenwick en su biografía— . Todavía puedo ver a Maradona corriendo hacia mí, en ese infierno de gol. Maradona debió haber sido detenido mu-cho antes de que llegara al área. Antes de mí hubo cuatro intentos de detenerlos y eso te hace preguntar: ¿fueron lo suficientemente buenos? Después fui yo contra él, en la última línea de la defensa, luchando para tomar una decisión. Maradona me pasó y marcó el gol que recordaremos el resto de nuestras vidas. Debí haberlo derri-bado. Fue un error y lo lamento. Después del Mundial recibí mu-chas críticas de la prensa. Mi carrera internacional fue para atrás.»

— Cuando Diego comenzó a gambetear — dice Batista— , dejé de ver parte de la jugada. La función de los mediocampistas era que, mientras los delanteros atacaban, nosotros teníamos que ordenar el equipo, y entonces uno a veces se perdía lo que pasaba arriba. Tuve platea preferencial del golazo pero me perdí la mitad de la jugada por ordenar.

«Yo insulté a Diego en la jugada porque iba superando etapas y veía que, si perdía la pelota, los ingleses se nos venían de contra — le dijo Batista a Olé en 2011— . Recién pude disfrutarlo cuando lo vi por tele.»

La pelota, después de haber atravesado el océano, llega a la orilla. Beardsley, Reid, Butcher y Fenwick quedaron eludidos. Ho-dge y el propio Reid, que lo perseguían, abandonan. Las alarmas inglesas suenan: Butcher se rehace como el ciborg de Terminator y alcanza a Maradona por la derecha. El arquero Shilton sale para atorarlo y Stevens corre desde la izquierda para cubrir el arco. En el palco de prensa, Víctor Hugo grita «¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡Ta ta ta ta!», mientras a Maradona le resta lo más fácil pero lo más determinante, una decisión que lo acompañará toda la vida: patear al arco o eludir al arquero. ¿Piensa en el reproche que en 1980 le hizo su hermano menor, Hugo, alias El Turco, cuando ante una jugada similar contra Inglaterra, pero en Londres, Diego pateó al arco frente a la salida del arquero Clemence y su hermano lo regañó porque — le dijo— debió haberlo eludido?

— Cuando Diego engancha y se abre al costado del arquero, me dije: «Dios mío» — recuerda Brown.

«Cuando Shilton salió, pensé que podría hacer algo — dice Ho-dge en su libro— , pero Diego fue por el lado más corto, algo que no era fácil, especialmente porque Butcher se tiró sobre él. Yo estaba en el borde del área y ya no podría alcanzarlo. Solo podía rezar para que hubiera un error, pero Maradona no lo cometió, y eso que corrió 50 metros con la pelota.»

«Cuando salí para achicarle el arco — dice Shilton en su biogra-fía— , Maradona llevaba la pelota y Butcher le respiraba debajo del cuello. El 99 por ciento de los jugadores que están en esa situación optarían por rematar al arco. Yo esperaba eso y estaba listo, pero Maradona recién pateó cuando Butcher le cometía infracción. Me tiré pero fue una fracción de segundo tarde. Estuve cerca de tocar la pelota, pero no pude y fue gol. El estadio estalló.»

«Le amagué a Shilton y vi que Butcher venía cerrando — dijo Maradona en 1987, en el primer aniversario del partido— . Pensé en tirarla al medio para mis compañeros, pero le pegué con la cara externa del pie izquierdo para asegurar. Ahí sentí que el grandote (Butcher) me metía una patada brutal, pero no me dolió.»

— Diego al final no le pasó la pelota a nadie — dice Giusti— , y cuando gambetea al arquero se le va un poco larga, o yo creí que se le iba larga, pero no. ¡La metió, loco, la metió, hizo el gol! Yo no lo podía creer.

La pelota sale zumbando del pie de Maradona y cruza la línea. No es un gol, es una alquimia del fútbol, y es — también— como si un relámpago de eternidad cayera sobre el Azteca. El tiempo se acelera y, a la vez, se detiene: se vuelve mármol, se sella en bronce, se graba en la memoria de millones de personas alrededor del mundo y ese instante empieza a ser, ya para siempre, un instante eterno.

— En lugar de ir a abrazar a Maradona fui a buscar la pelota adentro del arco para sentir que hacía algo útil — dice Valdano.

«Me pasa como esos programas de televisión que detienen una imagen — escribe Reid en su libro— . Veo en cámara lenta que Maradona se escapa de los defensores. Pensé que Fen (Fenwick) tuvo mala suerte; se puede decir que Butch (Butcher) podría haber hecho algo; que Shilts (Shilton) tal vez se tiró un tiempo antes. Pero después de decir todo eso, a veces solo tenés que levantar la mano y decir que fue brillante, y eso fue lo que pasó.»

— El gol fue increíble, pero lo doblemente increíble fue dónde lo hizo — dice Burruchaga— . No solo porque eludió a los defenso-res, sino por cómo llevaba la pelota controlada. ¡En esa cancha era imposible! El campo de juego era deplorable, la pelota picaba y el Gordo la llevaba al pie como solo él podía hacerlo. En ese mismo arco, a la semana siguiente, yo le hice el gol a Alemania en la final, y solo toqué tres veces la pelota en 40 metros porque era imposible de controlar. Este la tocó diez mil veces, y no se le escapaba.

— Ese gol se veía venir, por eso no me sorprendió tanto — dice Enrique— . En los entrenamientos en México yo jugaba para los suplentes y era muy difícil sacarle la pelota. Parecía que se caía pero se arrastraba y seguía.

— Me habría sorprendido si el Tata Brown lo hubiera hecho, pero no Diego — dice Olarticoechea— . ¿Sabés la cantidad de goles que le vi hacer así? Lo que pasa es que lo hizo en un momento histórico y en el lugar justo, en el Mundial y contra Inglaterra.

En su puesto de transmisión al aire libre, Víctor Hugo se pier-de, queda fuera de sí:

— ¡Goool! ¡Goool! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diegol! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme.

En la cancha, al festejo de Maradona, junto a un córner, se su-man dos jugadores, Burruchaga y Batista. No debe resultar sencillo estar a la altura del acontecimiento: un gol extraordinario merece una felicitación acorde. ¿Qué se le puede decir a Maradona en un momento como ese?

— Diego va a festejar el gol a un rincón y yo lo seguí — dice Bu-rruchaga— . Le dije de todo, lo insulté de arriba abajo: «Qué pedazo de gol hiciste, hijo de puta».

— Yo tenía prohibido festejar los goles con los delanteros — dice Batista— , pero en el segundo me olvidé de las precauciones y fui a abrazar a Diego. No podía creer lo que había hecho, no entendía nada. Fui pensando qué le decía. No le iba a decir «qué lindo gol, Diego, felicitaciones», así que lo insulté, le dije de todo, que era un marciano. Después nos quedamos un ratito allá arriba para que los de abajo se acomodaran. Hice lo mismo en la final, en el gol de Burruchaga, cuando él dice que vio a Jesús.

Como Maradona festeja junto al banderín del córner, dos auxi-liares de la selección corren a buscarlo por detrás de los carteles de publicidad. Son Salvatore Carmando, el masajista napolitano de Maradona, y Rubén Benros, el utilero.

— Nosotros mirábamos el partido desde detrás del arco, porque ahí estaba la entrada al vestuario — cuenta Benros— . Con el gol casi me desmayo. Hice una vuelta carnero, me tiré de cabeza. Aparezco en un par de videos haciendo todo eso.

En una imagen difícil de detectar, mostrada apenas un segun-do por la televisión, Carmando llega a Maradona. Lo separa un cartel de publicidad, pero el italiano inclina su torso y lo besa en la frente. Debería ser un póster intemporal, el beso al presti-digitador, pero ningún fotógrafo captura el momento. Maradona inicia el regreso al círculo central, hace cuatro pasos y llega otro compañero.

«Una vez que agarré la pelota dentro del arco — dice Valdano en Esto (también) es fútbol de selección— , fui adonde estaba Diego en el festejo y se la di, como si él tuviera un sentido patrimonial sobre la pelota.»

«Antes del partido — recuerda Robson, el entrenador inglés, en su biografía— , les había dicho a mis jugadores que Maradona tenía la capacidad de cambiar el partido en cinco minutos. Qué profético resultó ser.»

«“Qué gran gol”, les dije a los otros suplentes ingleses, a mi lado — escribe Barnes en su libro— . Sabía que ese gol probablemente nos eliminaría del Mundial, pero fue tan fantástico que me sentí como si aplaudiera. Desde el banco veíamos a Terry (Butcher) tratar de alcanzarlo y le gritábamos: “Sigue, Terry, sigue”, pero no llegó. Verlo fue emocionante y angustioso al mismo tiempo. Si el gol lo hubiera hecho uno de mis pares, jugadores a los que consideraba en mi nivel, habría sentido envidia, pero Maradona era de otro planeta. Para mí lo importante fue compartir una cancha con él, no con Argentina.»

«No fue falta de disciplina de nuestra defensa, no hubo errores — dice Robson en Tan cerca y tan lejos…— , solo fue el genio de un jugador que eludió a la mitad de nuestro equipo. Maradona ten-dría que haber sido amonestado por la mano del primer gol pero en vez de eso tomó valor.»

— Cuando arrancó la jugada, nos comenzamos a parar en el banco — recuerda Almirón, uno de los suplentes argentinos— . Ya decíamos «es un golazo» antes de que Diego terminara la jugada. Y cuando hizo el gol, entramos corriendo a la cancha como locos.

— Es el gran recuerdo que guardo de ese día — dice Zelada, el tercer arquero argentino— . Cuando Diego arranca la jugada, en el banco nos empezamos a mirar y a decir: «No puede ser, no pue-de ser». Yo me tomé la cabeza antes de que sea gol, imaginate lo que pasó después: estábamos como si hubiéramos visto un OVNI.

— Yo me desmayé durante unos segundos — recuerda Carlos Pachamé, el ayudante de campo de Bilardo, por teléfono desde su casa de La Plata— . Estaba sentado en una silla individual, al costado del banco de suplentes, con unos papeles, donde anotaba cuestiones tácticas que iban ocurriendo en el partido. El gol fue una cosa increíble, salí corriendo como un loco y, cuando me fui a sentar de nuevo, me desvanecí, se me nubló la vista y me caí para adelante. Fueron unos segundos: enseguida me levanté.

«Me volví loco, me abracé con el médico, Madero, y con to-dos los que estaban en el banco, pero me calmé enseguida — dijo Bilardo, en El Gráfico de esa semana— . El técnico tiene que darles tranquilidad a sus jugadores. Si no, sería una anarquía. Pero fue el segundo gol que grité en mi vida. El otro fue uno de Juan Ramón Verón en Estudiantes, cuando era jugador, en 1968 a Palmeiras.»

La celebración de Bilardo en el segundo gol es otro ejemplo de la pulseada entre lo que pasó y lo que creemos qué pasó: cómo ge-neramos recuerdos inexistentes que al final son tan reales como los auténticos. A diferencia de lo que dijo el día del partido — que se volvió loco— , el entrenador comenzaría a sostener, con el paso del tiempo, que no festejó la obra de Maradona.

— No soy de gritar los goles — me respondió Bilardo sin mucha precisión, cuando le pregunté por su reacción frente a la obra de Maradona— . No los festejo, trato de ordenar al equipo.

«No lo disfruté. Dije gol y miré atrás a ver cómo estábamos parados. Si no, te agarran mal parados siempre», le dijo el técnico a Alejandro Fantino en Animales Sueltos, América TV, en 2013, en la exacerbación de su personaje como técnico híper detallista.

En las tribunas se desata el festejo, pero la gran jugada de la historia no produce avalanchas porque en el Azteca todos los hinchas están sentados, no hay sectores para ver el partido de pie. De todos modos, ¿cómo se grita un gol que se seguirá gritando treinta años después?

«Yo estaba en los palcos — le contó Don Diego, el padre de Die-go, a Olé en 2004— . Durante la jugada decía “¿Qué le pasa a este, qué espera para patear?” Yo veía que se caía, y me desesperaba.»

— En el primer gol, en el palco de la FIFA, Grondona se había quedado quieto como una momia — dice Brodershon— , pero en el segundo nos abrazamos como bestias. Era un espectáculo único: venían los presidentes de las otras federaciones, uno por uno, hasta Grondona para felicitarlo. Julio era frío, pero ahí saltamos como locos.

— Cuando Diego inició la jugada, mi hermano y yo nos toca-mos la pierna como diciendo «órale» — dice César Ahumada, el hincha mexicano— . El Azteca ya era una fiesta. Vendían cerveza, había muchas chicas guapas, muchas cosas pasando, y sin embargo mirábamos el partido como embobados. Cuando eludió al segun-do dijimos: «Ole», y cuando Maradona se cae y anota el gol, ya nos estábamos abrazando con todos los hinchas argentinos. Le dije a mi hermano: «Acabamos de ver el gol de la historia de los Mun-diales». Los argentinos lloraban a nuestro alrededor. El monstruo del fútbol había hecho historia delante de nuestros ojos. Si ya era todo hermoso, eso fue una locura, un delirio.

— Tengo la imagen de Maradona que sale a festejar hacia la de-recha, y ahí me abrazo con un montón de gente que no volvería a ver en mi vida — reconstruye Cabado, uno de los argentinos.

— Yo no lo vi. Todo el tiempo había peleas con los ingleses — dice el hincha de Chacarita.

— Todo el estadio, el comentario en los pasillos, era el de la consagración más grande de un futbolista en un partido — dice Menotti— . No debe haber recital de un músico, discurso de un político, que se haya pasado tantas veces en la televisión del mun-do. Parecía que Diego había caminado por Florida. Es muy difícil que una gambeta no incluya el roce. Puede ocurrir en la primera gambeta, pero en la segunda te vienen de a dos o tres y te rozan. Acá Diego les pasó a todos a medio metro, con mucha limpieza.

En el sector de prensa, el relato de Byron Butler, histórico narrador de BBC Radio, no menciona la palabra trillada, «gol», cuando la pelota atraviesa la línea del arco. Su nobleza es de las menos habituales en el deporte, la de reconocer la belleza ajena en medio del desastre propio:

— Maradona gira como un trompo y escapa del problema — co-mienza Butler, cuando el argentino elude a Beardsley y Reid en mitad de cancha— . La pequeña máquina pasa a Butcher y lo elude, sigue adelante y se mete en el área, y por esto Maradona es el mejor jugador del mundo, esto es Inglaterra 0 Argentina 2. Inglaterra 0 Maradona 2.

En México y en Londres, los relatores y comentaristas de la BBC en radio y televisión la tienen difícil, pero ninguno más que Ardiles, el único argentino en el mundo que no puede celebrar: «En el estudio no lo grité, aunque por dentro lo festejaba como loco».

Sin embargo, si hay un Homero para la Ilíada y la Odisea de Maradona, ese es Víctor Hugo Morales. Su relato debería ser el prólogo de la Constitución futbolera argentina:

— Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Mara-dona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Y deja el tendal y va a tocar para Burruchaga. ¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta ta ta ta. Goolll, goolll, ¡quiero llorar! Dios san-to, viva el fútbol. Golaaazo, Diegoool, Maradona. Es para llorar, perdónenme. Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos. Barrilete Cósmico, ¿de qué planeta viniste?, para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2, Inglaterra 0. Diegol, Diegol. Diego Armando Maradona. Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas. Por este Argentina 2-Inglaterra 0.

— Las transmisiones eran al aire libre, en pupitres — recuerda Morales— . Nos conocíamos todos los periodistas extranjeros y la narración del gol tiene un componente algo desafiante contra un periodista mexicano al que había visto hablar por televisión. Un tipo muy prestigioso, pero que tenía mala onda (con Argentina). Y cuando grito el gol, también estaba destinándoselo.

Sin ese relato, el gol no sería menos bello, pero sí una película muda de Chaplin. Las gambetas de Maradona y la narración de Morales se harían indisolubles.

— Yo escuché el relato del gol varios años después del Mundial — dice Enrique— . Estaba en mi auto, conseguí un casete, lo puse y entré a llorar, solo. No podía creer lo que consiguió Víctor Hugo. Consiguió hacer más lindo el gol más lindo.

«Barrilete cósmico» no fue un éxito inmediato: proviene de una época en la que el fútbol solo era cuestión de los domingos, no un reality show de siete días a la semana. En 1986, no había diarios especializados, escuelas de periodismo deportivo ni cana-les de cable. Las grandes corporaciones, los jeques árabes y los petrodólares rusos no vislumbraban el negocio. Maradona volvía de Italia y salía por la puerta principal del aeropuerto de Ezeiza. La selección viajaba en clase turista. Los técnicos eran marginales: la transmisión de Argentina-Inglaterra solo mostró dos veces a Bilardo y ninguna a Robson. El espectador no reclamaba protago-nismo: las banderas que colgaban en las tribunas hacían referencia a las ciudades o pueblos de quienes las llevaban y las exhibían, no a los nombres de los hinchas ni a mensajes con sobredosis de pasión. El fútbol siempre exageró la vida y el Mundial siempre exageró el fútbol, pero entonces mucho menos que ahora. La inocencia y la pelota se despedían. La narración de Víctor Hugo pasó de largo, o mejor dicho quedó a la espera de ser rescatada por el futuro. «Barrilete cósmico» se masificaría a partir de los años noventa, con las nuevas tecnologías, y mientras Maradona cumplía otro de sus requisitos para convertirse en héroe: su pulseada contra la trage-dia. Sus proezas del 22 de junio de 1986 lo acompañaron cuando eludía a la muerte. «Dios, dale otra mano» titularon los diarios en el verano de 2000, mientras estaba en coma en Punta del Este por sobredosis de cocaína. «No dejes de volar, barrilete cósmico», escribieron sus fanáticos en la puerta de una clínica de Buenos Aires en 2004, con Maradona otra vez internado en terapia inten-siva. En el Mundial 2006, en Alemania, el relato de Víctor Hugo ya era un salmo incorporado a la misa maradoniana. Recuerdo a hinchas estacionar su auto frente al estadio de Gelsenkirchen, para el partido contra Serbia y Montenegro. En el estéreo no sonaban canciones, sino la voz del uruguayo gritando barrilete cósmico. «Música sacra», la definió el periodista Diego Torres, de El País.

— Yo tenía reservas — dice Víctor Hugo— . Desde el gol hasta que terminó el partido, en el resto del relato pedí perdón dos veces, y era porque creía que había hecho un macanazo. El grado de locu-ra, la emoción violenta, era muy fuerte. Yo estaba muy salido, en blanco total, tipo violencia criminal. Después me hice más clásico, pero en aquella época, en mis relatos había más barroquismo, so-bre todo antes de que dejara los auriculares. Vivía en una burbuja, en la locura del ruido, como si fuera droga. Los auriculares eran una fuente de inspiración formidable. Y entonces, durante el par-tido, repasaba mentalmente el gol, y le veía un costado amarillo, que había cruzado los límites naturales de la emoción, que no era yo. Hace algunos años, un chico que vive en Holanda, Marcelo Costa, me mandó el audio completo. Sus padres habían grabado todo el partido con el sonido de la radio, y lo subimos a mi web. Es increíble: la única vez que volví a ver el partido, y cuando mi hijo me escucha por segunda vez pedir disculpas, su comentario fue: «Tarado, ¿por qué pedías disculpas?». Pasaron algunos años, y no pocos, y me fui amigando. Me dije que ese gol me estaba dando tanto que yo no tenía derecho a ser crítico. Pero había llegado al punto que, cuando me llamaban de otras radios para entrevistarme y me ponían ese audio de bienvenida, yo me tapaba el auricular: no podía escucharlo.

El relato de Víctor Hugo — no solo los goles, todo el parti-do— puede escucharse en su web, www.victorhugomorales.com.ar. También un libro lo transcribe, Barrilete cósmico, el relato completo (Interzona, 2013). Escucharlo, o leerlo, permite comprobar cómo el uruguayo queda mortificado: pide perdón dos veces y sigue relatando con la duda de quien cree haber cometido un error in-salvable. Además, y no es un detalle, Víctor Hugo venía de surfear otra situación enloquecedora. El relato del barrilete cósmico es el de un hombre sin red de protección: cuatro minutos atrás, después de haber sostenido que el primer gol había sido con la mano, desde estudios centrales lo habían corregido: «Fue con la cabeza».

— Lloré tres veces en una cancha — dice Víctor Hugo— . En ese mismo Mundial había relatado con lágrimas rodando por las mejillas cuando Uruguay perdió 6 a 1 con Dinamarca. Me pasó tam-bién con la derrota de Brasil con Italia en España 82. Y en el gol de Diego.

El gol es historia, el partido se reanuda y Víctor Hugo, des-pués de agradecerle a Dios por esas lágrimas y por ese Argentina 2-Inglaterra 0, desaparece del relato durante 40 segundos. El aire es cubierto por sus compañeros.

— Quiero pedirles disculpas por haber abandonado cualquier tipo de tono profesional — reaparece Víctor Hugo, con la voz he-rida— . No sé si ustedes pueden comprenderlo.

— ¡Cómo no!— lo anima el locutor comercial, Ricardo Jurado.

— Lo que pasa, Ricardo — le responde Víctor Hugo— , es que me quedé sinceramente amargado por este desborde emocional en el segundo gol.

— Nooo — lo reconforta Jurado.

— Ojalá la gente lo pueda comprender. Me cuesta meterme otra vez en el relato porque estoy repasando palabras, llantos, actitudes y me cuesta aceptarme. Trece minutos, Argentina gana 2-0. A ver Julio, ayudame un poquito — y le da el pase a Julio Ricardo.

— La repercusión internacional es muy rara, no sé qué le encuen-tran — dice Víctor Hugo— . Me han llamado alemanes, ingleses, italianos, españoles, de Serbia también. El escritor italiano Ales-sandro Baricco escuchó ese relato, vino a Buenos Aires, y lo llevé a la cancha de Boca un día que tenía que transmitir. La gente se acuerda del barrilete cósmico, pero a mí me parece más hallazgo haber dicho «en la jugada de todos los tiempos». Efectivamente fue la jugada de todos los tiempos. «En una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos» es redondito.

Aunque Víctor Hugo prefiera otro segmento — uno más perio-dístico— , lo que hizo universal a su relato es la mención al «barri-lete cósmico», esa unión entre lo terrenal y lo galáctico, entre lo infantil y lo planetario, que permite imaginar a Maradona como a un barrilete de papel surcando el espacio.

— Barrilete es una palabra que ya había usado algunas veces en México, pero cósmico no — explica Víctor Hugo— . En los Mundiales todo es universal, estrellas, cometas. Cualquier cosa que pongas con galáctico, vía láctea, tiene un componente de poesía. En esa jugada, veo que Maradona viaja en una aureola dorada. Veo una esfera, como el sol, y Diego corre adentro.

Millones de personas saben qué significa «barrilete cósmico». Muy pocos, sin embargo, conocen la prehistoria de la metáfora. El relato más bello tiene un origen agrio: es un resabio de la vieja pelea bilardistas-menottistas. Comparar a Maradona con un barri-lete no fue una ocurrencia de Víctor Hugo sino de Menotti, y no justamente como elogio: el ex técnico de la selección estaba peleado contra todo lo que fuera cercano a Bilardo y en ese resquemor también entró Maradona, el capitán del equipo dirigido por su enemigo. Una semana antes de México 86, Menotti dijo que Mara-dona era un barrilete, una expresión con la que pretendía referirse a su (presunta) volatilidad emocional. Apenas empezó el torneo, algunos periodistas afines a Bilardo, entre ellos Víctor Hugo, con-tragolpearon a Menotti y empezaron a utilizar «barrilete» como un sinónimo feliz del 10. Con Maradona en plena reverberación y Argentina pasando etapas, esa palabra adquirió una carga de sar-casmo que se volvió contra Menotti. «Maradona, un barrilete que vuela alto», tituló Crónica el 3 de junio, el día siguiente al debut ante Corea. «Ya estamos entre los ocho mejores y el barrilete de nuestra ilusión vuela cada vez más alto», repitió ese diario el martes 17, después del triunfo ante Uruguay. También Víctor Hugo, en los primeros partidos del Mundial, llamó un par de veces «barrilete» a Maradona, mitad para elogiar a Diego y mitad para devolverle a Menotti — de manera elíptica, sin mencionarlo— su propio veneno. El adjetivo «cósmico», y la pregunta «de qué planeta viniste», son invenciones instantáneas en el segundo gol.

Sin embargo, cuando le preguntan por el origen de su inspira-ción, el uruguayo mira para otro lado. En 2005, el diario deportivo Marca de España lo entrevistó por el «barrilete cósmico» y Víctor Hugo se hizo el distraído.

«Yo estaba copado con ideas de los planetas, con los aspectos espaciales — respondió— . Barrilete era una expresión que había usa-do tres veces para describir que Diego es un barrilete incontrolable que va por donde uno menos se lo espera.»

Cuando le pregunté por qué había bajado el perfil de aquella vieja pelea, Morales esperó unos segundos para responder. Y cuan-do lo hizo, tampoco mencionó a Menotti:

— Me pareció que desmerecía la inclinación poética de esa frase. Vos decís «la luz oblicua del sol», y no es lo mismo que decir «el sol viene de costado», y es nada, porque sabés que es nada la di-ferencia, pero tiene un valor poético. Es misterioso lo que sucede con las palabras juntas. Si analizás «Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?», esa impronta un poco mágica de las palabras, se habría desmerecido en la búsqueda de darle la explicación terrenal de lo que vos y yo estamos hablando. Y después, con los años, creí que quedé prisionero de una polémica, por supuesto con todas mis responsabilidades a cuestas. Pero esa lucha — habla de la pelea con Menotti— en un momento se fue diluyendo, no hubo más agresiones y no quiero ser el que vuelva a eso, y por eso doy vueltas y no nombro a nadie respecto de lo había sucedido. Pero la prehistoria es que yo había dicho un par de veces una patadita contra una declaración de ese momento.

Menotti había declarado que Maradona era un barrilete duran-te un reportaje concedido mientras viajaba en avión hacia México para ver el Mundial. El enviado que lo entrevistó, para la agencia de noticias Télam, fue Eduardo Castiglione. Casi treinta años des-pués, en marzo de 2015, el periodista reconstruye aquella charla en la redacción de Clarín, su actual trabajo.

— Le hice la nota en el vuelo a Lima, donde teníamos que hacer escala — dice Castiglione, y muestra el cable original, ya un papel amarillento que guarda como un tesoro— . Menotti es-taba en la zona del avión donde se puede tomar algo, en los carritos de bebida. Pidió un whisky y me acerqué a pedirle una entrevista. Al principio me la negó, pero seguimos hablando y me dijo: «Bueno, qué querés». Ahí comenzamos. Charlamos 40 minutos, los dos de pie: yo anoté todo, no usé grabador. La primera pregunta fue si podría ser el Mundial de Diego y respondió que habría que esperar, que le parecía difícil. Al llegar a México escribí el cable.

Los dos primeros párrafos de ese cable decían:

— México DF, 25 may (Télam, por Eduardo Castiglione, en-viado especial). Que Maradona-jugador no evolucionó en los dos últimos años, y como persona es un «barrilete», que Inglaterra «ganará la 13ª Copa Mundial» y que Emilio Butra-gueño «tiene cosas de Pelé» fueron algunas de las sentencias emitidas por César Luis Menotti en el diálogo con Télam durante la escala que el vuelo 384 de Aerolíneas Argentinas hizo en el aeropuerto limeño Jorge Chávez.

Consultado sobre si este sería el Mundial consagratorio para Maradona, el ex DT de la selección aseguró que «no sé, hay que esperar, pero me parece difícil». «Si vamos al punto de vista técnico, Diego está estancado desde 1984, desde que se lesionó en Barcelona. Y como tipo, bueno, ahora se hace los rulitos, se puso un arito. En fin, es un barrilete, ¿no?»

Menotti y Maradona estaban en una guerra de guerrillas: se tiraban con todo. Pocos meses antes, el jugador había opinado que, para hablar sobre fútbol, el entrenador primero tenía que trabajar — Menotti llevaba dos años sin dirigir a ningún equipo— , y el técnico lo trató de «irrespetuoso». Cuando el Mundial era inminente — y como suele pasar en el fútbol— , Menotti trasladó esa disputa personal a sus análisis deportivos y no le dio especial crédito a Maradona: «El trono de Johan Cruyff (el holandés que dominó el fútbol en los años setenta) está vacante. Hay muchos candidatos a ocuparlo: Diego es uno de ellos» (incluso en la previa de Argentina-Inglaterra, Menotti afirmaría — según publicó Tiempo Argentino el jueves 19— que el favorito era Inglaterra). Ya en Méxi-co, el despacho que Castiglione escribió con la palabra «barrilete» para Télam tuvo repercusión. Y Maradona contraatacó.

«A Menotti no lo conozco, no sé de quién me hablan — dijo Maradona a Crónica, una semana antes de su debut en el Mundial— . Yo conozco a la gente que habla de frente. No es valiente decir cosas mediante los diarios. Yo a esas situaciones las resuelvo como hombre. Menotti fue un mediocre jugador y parece que quiere lograr el mismo concepto como persona.»

— Menotti trabajaba como periodista en el Mundial, así que cada tanto estaba en la sala de prensa — recuerda Castiglione— . Después de la respuesta de Maradona, viene y me dice: «Pibe, qué quilombo que hiciste». Le ofrecí la desmentida, pero no desmintió nada.

Las crónicas de la época señalan a Menotti «con cara compun-gida». «Sí, yo dije que, desde el punto de vista técnico, Diego está estancado desde 1984 y que como tipo, bueno, ahora se hace los rulitos, se puso un arito, en fin — explicó— . Pero cuando aseguré que es un barrilete me referí única y exclusivamente a la indefinición de Maradona respecto del fútbol que debe practicar el equipo argentino. El comentario que hice es que Maradona está confundido tras su paso por el fútbol español e italiano.»

Como ocurre con muchos de los protagonistas directos e in-directos del 22 de junio de 1986, Menotti también entrega una versión diferente — casi contraria— a la de hace treinta años. En su departamento de Retiro, consultado por Tomás Rudich —de DPA— para este libro, recuerda: «Yo dije que Diego iba a ser el mejor del Mundial. Que en los otros Mundiales había andado como un barrilete, sin saber adónde iba a jugar. En cambio, en 1986 estaba en el Napoli y fue recibido como Dios. Ya había dejado de ser el barrilete que daba vueltas sin encontrar un club que le diga “te quedás acá”. Y dije eso, que vivió toda su vida como un barrilete, en el sentido de una vida agitada. Lo dije por su vida, era un barrilete que no sabía dónde vive, dónde va a jugar. No tenía nada que ver con el jugador».

— ¿Te arrepentís de esa frase?

— No, no me arrepiento. Al contrario, si le sirvió para hacerse famoso a ese — responde Menotti, sin mencionar a Víctor Hugo.

Barrilete cósmico se desparramó por el mundo como nombre de libro, restaurante, programa de radio y obra de teatro. Víctor Hugo nunca patentó la frase. En 2015, sin embargo, recibió un correo electrónico de la BBC de Londres en el que se le pedía una cotización para utilizar el relato. Sorprendido, repreguntó cuánto estaban dispuestos a pagar. Ocho mil dólares, le respondieron. Cerraron en diez mil.